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28 de febrero de 2024

Portada de «Raros como yo» de Juan Manuel de Prada

Portada de «Raros como yo» de Juan Manuel de PradaEspasa

'Raros como yo': medio centenar de semblanzas de novelistas y poetisas relegados por poco convencionales

Desde Léon Bloy hasta Alejandro Sawa, Concha Espina o Juan Antonio de Zunzunegui, los escritores aquí reunidos por Juan Manuel de Prada padecieron una relación tormentosa o amarga con el éxito o la intelligentsia, ya fuera en su generación o tras su muerte.

Uno de los epigramas más conocidos de un libio que se expresaba en lengua griega y que se llamaba Calímaco dice en sus primeros versos: «Aborrezco de la poética pomposa y detesto el sendero que de aquí allá lleva a las muchedumbres». Siglos después, Horacio iniciaba uno de sus libros de poemas de esta manera: «Odio al prosaico populacho y me aparto». A lo largo de la historia se ha visto, en determinados intelectuales o poetas, una tendencia a alejarse de los gustos vulgares o más sólitos en su tiempo; autores que han querido transitar veredas no trilladas, y que han optado por granjearse el aplauso minoritario. Con las necesarias variantes, esto ha conducido, a partir del siglo XIX, al malditismo, un estatus no se sabe sin intencional o sufrido con pena auténtica.
Tal como explica De Prada al comienzo de Raros como yo, el «maldito» —según Paul Verlaine— o el «raro» —según Rubén Darío— era «el escritor genial que, sintiéndose rechazado por una sociedad filistea, adoptaba formas de vida e ideales radicalmente antiburgueses que lo convertían en un transgresor». Sin embargo, las coordenadas han variado desde entonces, porque, «andando el tiempo», el concepto ha englobado también a los excéntricos, a los autores incomprendidos o poco leídos, e incluso a los habitantes de la bohemia y la golfemia, portentoso palabro que debemos a Salvador María Granés y Luis Arnedo desde 1900. Luego se pasa, como advierte De Prada, al malditismo falso y onanista que subvenciona o protege el propio sistema político, económico o cultural. A las tres docenas de autores cuyas semblanzas se ofrecen en Raros como yo no cabe encuadrarlos en la última mutación, sino más bien cabría catalogarlos por lo opuesto. Desde Ernest Hello o Léon Bloy hasta Alejandro Sawa, Concha Espina, Pedro Luis de Gálvez, Jacinto Miquelarena, Víctor de la Serna, Juan Antonio de Zunzunegui, Rafael García Serrano o Concha Alós, la colección de escritores aquí reunidos tiene en común una relación tormentosa o amarga con eso que llamamos el éxito o la intelligentsia, ya fuera en vida o tras su muerte.
Portada de «Raros como yo» de Juan Manuel de Prada

espasa / 272 págs.

Raros como yo

Juan Manuel de Prada

Algunos de los escritores reseñados en este libro poseyeron una pluma genial o de acendrada valía; otros eran más cochambrosos, pero entre sus páginas restalla algún pasaje o poema que merece la pena o que es capaz de despertar emoción. Los artistas del verbo que llenan estas páginas, apartados —en algún que otro momento, o en algún que otro rasgo biográfico, o de carácter o estilo— del sendero que marca la corrección y que establecen los cánones, despreciados en tal o cual ocasión por el mundo, encuentran en De Prada complicidad. Y por eso el autor de Lucía en la noche, La vida invisible, El silencio del patinador y Las máscaras del héroe comparte con el lector estas semblanzas. Algunas son inéditas, muchas ya se publicaron en su momento en artículos de prensa. Casi todas ocupan unas tres o cuatro páginas, excepto la de Bloy, que se extiende tres veces más. El estilo que aquí ofrece De Prada es fino y sólido, inteligente, con una estructura bien trabada, de lectura armónica y su acostumbrada intrepidez léxica. Agradará a todo tipo de lectores, e invitará a muchos a quitarle el polvo a las novelas de Concha Espina o Zunzunegui y empezar a echarles un tranquilo vistazo.
Asimismo, el libro incluye un luengo apartado (sesenta páginas estructuradas en cinco capítulos) que se consagra en exclusiva al argentino Leonardo Castellani —«con todos se peleó, salvo con Dios»—, expulsado en su momento de la Compañía de Jesús, tan amante de la cultura española como crítico con ella, y con una actitud que nunca acababa de permitir a nadie encajonarlo en una categoría específica y bien definida. De Prada reconoce el enorme influjo que Castellani ha ejercido en él en lo intelectual y en lo personal. Este apartado rebosa la mera semblanza, para aportar al lector pistas sobre el pensamiento de Castellani que Juan Manuel de Prada entiende que hoy no sólo son válidas sino urgentes. Como señala De Prada al inicio del libro, «maldito no es hoy el autor que se complace en invocar a los demonios, sino el que se atreve a rezar a los santos».
Cierra el libro un tercer bloque sobre nueve autoras catalanas, cuyas vidas y obras conoció De Prada a lo largo de todos los años que ha dedicado a Ana María Martínez Sagi (1907-2000), poetisa, periodista, atleta y culé. Sagi es la protagonista de Las esquinas del aire (2000) y también de su tesis doctoral (2022); un periplo de dos décadas en que De Prada ha conocido aspectos diferentes de Sagi, y en que ha hallado a mujeres que rescatar del olvido y que formaban parte de aquella generación. Como Elisabeth Mulder —cuarenta delicadas páginas de admiración y respeto hacia una ninfa crepuscular— o Irene Polo, mujeres de recorrido sentimental y político demasiado actuales, en un contexto que parece repetirse ahora mismo.
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