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Nueva defensa de la Hispanidad

No atrae hoy a algunos por una doble razón: porque se basa en el concepto de España y porque muchos hispanos – españoles e hispanoamericanos – se han rendido a la llamada leyenda negra antiespañola.

Colón llegando a la isla de Guanahaí, José Garnelo Alda, 1866-1945

Colón llegando a la isla de Guanahaí, José Garnelo Alda, 1866-1945

¿Por qué la Hispanidad les interesa poco o nada a algunos españoles actuales? La respuesta es sencilla: creen que es una fiesta vieja, caduca, pasada de moda; la identifican con un movimiento político reaccionario. Llegan algunos a tacharla de fascista o franquista: son los comodines que ahora mismo suelen utilizar para descalificar a cualquier adversario político. Evidentemente, se equivocan.

La Hispanidad, por supuesto, no es un invento de Franco. La palabra es mucho más antigua: ya en el siglo XVI, la utiliza, por ejemplo, el lexicógrafo toledano Alejo Venegas del Busto, en el sentido lingüístico, algo que se mantendrá durante varios siglos.

En el sentido moderno de la palabra, referido a cualidades hispánicas, la defendió Zacarías de Vizcarra en 1926, casi a la vez que nacía la Generación del 27; la utilizó Unamuno; la difundió Ramiro de Maeztu, en su libro Defensa de la Hispanidad (1934). Sin embargo, no se puede identificar exclusivamente con las ideas políticas de ninguno de ellos.

Miguel de Unamuno en 1925

Miguel de Unamuno en 1925

El fondo de la cuestión me parece claro. La Hispanidad no atrae hoy a algunos por una doble razón: porque se basa en el concepto de España y porque muchos hispanos – españoles e hispanoamericanos – se han rendido a la llamada leyenda negra antiespañola.

Empecemos por el principio. Obviamente, no se puede creer en la Hispanidad si no se cree en España, si se piensa que es un concepto forjado por la derecha. Evitan hasta mencionarla por su nombre: la sustituyen por perífrasis como «este país» o «el Estado español».

Supone esto un caso singularísimo, único, en nuestro entorno cultural: ¿Imaginamos a un norteamericano que no crea en los Estados Unidos, a un francés que no crea en Francia, a un inglés que no crea en Gran Bretaña? Evidentemente, no.

Todos sentimos, en el áspero destierro, además de hambre de justicia, hambre de PatriaIndalecio PrietoPolítico socialista

Lo malo es que una parte de la izquierda española ha caído en ese disparate mayúsculo. Con intolerable ligereza, el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, proclamó que nuestra nación es un concepto «discutido y discutible»: de ahí surge esa entelequia llamada «nación de naciones»: nadie puede explicar razonablemente en qué consiste, pero lo utilizan como argumento los independentistas. Algunos testimonios nos ayudarán a entenderlo.

No era de derechas sino republicano el gran historiador Américo Castro, mi maestro. Reflexionando, desde el exilio, sobre las causas profundas de nuestra guerra civil (o «incivil», como dijo Unamuno), escribió su libro La realidad histórica de España. Ese título implica una gran lección: España no es algo eterno sino una realidad humana, social, histórica, que ha nacido pero que también puede morir, si los españoles se empeñan en ello. Y parece que algunos compatriotas se empeñan en que nos suicidemos.

Tampoco era de derechas sino marxista heterodoxo el gran filósofo Gustavo Bueno. En el año 2005, siendo presidente Rodríguez Zapatero, publicó su libro España no es un mito, subtitulado certeramente «Claves para una defensa razonada». Afirma en él Gustavo Bueno que lo ha escrito «frente a los enemigos de España, los que desprecian su esencia (o consistencia), y los que llegan a poner en duda, y aún a negar, su propia existencia».

