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Diego del Alcázar durante la entrevista con El DebateThorun Piñeiro

Entrevista al presidente del IE y escritor

Diego del Alcázar: «Me da bastante pudor quienes hablan de 'realismo mágico' y se lo apropian»

El escritor y presidente del IE, Diego del Alcázar, publica ‘La idea de volver’ (Siruela), una novela donde reflexiona sobre la búsqueda del arraigo a tradiciones ancestrales en un mundo hiperconectado

El contraste es la tónica en La idea de volver (Siruela), la nueva novela del escritor y presidente del IE Diego del Alcázar.

Por un lado está Fausto, un campesino, un quesero de las montañas de Cantabria, nacido de una cueva y profundamente arraigado a tradiciones ancestrales. Por otro está Adrián, su hijastro, un intelectual, un académico que vive en Nueva York y que regresa a su pueblo en Cantabria para presentar a su mujer, Memphis (una joven ejecutiva de una empresa de inteligencia artificial) a su madre y a su padrastro.

Estos dos mundos, en apariencia tan lejanos, muestran, sin embargo, una misteriosa conexión que se va mostrando al lector por medio de una atmósfera mágica que choca con un mundo moderno caracterizado por una tecnología que da acceso al saber sin límites.

Diego del Alcázar conversa con El Debate sobre su novela y reflexiona a cerca de la búsqueda de la identidad en una sociedad de individuos cada vez más desarraigados y huérfanos de referentes.

–Tu novela se presenta casi como dos novelas interrelacionadas que se buscan, se entrelazan y tratan de encontrarse, aunque parece que hay siempre un muro que impide que se lleguen a tocar del todo. ¿Por qué son tan diferentes los mundos de Fausto y de Adrián?

–Sí, son dos mundos muy diferentes. Parece que incluso están construidos forzadamente diferentes. Adrián es una voz en primera persona que cuenta su historia, la historia de cómo conoce a su chica, a Memphis, en Nueva York. Él es un investigador de Historia de la Universidad de Columbia y ella es una investigadora que trabaja en una empresa en el mundo de la inteligencia artificial. Adrián vuelve a su pueblo, para que Memphis conozca a su madre y a su padrastro, y ahí es donde está la otra voz.

Cubierta de 'La idea de volver'Thorun Piñeiro

La otra voz es muy diferente, es un hombre de pueblo con unas fuertes creencias en las tradiciones rurales de la Cantabria profunda, incluso en la mitología cántabra, una cosa tan desconocida. Quizás hay una construcción artificial de esos mundos tan diferentes porque busco que el lector navegue entre ellos, llevarle a percibir que quizás las diferencias no son tan grandes, y que los retos que vivimos en nuestra sociedad moderna nos llevan a comprender que quizás no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor, y que las supersticiones de entonces no son tan diferentes a las supersticiones de ahora. Todos navegamos ante las mismas cuestiones sin resolver por mucho que pensemos que tenemos todas las respuestas.

–Fausto nace no en una cueva, sino de una cueva. No diría que es realismo mágico, pero es interesante la presencia de ese elemento. ¿Qué papel juega la magia en su novela?

–La magia está muy presente en la novela. Estoy de acuerdo en que la expresión ‘realismo mágico’ me recuerda a cosas que no me atrevo a tocar, cosas de las que recientemente se ha hablado mucho, y me da bastante pudor pensar en quienes hablan de ellas apropiándoselas. Pero sí hay mucha magia.

En un mundo que tiene acceso a un conocimiento absoluto e inmediato, nos sigue faltando una conexión con algo que no entendemos y que nos produce una frustración, que es explicarnos a nosotros mismos en las grandes preguntas

Lo que trato de explorar es la idea de que vivimos en un mundo muy racional –como la idea del grabado de Goya, El sueño de la razón produce monstruos–, y aunque hay una parte de esa magia que sí responde a supersticiones, también hay una parte de esa magia que es inequívoca.

Es decir, el mundo de la fantasía, de la ficción, de la magia en general, de la mitología, de los dioses…, me da igual qué apreciación de la magia queramos tocar. En un mundo que tiene acceso a un conocimiento absoluto e inmediato, nos sigue faltando una conexión con algo que no entendemos y que nos produce una frustración, que es explicarnos a nosotros mismos en las grandes preguntas o, por lo menos, hacer que convivamos mejor con la existencia sin poder responder a esas preguntas, y ahí es donde la magia tiene mucho que ver.

Por eso he querido impregnar la novela de cierta magia. Esa magia aparece en una de las voces de forma muy forzada y muy tangible. En la otra menos, pero también. Hay que escarbar un poco para darse cuenta de que también está ahí.

–Fausto es un personaje muy mefistofélico, y las referencias a las supersticiones, a esas tradiciones ancestrales que hunden su origen en los albores de los tiempos lo subrayan. ¿Quién es Fausto realmente y qué vinculo tiene con la obra de Goethe?

–Efectivamente, no escondo, de hecho, seguramente soy muy pretencioso en no esconderlo, que trato de construir un Fausto moderno haciendo referencia a Goethe y siendo muy obvio en esa construcción.

