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19 de junio de 2024

Portada de «Los prisioneros de Colditz» de Ben Macintyre

Portada de «Los prisioneros de Colditz» de Ben MacintyreCrítica

'Los prisioneros de Colditz': una perspectiva diferente de la Segunda Guerra Mundial

Ben Macintyre logra aportación novedosa, original y se alejada del maniqueísmo habitual sobre la Segunda Guerra Mundial con un ensayo sobre el legendario castillo de Colditz, que durante el conflicto se utilizó como una prisión reservada a oficiales aliados

La Segunda Guerra Mundial es, quizá, la época histórica sobre la que más se ha escrito durante las últimas décadas. A pesar de ello, el reguero de libros publicados sobre este acontecimiento bélico no decrece en absoluto, hasta el punto de que una sola vida no bastaría para leer todo lo que se publica sobre esta guerra en un solo año. En este contexto, la tarea de escribir un libro que suponga una aportación novedosa y original sobre el conflicto se antoja harto complicada. Sin embargo, Ben Macintyre lo ha logrado con su reciente Los prisioneros de Colditz.

Tras sus exitosos ensayos centrados en legendarios espías de la Guerra Fría, el historiador inglés se adentra en esta ocasión en la Segunda Guerra Mundial para hablarnos sobre el legendario castillo de Colditz, en las cercanías de Leipzig, que durante el conflicto se utilizó como una prisión reservada a oficiales aliados que habían intentado huir de prisiones menos vigiladas y que eran considerados enemigos especialmente recalcitrantes de Alemania.

Portada de «Los prisioneros de Colditz» de Ben Macintyre

crítica / 398 págs.

Los prisioneros de Colditz

Ben Macintyre

Podría decirse que el libro de Macintyre tiene dos niveles de lectura. El más superficial, el que se refiere a los acontecimientos que en él se narran, es sin duda interesante, ya que, valiéndose de una prolija documentación, el autor describe de manera amena la vida de los oficiales aliados en una prisión poco convencional. Para ello, Macintyre introduce en el relato historias curiosas, casi todas ellas con los intentos de fuga como elemento central, en las que el lector se familiariza con personajes históricos como Christopher Clay Hutton, «Clutty», un oficial especializado en diseñar inventos destinados a las fugas y que inspiraría a Ian Fleming para el personaje de Q, el entrañable inventor de la saga de James Bond.

Ahora bien, yendo más allá de los acontecimientos narrados, nos encontramos con un segundo nivel de lectura que hace aún más interesante el libro de Macintyre. En primer lugar, Los prisioneros de Colditz nos muestra un relato de la Segunda Guerra Mundial que se aleja del maniqueísmo habitual en las narraciones de este conflicto. En ese sentido, el lector descubrirá a unos guardianes alemanes ciertamente escrupulosos en el cumplimento de la convención de Ginebra, y a oficiales ingleses olvidando su flemática caballerosidad para jugar sucio y engañar a sus captores a la menor ocasión.

Igualmente, resulta llamativo comprobar hasta qué punto, a pesar de estar en bandos enemigos, tanto ingleses como alemanes mostraron una cortesía e incluso una camaradería que están muy alejadas del retrato prototípico que solemos encontrar en las novelas y películas al uso. Esta caballerosidad llevó a anécdotas realmente sorprendentes, como la del oficial inglés que, antes de emprender su fuga, dejó su equipaje encima de su cama acompañado de una nota en la que pedía a los guardianes alemanes que se lo enviaran a la dirección indicada en la misiva, algo que los captores no dudaron en hacer.

Esta caballerosidad, todo hay que decirlo, se explicaba en gran parte por el hecho de que la responsable de Colditz era la Wehrmacht, el ejército alemán, cuyos oficiales solían regirse por un código de conducta similar al de los británicos. No obstante, esta situación cambió en 1944, cuando Himmler consiguió que las SS tomaran el control de Colditz, algo que se notó sensiblemente en el trato sufrido por los prisioneros, cuyos intentos de fuga empezaron a ser castigados con pena de muerte.

Por otro lado, y dentro de ese segundo nivel de lectura al que nos referíamos, la historia de los prisioneros de Colditz también puede servir para extraer de ella lecciones sobre la naturaleza humana, sobre todo en lo que se refiere a cómo afronta cada persona situaciones tan complicadas como el encierro en una minúscula prisión durante años y años. En ese sentido, el relato de los continuos e ingeniosos intentos de fuga llevados a cabo por los oficiales aliados –los túneles excavados con muelles de las camas son un buen ejemplo– demuestra la capacidad del ser humano para hallar la fuerza y los recursos necesarios para intentar recobrar la libertad pese a la inmensa dificultad y a los riesgos que entrañaba tal empresa.

Igualmente, la narración de Macintyre también permite comprobar cómo cada persona afronta un destino adverso de este calibre de una manera diferente, mostrando mediante su actitud y comportamiento su verdadero carácter. En Colditz, como en toda situación de esta naturaleza, afloró de qué pasta estaba hecho cada protagonista, tanto guardianes como prisioneros, y ello lleva al lector a preguntarse cómo se comportaría –o al menos cómo gustaría hacerlo– en una situación semejante.

Por todo ello, Los prisioneros de Colditz no es solo una lectura recomendable para los amantes de la Segunda Guerra Mundial, para cuya comprensión supone un verdadero soplo de aire fresco, sino que también permite al lector adentrarse en la naturaleza del ser humano. Pues, aunque a veces se nos olvide, las guerras las libran personas como nosotros, con sus virtudes y sus defectos, y suponen un escenario de excepción para comprender la compleja y apasionante naturaleza humana en todas sus facetas, desde las más terribles a las más luminosas.

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