Así ha sonado el himno de España a la llegada de los Reyes al desfile por el Día de la Hispanidad

La Princesa Leonor junto a su padre, el Rey Felipe durante el desfile por el Día de la Hispanidad

No son éstos, desde luego, casos únicos. No era precisamente un facha Manuel Azaña, que escribió: «No hay más que una nación: ¡España!... Os permito, tolero, admito, que no os importe la República pero no, que no os importe España».

Tampoco era un facha Indalecio Prieto: «Pongo por encima de los intereses del Partido Socialista los intereses de España y, si alguna vez, aunque no lo espero, estuvieran en pugna, yo serviría los intereses de España, sacrificando los intereses del Partido». Años después, fuera ya de España, añadió: «Todos sentimos, en el áspero destierro, además de hambre de justicia, hambre de Patria».

No era un facha el gran poeta Federico García Lorca: «Yo soy español integral, me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos».

Ni, por supuesto, Blas de Otero, en un verso que se ha hecho popular, por haber inspirado una canción: «España, camisa blanca de mi esperanza…»

Me he demorado en estas citas para mostrar algo evidente: el amor a la Patria común no es exclusivo de derechas ni de izquierdas. Sin ese sentimiento, no se puede entender lo que significa la Hispanidad.

El segundo gran obstáculo para sentirla adecuadamente deriva de la leyenda negra antiespañola. Si reflexionamos con un mínimo de frialdad, veremos que todas las naciones que han creado un imperio suscitan la envidia y el odio de sus rivales: España, en los siglos XVI y XVII; Francia, en el XVIII; Inglaterra, en el XIX; Estados Unidos, en el XX…

Lo terrible, en nuestro caso, es que la leyenda negra antiespañola no sólo se divulga en otras naciones sino que también la han asumido algunos intelectuales y políticos españoles e hispanoamericanos. Lo ha demostrado cumplidamente Elvira Roca Barea en su libro Imperiofobia y leyenda negra.

Frente a tantas mentiras interesadas, baste recordar que España nunca tuvo colonias: consideró españoles por igual a los de uno y otro lado del océano. Ésa es la trascendencia social del mestizaje, cantado así por el poeta peruano Santos Chocano:

«Cuando me siento inca, le rindo vasallaje
al sol, que me da el cetro de su poder real;
cuando me siento hispano y evoco el coloniaje,
parecen mis estrofas trompetas de cristal».

En el siglo XVI, el matemático y cartógrafo sevillano Pedro de Medina, autor de un pionero Arte de navegar (1545), resume así lo que hizo España en América: «Cosa es tan grande que, después que Dios crió al mundo, nunca tal se hizo, ni pensó, ni aún creyó ser posible».

Ninguna otra nación que haya forjado un gran imperio organizó nada semejante, ni de lejos, a lo que supuso la ejemplar Controversia de Valladolid (1550). La promovió Carlos V y en ella expusieron libremente sus tesis opuestas sobre la actuación de España en América Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda.

Elvira Roca Barea, contra la leyenda negra y el mito de las brujas de Zugarramurdi

Elvira Roca Barea

Por supuesto, España llevó a América el cristianismo y, con él, toda la riqueza de la cultura occidental. Ejemplos ilustres de ello fueron los frailes españoles que evangelizaron el Nuevo Mundo: entre otros, fray Toribio de Motolinia, Vasco de Quiroga (llamado por los indígenas «Tata Vasco»), fray Toribio de Mogrovejo, Pedro Claver, Pedro Betancur, José Francisco de Arce…

Además de llevar a América la doctrina cristiana, estos frailes fueron geógrafos, exploradores, etnógrafos, lingüistas, juristas, legisladores, educadores, médicos, economistas, agricultores y ganaderos, arquitectos… Respetaron la cosmovisión de los pueblos indígenas; estudiaron sus lenguas; defendieron los derechos de los indios; fundaron escuelas, universidades, hospitales, iglesias, miseiones; enseñaron oficios artesanos; lucharon contra la esclavitud y los desmanes de los poderosos…

Un personaje absolutamente excepcional, por ejemplo, es el mallorquín fray Junípero Serra: el único español que está presente en el Salón de Estatuas del Capitolio de Washington, en representación de California. Fundó nueve misiones y presidió otras quince, unidas por el Camino Real. Promovió expediciones que llegaron hasta Canadá. Cojeando, anduvo más de diez mil kilómetros. Ejemplos claros de la ignorancia y el sectarismo actuales son los ataques que han sufrido hace poco sus estatuas en América y hasta en Baleares, su tierra natal.