Inicialmente Fausto iba a ser un personaje que respondiera a lo que luego la otra voz de la novela responde, que es a ese Fausto moderno que finalmente se bautiza como Adrián (nombre que, es fácil sacar las conclusiones, también sale de Thomas Mann).

Diego del Alcázar en la redacción de El DebateThorun Piñeiro

Al final, de lo que me doy cuenta, es de que no existe sólo un Fausto moderno, sino que siempre existe un Fausto, un hombre con una pretensión, con una ambición de conocer más, de aspirar a una experiencia absoluta, que aún teniéndolo todo, incluso más de aquello a lo que pudiera aspirar, es capaz de atravesar ciertas líneas.

Claro, en una sociedad moderna, con un acceso al conocimiento absoluto, a una felicidad un poco impostada, es más obvio de percibir. Pero lo que me parecía más interesante es explorar al otro que, además, no es, curiosamente, un académico, sino que es un pastor, un quesero con una sabiduría ancestral. Creo que ahí también había otro Fausto, que no era tan obvio como el primero, y que por eso jugué a explorarlo más.

–Usted es presidente del IE, ¿por qué hacer literatura?

–Hay razones objetivas. Podría decir que tengo la suerte de ser una atalaya rodeada de gente que tiene una visión del mundo muy privilegiada del mundo, y que hay una parte de eso que quiero canalizar a través de la narrativa.

En un mundo donde lo racional lo impregna todo, donde los datos nos permiten dar respuestas a casi todo, el mundo de la literatura nos lleva por áreas que son interesantes para la humildad

Estoy seguro de que hay algo de eso, pero la realidad es que no tiene nada que ver. Mi entusiasmo por la literatura viene de un ejercicio de pasión, pero también de evasión de mi trabajo del día a día, y son labores completamente aisladas.

Volviendo a esa frase de Goya, yo sí creo que en un mundo donde lo racional lo impregna todo, donde los datos nos permiten dar respuestas a casi todo, donde además tenemos que estar preparados para dar una respuesta relativamente buena, aunque no sepamos de lo que hablamos, el mundo de la literatura nos lleva por áreas que son interesantes para la propia humildad y para poder evadirse de dar respuestas perfectas a cualquier cuestión.

–¿Cómo ve el mundo de la literatura? ¿Más competitivo que el de la empresa?

–Es muy buena pregunta. Te cuento: yo escribí una anterior novela que publiqué en 2023, La genética del tiempo, y ahí cometí el error de mirar ciertos números de cómo vas vendiendo y, al final, yo también tengo un alma competitiva, y esa alma competitiva te aflora en el mundo de la empresa, o te aflora en una competición deportiva, o te aflora en ciertas cosas, pero yo no pensaba que me fuera a aflorar en esta afición. Ahí me volví muy competitivo, quería vender.

Esta vez le dije a mi editor que no quería saber de ningún número, porque nos pensamos que vender es una métrica del éxito, cuando el éxito y el fracaso son dos grandes impostores.

Al final, lo que yo exploro en el mundo de la literatura es un viaje muy persona. Luego tengo, obviamente, que promocionar el libro, y estoy muy agradecido a El Debate de que me acoja hoy, pero no busco competir. Aunque sí que hay competición. Se ve muy claramente la competición que hay. Es una competición que, aunque yo no quiera entrar en ella, resulta muy sana. Es una competición muy buena. Creo que hay grandes autores ahora mismo. Creo que hay grandes editoriales haciendo las cosas muy bien, Siruela es una de ellas.

Eso, lo que está haciendo, es que el escritor y la editorial tengan el olfato activo para detectar necesidades en los lectores y ofrecer una literatura mejor. De esa manera están consiguiendo que la gente lea y que disfrute de la lectura.

–La tecnología está muy presente en este libro, de hecho, juega con ese contraste entre la sociedad tecnológica de Estados Uidos, y ese mundo más ancestral de Suso. ¿Son incompatibles?

–No solamente no son incompatibles. La reflexión que hago, de alguna forma, es que ese mito de la caverna de Platón –además aparece una cueva muy gráficamente en la novela, esa cueva que pare a Fausto– está muy de actualidad. Es esa pantalla, ese móvil… Vemos sombras, pero, en vez de verlas reflejadas en la pared de una caverna las vemos en nuestro teléfono móvil.

Si lo miras con cierto prisma puedes pensar que lo que está pasando delante de tus ojos es la felicidad a la que tú deberías aspirar, cuando, realmente, no deja de ser una sombra que solamente lleva una parte de la realidad, porque la otra es una construcción que nosotros hacemos de nosotros mismos.

–La visión que da usted de la inteligencia artificial a veces provoca un cierto miedo. ¿Debemos asustarnos con la inteligencia artificial?

–Es muy complicado introducir elementos tecnológicos…, creo que lo decía Pérez-Reverte, que le espantaba cualquier novela que tuviera un componente de tecnología, porque lo desvirtuaba todo, desvirtuaba la fantasía.

