22 de enero de 2022

Clásicos / Novela

Cuando la familia es insoportable, sólo se necesita una maleta muy pequeña y muy ligera

Una precuela de Nada con otros personajes, y con evidente huella autobiográfica que se desarrolla en la Gran Canaria del final de la Guerra Civil
Portada de «La isla de los demonios» de Carmen Laforet

ediciones destino (1952) / 332 págs.

La isla y los demonios

Carmen Laforet

Además de la conocidísima —y quizá leidísima— Nada, Carmen Laforet —el centenario de cuyo nacimiento se celebra este año— publicó otras cuatro novelas: La isla y los demonios (1952), La mujer nueva (1955), La insolación (1963) y Al volver la esquina (2004). A esta producción hay que sumar algo más de una docena de relatos y novelas cortas, junto con un amplio elenco de artículos, sendas colecciones epistolares con Ramón J. Sender y con Elena Fortún, así como un par de libros viajes. 
Cuando aún no había acabado la II Guerra Mundial —aún más, durante el apogeo de la Batalla de las Ardenas—, en esa España de gasógeno y cartillas de racionamiento, Carmen Laforet ganó con 23 años la primera edición del Premio Nadal. Un regalo de Reyes Magos dentro de un certamen al que se presentaron 26 obras, incluyendo una de César González Ruano. Entre 1944 y 1959 seis mujeres resultaron vencedoras en el Nadal, galardón que también lograron Delibes, Sánchez Ferlosio y Gironella. Entre 1960 y 1980 no hubo ninguna ganadora.

En esa España de gasógeno y cartillas de racionamiento, Carmen Laforet ganó con 23 años la primera edición del Premio Nadal

El éxito de Nada fue tan rotundo como su neto carácter autobiográfico. Dos años después de que Laforet publicara La isla y los demonios, aparecía la décima edición de Nada. Si en la primera novela la escritora había trasladado sus años universitarios en Barcelona, en el segundo libro narraba los prolegómenos. En cierto modo, La isla y los demonios es una precuela de Nada. Aunque cambian los personajes, la referencia a la propia vida de Laforet resulta más que evidente. 
Los conflictos familiares —la familia como un ambiente cerrado, asfixiante, artificioso, repleto de inquina— se desarrollan, en esta ocasión, en Gran Canaria, donde la escritora vivió hasta los dieciocho años, igual que la protagonista. La alternativa a ese mundo neurótico, en el que participan cuñadas, hermanos, tíos, viene del exterior y se halla en personajes diferentes, en especial el joven pintor Pablo. Él y la majorera Vicenta serán dos de los referentes de que se sirve Laforet para que la protagonista, Marta, cobre plena conciencia de su necesidad de huir de las islas y embarcar rumbo a la península.

En cierto modo, «La isla y los demonios» es una precuela de «Nada»

Por tanto, en esta novela, el lector se puede topar con dos procesos, uno interno —el de Marta— y otro externo —el de la autora. El primer proceso es de vaciamiento y aniquilación, sobre todo por culpa del entorno familiar y que conduce a una actitud de anhelo de éxodo. Un éxodo al que se acude sin ningún peso. Por eso, Marta se desprende de todo. Incluso de aquello que el lector no se imagina. Al igual que Cortés, Marta quemará sus propias naves, para subir a bordo de otra. Lo más ligera posible de equipaje. Apenas un par de cosas, pues se deshace de aquello que se suponía que era lo más propio, lo más íntimo. Porque, para salir de lo insoportable, hay que ir sin tapujos. Y eso lo va a aprendiendo Marta de unos y de otros. Para huir, además de las ganas, sólo se necesita una maleta muy pequeña y muy ligera.
El segundo proceso, el de la catarsis de Laforet, se produce gracias a un completo desahogo, con lirismos muy tenues, sin punto alguno de barroquismo ni artificio. En este sentido, La isla y los demonios es un libro ideal para los lectores que no soportan la literatura pretenciosa, el adjetivo gratuito y las elucubraciones psicológicas o ideológicas. Lo cual subraya la honestidad del proceso catártico de Marta y de Laforet. Y quizá de muchos lectores. Por otra parte, esta depuración genera una cierta esperanza, que consiste, precisamente, en esa marcha a otro lugar (Madrid), y, como decimos, sin apenas más que lo puesto.
La isla y los demonios recrea con naturalidad y deleite todos los olores y luces de Gran Canaria, sus playas, sus montes, bosques, caminos y pueblos, al final de la Guerra Civil. De hecho, el libro contiene algunas referencias políticas secundarias. Por lo general, de cierto tono crítico, más o menos sutil, hacia los Nacionales y más bien aséptico hacia el otro bando. Todas estas notas confieren a la novela una originalidad que suenan a confidencia personal. Y, este sentido, y a pesar de su entidad autobiografía, lo que nos ofrece Laforet desborda literatura, pues no se ajusta a moldes programáticos de una escuela, una tendencia o una línea de pensamiento. De lo que nos habla Laforet es de su experiencia vital, a través de la palabra literaria, y sin doctrina alguna.
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