Sólo si nos liberamos de complejos, si conocemos la realidad de nuestra historia y asumimos sus luces y sus sombras, podremos replantearnos la vigencia actual de la Hispanidad.

No somos los españoles mejores ni peores que otros pero debemos estar legítimamente orgullosos de que nuestra cultura hispánica sea una de las primeras del mundo

Suelo yo recomendar que nos paremos un momento a contemplar un atlas: España es un país relativamente pequeño; además, no tiene petróleo ni es una potencia en tecnología digital. Sin embargo, sí lo es, y de primera fila, por su lengua, por su historia y por su cultura.

Poseemos, ante todo, una riqueza incalculable: la lengua española. De sobra sé que hay varias lenguas españolas pero no todas son iguales: sólo una es la común de todos los españoles; la lengua en la que se entienden, por ejemplo, un independentista catalán y un independentista vasco.

Aunque nuestra Constitución proclama que todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho de usarla, vivimos ahora en España situaciones disparatadas: en ningún otro país del mundo civilizado hay zonas donde se pongan trabas para estudiar en la lengua común; se multe a los comercios que rotulan en ella; para optar a un puesto público, un doctorado cuente menos que conocer la lengua regional; en los colegios, los comisarios políticos vigilen en qué lengua hablan los chicos… Se trata de un verdadero suicidio cultural.

Amado Alonso, discípulo de Menéndez Pidal, que dirigió el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, mostró con absoluta claridad cómo ese castellano pasó a ser español y, luego, idioma nacional, con una indiscutible proyección mundial.

Volvamos al mapa. Si el español se hablara solamente en España, nuestra cultura contaría relativamente poco en el mundo. Como, además de eso, se habla en toda Hispanoamérica, en buena parte de Estados Unidos y en muchos países más, es un vehículo trascendental de proyección cultural y económica.

Conviene aclarar que eso no es mérito nuestro, de los españoles actuales; tampoco es mérito de Franco ni de ningún político, de cualquier tendencia.

Nuestra lengua no se ha impuesto: se ha aceptado libremente. No importa que España esté ahora mismo en un momento político feliz o desgraciado: con independencia de eso, la lengua española se estudia cada vez más en el mundo entero.

Todo esto no es retórica sino un hecho cierto, indiscutible. Si el español es una de las lenguas más estudiadas en el mundo entero se debe, sin duda alguna, al importantísimo papel que va a desempeñar Hispanoamérica en todos los aspectos.

De sobra sabemos que la lengua no es sólo un instrumento de comunicación; además de eso, implica una filosofía, una manera de ver el mundo, un sistema de valores. Un español se siente en casa también en Lima, en Cartagena de Indias, en Buenos Aires, en Montevideo, en La Habana, en Veracruz, en San Juan de Puerto Rico… Tenemos esa inmensa fortuna.

Don Quijote lucha contra un molino de viento pensando que es un gigante. Grabado coloreado basado en uno de Gustave Doré

Don Quijote lucha contra un molino de viento pensando que es un gigante. Grabado coloreado basado en uno de Gustave DoréThe Granger Collection

En el terreno que yo conozco un poco, el de la literatura, disfruto yo por igual leyendo a Santa Teresa de Jesús y a Sor Juana Inés de la Cruz; a Lope y a Ruiz de Alarcón; a Quevedo y a Borges; a Galdós y a García Márquez; a la Pardo Bazán y a Gabriela Mistral; a Rubén Darío y a Antonio Machado; a Unamuno y a Octavio Paz; a García Lorca y a Neruda; a Valle-Inclán y a Cortázar; a Cervantes y a Vargas Llosa… A todos ellos – y a muchos más – los considero míos: son mi familia espiritual, los que me han enseñado a ver el mundo.

