Los frisos del Partenón son el gran tesoro del Museo Británico
El Museo Británico adelanta una solución salomónica en el contencioso por las esculturas del Partenón
Las autoridades griegas rechazan cualquier préstamo temporal de los mármoles y exigen su repatriación permanente
¿Globo sonda o propuesta seria de solución de consenso? El culebrón de los frisos del Partenón custodiados en el Museo Británico parece enquistado y sin vías de solución a corto plazo.
Quizás con la intención de dar un aldabonazo y desatascar la negociación, o de poner entre la espada y la pared al gobierno griego para que asuma un compromiso de consenso, el presidente del Museo Británico declaró a un diario griego que él está totalmente dispuesto a llegar a un acuerdo, y adelantó en qué consistiría dicha solución.
Según aseguró George Osborne al periódico Kathimerini la solución pasaría por un acuerdo para organizar una novedosa exposición rotativa de manera que las esculturas de Fidias se expongan periódicamente en Londres y Atenas.
La solución parece una locura. La sola idea de que obras de arte de cerca de 2.500 años de antigüedad se embarquen periódicamente para trasladarlas de Grecia a Reino Unido y vuelta se presenta como una auténtica idea descabellada contraria a cualquier criterio de conservación y del más básico sentido común. Y, sin embargo, es la principal propuesta del Museo Británico, que lo presenta como un «o lo tomas o lo dejas».
Las autoridades griegas, sin embargo, lamentan que la propuesta, y la actitud del Museo Británico, parece planteada para forzar a Grecia a rechazarla, y culpar luego a las autoridades griegas de la falta de acuerdo.
Esa denuncia parece reforzada por las propias declaraciones de Osborne a Kathimerini, quien subraya la legitimidad de la posesión británica de los frisos arrancados en 1816 por el británico Lord Elgin tras su compra por parte del gobierno británico a las autoridades turcas.
«Tenemos claro que (los mármoles) llegaron aquí legítimamente», y presenta el posible traslado temporal a Atenas como un acto de generosidad al que las autoridades británicas no tendrían por qué estar obligadas: «¿Me gustaría que también pasaran parte de su tiempo en Atenas? Sí, me gustaría», declaró Osborne como si de migajas se tratara.