Creo que tiene mucha razón. Yo he utilizado ciencia ficción en lo que he escrito anteriormente, y en este caso he intentado que la tecnología fuera casi neutra. No hay nada no imaginable en esa tecnología. Si tú conversas con tu inteligencia artificial cualquier día te va a dar unas respuestas muy parecidas a la tecnología que aparece ahí.

Pero sí hay un debate interesante, porque es un debate de nuestra sociedad sobre algo con lo que convivimos, dos, tres, cuatro horas al día muy activamente, y que además está en la conversación que todos tenemos, y yo creo que la literatura tiene que recoger realidades sociales.

Sobre lo que yo pienso acerca de cómo nos va a afectar la tecnología, yo no trato de abordar en la novela el debate sobre el impacto que va a tener la inteligencia artificial en nuestra sociedad.

Creo que seguramente se tenga que regular, que tenga que haber una moratoria…, o no, no lo sé. No me meto en esa parte. Donde sí me meto es, como individuo, la elección que tenemos que tomar nosotros, sin que nadie nos la imponga, sobre cómo la usamos: si la vemos desde un punto de vista negativo, si pensamos que es un ‘ojáncano’, un ser de un solo ojo que hace el mal por los bosques de Cantabria, pues probablemente lo que ese espejo de silicio nos devuelva sea una relación muy negativa con nosotros mismos, al final es un espejo.

Y, en cambio, si la vemos como una ‘anjana’, que es una bruja buena, pues es posible que saquemos el máximo partido. Es un poco injusto decir que es una elección personal, pero, desde luego, como individuos tenemos una elección sobre cómo usamos esa tecnología.

–La idea de volver, entiendo el título: los personajes buscan un regreso a una raíz. Pero es pesimista, no parece que Adrián termine encontrando sus raíces y Fausto parece haberlas perdido. ¿Necesita este mundo de hoy volver a sus raíces?

–La idea de volver, efectivamente, es la historia de un regreso, un regreso físico, el que se hace en avión desde una ciudad, no sólo el de Adrián, sino también el de muchos otros personajes, que también hacen su propio viaje. Pero no solamente se trata de un viaje físico, sino que es también un viaje hacia dentro que hacemos todos.

Una de las reflexiones que he tratado de plasmar en la novela es que volver no es un ejercicio de nostalgia. Simone Weil, cuando escribía sobre el arraigo a mediados del siglo XX, hablaba del arraigo como un concepto que se estaba perdiendo en una sociedad como la de entonces –mucho más en la de ahora– que perdía el contacto con sus usos y costumbres más tradicionales.

En nuestro caso, en nuestra sociedad, no es un tema de volver a la infancia, de recordar quién eres, y de volver al origen para recordar quién eres, como si fuera un ejercicio de nostalgia, sino más bien como una conexión con lo ancestral.

Una conexión con aquella idea platónica de la ‘anamnesis’, aquella idea de que el conocimiento verdadero, el importante, no se aprende, sino que se recuerda. Y una vez que conectas con esa especie de magia que esas raíces nos dan, eres capaz de tomar impulso, de entenderte y de tomar perspectiva. Yo creo que ese viaje lo hacen todos los personajes, no sólo Adrián y Fausto. Creo que es algo de lo que nuestra sociedad adolece un poco.

–Un libro como La idea de volver solo puede surgir de un escritor (valga la redundancia) que lee. ¿Qué lee Diego del Alcázar?

–Yo leo de todo, y muy desordenado, la verdad. Hay muchos libros que me sirvieron de inspiración para esta novela. El otro día no me acordaba cuál fue el origen, pero creo que fue Klara y el Sol, de Ishiguro. La novela tiene pinceladas, más o menos de brocha gorda, de Miguel Delibes, sobre todo a El camino –ahí tienes al Uco-Uco, que es la Uca-Uca, o el tío Moñigo–.

Tiene al Fausto presente por todas, también del Doktor Faustus, de Thomas Mann –si bien es una novela que me costó bastante entender, y que yo creo que tienes que ser un erudito de la música–. También hay cierto componente de la Odisea, incluso hasta se menciona a Cabeza de Vaca, en cuyos diarios se describe una Odisea en toda regla, y hay parte de esa Odisea. Simone Weil, como decía antes, e incluso de Ortega. Creo que el hombre de las redes sociales y de la tecnología es el hombre-masa en su expresión más clara. Manuel Llano, importantísimo, hay que mencionarlo, como escritor que era un pastor. Era un autodidacta que cultiva una literatura muy intuitiva. Fantástico escritor prologado por Unamuno, yo creo que muy desconocido, de la generación entre el 98 y el 27… Hay muchas lecturas.

–¿Prefiere leer, escribir o hablar de lo que otros escriben?

–Son aficiones tan diferentes… Tengo poca ocasión de hablar de lo que otros escriben. En cuanto a leer y escribir son dos mundos completamente diferentes. Hay un tercero, del que soy víctima, porque me provoca cierta ruina, que es el de comprar libros. Libros que me da tiempo a leer, otros no me da tiempo a leer… Y en particular comprar primeras ediciones de literatura contemporánea que, como cualquier otra locura, no tengo mucha explicación para ella.