No somos los españoles mejores ni peores que otros pero debemos estar legítimamente orgullosos de que nuestra cultura hispánica sea una de las primeras del mundo.

Si queremos resumirlo en un solo nombre, no me cabe duda de cuál elijo: es el Quijote el que nos da los mejores valores hispánicos. Lo resumo en tres.

El primero, la libertad: «Libre nací y en libertad me fundo», dice la pastora Gelasia.

El segundo, la dignidad de cualquier ser humano: «Sábete, Sancho, que un hombre no es más otro hombre si no hace más que otro».

El tercero, la ética del esfuerzo, no del resultado. Después de la aventura del león enjaulado, proclama el caballero: «Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible».

Añado una cosa más. Nos consuela Cervantes de tantas miserias cotidianas con la eterna lección de la esperanza; «Aún hay sol en las bardas»…

Vamos a conmemorar el próximo año el centenario de la Generación del 27, una de las más gloriosas de toda nuestra historia.

Su máxima figura, en el campo de la música clásica, fue, sin duda, don Manuel de Falla. Era republicano pero le horrorizaron tanto los ataques a los conventos y las matanzas de curas y monjas como el asesinato de su amigo Federico García Lorca, con el que había organizado, en Granada, un Concurso de Cante Jondo.

Aprovechando un encargo profesional, Falla se fue a la Argentina. No era un exiliado político; podía haber vuelto a España cuando quisiera. Al revés, las autoridades políticas lo reclamaban, pero él nunca se decidió a regresar, quién sabe por qué complicadas razones. En Altagracia, eligió una casa que pareciera española, con hierros, madera y chimenea.

Ya había compuesto una hermosa obra sobre el mito quijotesco, El retablo de maese Pedro. Después de eso, le fue muy difícil encontrar un texto que le incitara a componer una obra musical ambiciosa sobre el sentido de la historia de España.

Finalmente, encontró ese estímulo en el poema de Verdaguer Atlántida: como resume Federico Sopeña, «presenta la misión cultural de España, entre Europa y América». A componer esa obra dedicó Falla los últimos veinte años de su vida. (La dejó inacabada y la concluyó su discípulo Ernesto Halffter).

Culmina esa cantata con una de las escenas más hermosas de la música española contemporánea, El sueño de Isabel.

Isabel la Católica se ha adormilado en los jardines de la Alhambra. Sueña que una paloma, cuyo canto es tan dulce como la miel de romero, le arrebata con el pico su anillo de casada y se lo lleva volando hacia el Atlántico.

La paloma deja caer ese anillo sobre las olas del mar, como si la desposara con ellas: en el sitio donde cae el anillo, nacen unas islas, con flores maravillosas. Con ellas, hace la paloma una guirnalda y corona a la reina…

Cuando Isabel se despierta, comprende lo que significa el sueño: el hallazgo de las tierras americanas. Decide quitarse sus joyas y dárselas a Cristóbal Colón, para que pueda realizar su empresa:

«Esta paloma nos trae mensajes de Dios, querido esposo,
hemos de encontrar las hermosas Indias.
Ven aquí, Colón, mi alegría, compra naves aladas».

Concluye todo con una breve y preciosa Salve marinera, cantada a coro… En Atlántida, Isabel y Falla sueñan con la comunidad hispánica, a un lado y a otro del Atlántico: lo más grande que ha hecho España, lo que mejor justifica su destino histórico.

Sentía entonces don Manuel la amargura del gran fracaso que había conducido a una guerra civil. Hasta el final de su vida, él llevó dos relojes, para poder consultar en cada momento dos horas distintas: la de Argentina y la de España.

Pese a tantas tragedias, Falla se empeñaba en mantener la esperanza en unos países hermanos, unidos por la religión, la lengua y la cultura: una nueva defensa de la hispanidad.

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