Seleccionar entre los grandes pensadores de la historia parece una tarea difícil.
Filosofía para todos
¿Es posible elegir a los filósofos más importantes de la historia?
Factores de todo tipo dificultan la tarea de elaborar una lista con los pensadores más relevantes de la humanidad
Hace algunas semanas, uno de los divulgadores culturales más importantes de España se vio envuelto en una intensa y visceral polémica en redes sociales después de publicar su top ten literario. Como es de suponer, en la lista de Fernando Bonete aparecían clásicos como El Quijote, Los hermanos Karamázov o Moby Dick. Como también era de suponer, en Twitter (X) los argumentos pronto dieron paso a los insultos.
La tarea de elaborar un canon respecto a cualquier materia siempre es complicada y es casi imposible satisfacer a todo el mundo. A menor escala y dentro del mundo educativo, algo parecido a esto es lo que tienen que hacer las comisiones que preparan los exámenes de acceso a la universidad. De entre todas ellas, puede que la de Filosofía sea la que más difícil lo tenga.
En este caso, la labor cuenta con el handicap añadido de que, para muchos alumnos, los autores que se presenten en esa asignatura serán su puerta de entrada a la materia y, puede, su primer y último contacto con ella. Por lo tanto, la selección debe atender a criterios de relevancia, pero también de accesibilidad. Aunque veremos que tampoco es raro que se añadan otros de carácter menos académico.
Los que no pueden faltar
Al igual que ocurre con las listas de grandes clásicos, que a veces son criticadas por repetir siempre las mismas obras, a la hora de elegir a los grandes filósofos de la historia hay un pequeño grupo de autores que no pueden faltar. No parece que haya mucha discusión respecto a Platón y Aristóteles, por ejemplo. Como bien quedó representado en La escuela de Atenas de Rafael, podemos considerar a ambos como los cimientos de este saber.
Similar consenso deberíamos encontrar, fobias religiosas al margen, a la hora de incorporar a santo Tomás de Aquino. El Doctor de la Iglesia es la cúspide de la Escolástica y, por lo tanto, fundamental para conocer el pensamiento medieval respecto a las grandes cuestiones del hombre. Y tampoco parece que haya dudas con Descartes, padre del racionalismo y clave para entender cómo la filosofía se abrió a la Modernidad.
Aunque por su complejidad solo sea posible un acercamiento superficial a su pensamiento, Kant merece un hueco seguro en nuestro hipotético canon. Nietzsche, también. Es una voz provocadora que necesita de un conocimiento que vaya más allá de los tópicos y las vagas interpretaciones de su «Dios ha muerto».
Los que tienen competencia
Quedan por elegir autores que pongan nombre propio a escuelas o corrientes fundamentales en la historia de la filosofía. Por ejemplo, no podemos estudiar el racionalismo sin ponerlo en paralelo al empirismo. Sin embargo, del mismo modo que Descartes parece estar un escalón por delante de Leibniz o Malebranche, en el terreno empírico la competencia es más feroz. Los actuales programas optan por Hume, pero no sería descabellado pensar en Bacon, Berkeley o incluso optar por Locke o Hobbes.
Elegir a uno de estos últimos dos filósofos serviría para que nuestro canon se ocupase también del contractualismo. El Leviatán de Hobbes inauguró esta teoría política, Locke la llevó a un punto mucho más próximo al que podemos observar en nuestra época y Rousseau opta por un modelo casi utópico que es el que se estudia en estos momentos en Madrid, por ejemplo.
¿Y qué hacemos con el existencialismo? ¿Nos quedamos con los primeros esbozos de Kierkegaard, con La náusea de Sartre o con la deriva de Camus y el absurdo? A falta de consenso, en la universidad pública madrileña han optado por el guiño feminista, baremo más ideológico que filosófico, y han elegido a partir de 2027 a Simone de Beauvoir.
Los que apenas se entenderían
Corren sudores fríos en todas las facultades de Filosofía cuando llega la hora de abordar la Fenomenología del espíritu de Hegel. La cumbre del idealismo es verdaderamente compleja de leer y todavía más de entender. No hay duda sobre su relevancia, pero pensar en incluirlo en un canon al que habíamos añadido el factor de la accesibilidad parece poco adecuado.
Algo similar pasa con uno de los filósofos más importantes del siglo XX: Wittgenstein. Su sugestiva idea de que «los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» parece más simple de lo que es. Sus obras son complejas y su pensamiento presenta una evolución que requiere de una base demasiado sólida como para lanzárselas al gran público.
Los que provocan recelos
Tampoco es nada fácil leer y comprender en su totalidad la densa filosofía de Heidegger. El alemán es otro de los grandes del siglo XX, pero en su historia hay un gran asterisco. La figura del autor de Ser y tiempo quedó ensombrecida por su vinculación con el nazismo. ¿Hay que separar al autor de la persona? Creo que sí, pero el consenso en este punto no es total, por lo que no es raro que muchos lo dejen al margen de esta selección.
Marx es otro filósofo que no obtendría unanimidad. No cabe duda de que sus obras están entre las más influyentes de la contemporaneidad, pero quizá eso no sea suficiente a la hora de ponerlo a la altura de Platón, Kant o Nietzsche, uno de sus grandes críticos.
Los de casa
Todavía no hemos puesto sobre la mesa el nombre de ningún español para nuestra lista. No pecamos de chauvinismo si decimos que el raciovitalismo de Ortega y Gasset merece por méritos propios un espacio en esa selección que solo estamos esbozando.
¿Alguien más? Deberíamos buscar en el entorno orteguiano si no queremos optar por anacronismos nacionales mencionando a Séneca o Averroes. Xavier Zubiri o Gustavo Bueno son buenos candidatos en el siglo XX, pero también María Zambrano y su razón poética, otra incorporación femenina a la PAU de 2027 madrileña.
Volvemos al comienzo, a la difícil tarea de alcanzar un consenso. Es muy probable que la propuesta de elegir a los filósofos más relevantes de la historia carezca de utilidad. La discusión se alargaría tanto como se quisiese (el apartado de «Los que faltan» sería incluso mayor que el artículo escrito) y entonces, al contrario de lo que podría parecer, ya habrá merecido la pena.