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13 de junio de 2024

Detalle de portada de «Episodios republicanos» de Antonio Fontán

Detalle de portada de «Episodios republicanos» de Antonio Fontán

Ensayo / Historia 

En la mente de un católico liberal

Un libro que permite acercarse a la cuestión religiosa durante la Segunda República y al pensamiento de un católico liberal español de la mano de Antonio Fontán

Detalle de portada de «Episodios republicanos» de Antonio Fontán

ed. rialp / 260 págs. 

Episodios republicanos. Apuntes sobre religión y política en la II República (1931-1936)

Antonio Fontán

En mi etapa de estudiante universitario, con el cambio de siglo, Antonio Fontán era uno de esos nombres que salían a relucir para hablar del entorno o la trastienda del Partido Popular. Su Nueva Revista era una de las escasas tribunas que permitía adentrarse en la reflexión de los círculos conservadores y liberales. Quedaba lejos su actividad en la primera fila de la vida política: opositor al régimen de Franco desde el diario Madrid, senador, presidente del Senado y ministro de la democracia.

Ahora se publica una obra que ha permanecido inédita hasta la fecha: Episodios republicanos. Apuntes sobre religión y política en la II República. La obra se estructura en temas que permiten aproximarse a la cuestión religiosa durante la Segunda República.

El capítulo segundo, donde se aborda la tesis principal, es de máxima actualidad, precisamente cuando se discute en los ámbitos católicos la pertinencia de la batalla cultural. Su cita de la carta del filósofo Federico Amiel a Sanz del Río en 1868, que engarza con los discursos de Alcalá Zamora y Azaña en 1931, justifica de por sí la lectura. Esa misiva, que toma del socialista Rodolfo Llopis, le sirve para situar la cuestión religiosa en el centro de la vida política del país desde el Sexenio hasta los años 30 del siglo XX. Sanz del Río, el krausismo, la Institución Libre de Enseñanza y Giner de los Ríos protagonizaron una batalla de las ideas, de largo recorrido, que terminó por interpretar políticamente Azaña. 

El ámbito de esa batalla fue triple: el pensamiento y la ciencia, la educación –especialmente la Universidad– y la literatura y la prensa. Fue una batalla de largo recorrido, que se desarrolló en el ámbito de la cultura, y que tardó décadas en dar frutos. A los institucionistas les dio la réplica el catolicismo social y especialmente, ya en la última etapa del trayecto, la Asociación Católica de Propagandistas, que imitó la estrategia de sus adversarios en la enseñanza y la prensa. No es una tesis nueva, pero está magníficamente expresada. Parte de esta reflexión ya la dio a conocer en España, esa esperanza. El propio autor se apoya en Castillejo y su War of ideas in Spain, y también en Vicente Cacho Viu. Pero la afirmación es discutible: la revolución, no la del 68 del siglo XIX, sino la de 1789 ya inició esa batalla, aunque el contexto de la misma ha ido variando a lo largo de todo este tiempo.

Su tesis principal, es de máxima actualidad. No es nueva, pero está magníficamente expresada

El escrito no aporta ningún apunte biográfico nuevo. Fontán era un niño en 1931. Tuvo que retrasar 10 días su primera comunión, prevista para el 14 de mayo de 1931, por el incendio del Colegio Villasís, de los jesuitas, ocurrido el día 11, durante la quema de conventos. También terminó sus estudios del curso 1931-1932 en otro colegio, por la expulsión de los jesuitas. Pero, no hay más. Sin embargo, permite comprender la perspectiva histórica de un hombre con una trayectoria como la suya

Del ensayo se desprende su amplísimo bagaje cultural y las innumerables lecturas que acumuló a lo largo de su vida. Habría sido útil un estudio introductorio de alguno de sus biógrafos, como Jaime Cosgaya. La época en la que escribe estas reflexiones coincide con su ejecutoria como director del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra (1958-1962), aunque el manuscrito tuvo diversas versiones y no terminó de concluirse hasta 2007. 

Su mentalidad católica y liberal, la que desplegó contra el franquismo y durante la democracia, arraiga precisamente en la defensa del catolicismo perseguido durante la Segunda República. Sólo la actitud militante de la coalición republicano-socialista de 1931 despertó a los católicos, hasta lograr, en sólo cinco años, lo que no habían conseguido las exhortaciones pontificias y episcopales a lo largo de medio siglo: que ante la conciencia del peligro restablecieran una unidad de espíritu que les permitiría después la unidad de acción. La persecución religiosa, una vez iniciada la Guerra Civil, hizo el resto.

Por cierto, el embargo de la publicación en vida del autor no termina de aclararse en el prólogo y la introducción. Las razones aducidas para evitar que viese la luz hace 15 años siguen siendo vigentes, aunque tanto entonces como ahora su edición merecía y merece la pena.

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