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21 de junio de 2024

Portada de «Breviario antipedagogista» de Alberto Royo

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'Breviario antipedagogista': ácida diatriba contra la pedagogía moderna

Tras su exitoso ensayo Contra la nueva educación, Alberto Royo continúa su batalla argumentativa contra la pedagogía moderna

Tras su exitoso ensayo Contra la nueva educación, Alberto Royo continúa su batalla argumentativa contra la pedagogía moderna con este Breviario antipedagogista. En esta obra breve encontramos un compendio de reflexiones que buscan rebatir algunas de las ideas más en boga en el ámbito educativo, haciendo para ello una encendida defensa de la transmisión del conocimiento como pilar básico de la docencia.

El libro se divide en infinidad de capítulos a modo de aforismos y breves reflexiones, una estructura que el propio autor no duda en calificar como caótica y anárquica y que, si bien permite una lectura ágil y ligera, puede resultar algo confusa, echándose en falta un hilo narrativo que otorgue cohesión a todo el ensayo.

Portada de «Breviario antipedagogista» de Alberto Royo

plataforma / 152 págs.

Breviario antipedagogista

Alberto Royo

Entrando a analizar el contenido, este Breviario constituye un canto al saber como centro de la educación, una sensata consideración que durante siglos ha resultado obvia pero cada vez se pone más en duda. Y ese saber, nos dice el autor, debe orientar el hecho de enseñar en dos sentidos: en primer lugar, el dominio de su materia es la obligación fundamental de todo profesor, su cualidad irrenunciable, y ante la que el resto de habilidades personales y docentes se antojan absolutamente secundarias.

En segundo lugar, el saber debe ser transmitido: he ahí la principal función del profesor. La escuela, nos dice Royo, no tiene como función enseñar a los alumnos inteligencia emocional ni otras habilidades «para la vida»: al colegio se va a aprender conocimientos, y la formación humana de los alumnos se dará por añadidura y como resultado de ese crecimiento en sabiduría. «Aprender», termina Royo, «es aprender a vivir».

Lejos de negar la importancia de que los alumnos adquieran competencias, lo que defiende el autor es que esas habilidades deben fomentarse siempre con relación al aprendizaje de contenidos. Así sucede, por ejemplo, con el pensamiento crítico: para lograr que los estudiantes se conviertan en personas reflexivas y con criterio propio, necesitarán conocimientos, ya que no se puede pensar ni discutir sobre lo que no se conoce.

Todo ello lleva al autor a hacer un llamamiento a valorar y prestigiar el conocimiento. «Aquí se enseña», debería ser el cartel que presida toda institución educativa. Y en esa transmisión de conocimientos, dice Royo, la escuela debe ser exigente, pues solo desde una exigencia bien entendida se logrará una verdadera equidad entre los alumnos. Frente a la predominante corriente que aboga por reducir contenidos para no perjudicar a los alumnos con menos posibilidad de apoyo extraescolar, Royo, en línea con otros autores como Ricardo Moreno, argumenta que, en realidad, incidir en la transmisión de conocimientos es lo que realmente reduce las diferencias socioeconómicas de los alumnos.

El motivo es sencillo: a diferencia de sus compañeros con padres con más formación académica o con más recursos económicos, los estudiantes más desfavorecidos no tienen acceso a apoyo extraescolar alguno, por lo que el colegio se antoja como su única posibilidad para formarse. Por tanto, al reducir los contenidos que se enseñan, lejos de hacerles un favor, en realidad estamos condenando a los alumnos con menos recursos, ya que les negamos la posibilidad de formarse y de acceder a un futuro más digno.

Además, insiste el autor, al reducir la exigencia a nuestros alumnos, en realidad lo que estamos haciendo es mostrar nuestra desconfianza hacia sus capacidades, con lo que no solo estamos fracasando como profesores, sino que, lo que es incluso peor, estamos faltando al respeto a nuestros estudiantes. Por eso, señala Royo, es cierto que los jóvenes cada vez muestran más lagunas en su conocimiento, pero no es responsabilidad suya, sino «por culpa de un sistema que no les exige porque no les respeta».

Nos encontramos, por tanto, ante un ensayo plagado de ideas sensatas, valientes y pertinentes. Puede considerarse, sin embargo, que el mensaje pierde algo de fuerza y capacidad de convicción por el tono belicoso, carente de matices y claramente despectivo con que el autor describe las nuevas escuelas pedagógicas, que engloba en un mismo saco, demasiado grande y simplificado, que es definido como «pedagogismo».

Sin duda, dentro de las corrientes educativas actuales hay excesos y extremos que pueden y deben ser criticados y contraargumentados, pero no es menos cierto que se están produciendo contribuciones sugerentes que, bien imbricadas en la corriente pedagógica más tradicional, pueden ayudarnos a mejorar la educación y lograr el objetivo que, al fin y a la postre, todos los docentes tenemos: que nuestros alumnos aprendan más y mejor.

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