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16 de junio de 2024

Ilustración segunda Guerra Fría

Paula Andrade

Ni Smiley ni Bond: los espías reales de la Guerra Fría

En Espías –un estudio completo y solvente– el reconocido especialista Calder Walton analiza cien años de guerra de inteligencia entre las democracias occidentales, lideradas por Estados Unidos y Gran Bretaña, y la Unión Soviética, después Rusia, sin olvidar el ascenso de China

Graham Greene, Ian Fleming, John le Carré o el hilarante George MacDonald Fraser son autores, entre otros, de sobra conocidos por sus novelas sobre espionaje. Y quitando casos como el de MacDonald Fraser –creador del inigualable Harry Flashman–, la mayoría de autores ha ambientado sus historias de espías en el periodo conocido como la Guerra Fría, que suele delimitarse entre 1947 y 1991. Personajes como el George Smiley de Le Carré o el archiconocido James Bond de Fleming nacieron al abrigo del gran conflicto de bloques, la helada lucha sin cuartel entre las democracias liberales occidentales y el comunismo soviético. Pero esa imagen tan arraigada en el imaginario colectivo podría distraernos de la realidad oculta entre narrativa y narrativa acerca de la guerra de «inteligencia» entre los representantes de los dos tipos de sociedad post-Primera Guerra Mundial: la democracia y el totalitarismo. Para evitar este error, llega al castellano la obra de Calder Walton Espías. La épica guerra de inteligencia entre el Este y el Oeste (Ediciones Salamina, 2024), libro que ha obtenido prestigiosos reconocimientos como el Foreign Policy Best Book of 2023 o el Foreign Affairs Best Book of 2023.

Portada de 'Espías. La épica guerra de inteligencia entre el Este y el Oeste'

Ediciones Salamina. 542 páginas

Espías. La épica guerra de inteligencia entre el Este y el Oeste

Calder Walton

Walton, reconocido experto en inteligencia y seguridad nacional a nivel internacional advierte en Espías que, pese a lo que se cree –e incluso las mismas democracias occidentales pensaban– la Guerra Fría comenzó mucho antes de lo que creyeron, y con ella, la guerra de inteligencia: «la Guerra Fría comenzó antes de lo que solemos imaginar –afirma Walton en el primer capítulo de su obra– […]. Los gobiernos occidentales estaban inmersos en un conflicto ideológico y real con la Unión Soviética mucho antes de 1945, solo que no se dieron cuenta de ello». De hecho, Walton sitúa ese inicio en el año 1920, en plena Guerra Civil rusa, y año en que Lenin se convenció de que los complots capitalistas surgían por doquier, a cada segundo. Especialmente interesante resulta a este respecto la referencia de Walton a la serie de entidades pantalla, con «empresas» de importación-exportación como la ARCOS (All-Russian Cooperative Society) en Londres o la AMTORG (Amerikanskaya Torgovlya) Trading Corporation en Nueva York, que los soviéticos se esforzaron en emplazar en la propia casa de sus peores enemigos ideológicos.

Walton señala también que la guerra de inteligencia no solo empezó mucho antes de lo que se suele creer, sino que además tenía un actor principal incontestable: la URSS. Mientras los soviéticos se infiltraban en cada resquicio de las democracias liberales, Occidente apenas reaccionaba en sus embajadas moscovitas; mientras los soviéticos reclutaban a universitarios que se insertarían en las más altas esferas gubernamentales, los occidentales no preferían no destinar agentes de inteligencia a sus embajadas para no parecer toscos. Amén de que, como señala Walton, la URSS contaba con la inestimable ayuda interna de los partidos comunistas de las democracias liberales como quintacolumnistas ideales en la subversión y sabotaje interno, unidos todos en la Komintern proclamada por el camarada Lenin en 1919, en medio de los ataques blancos sobre Moscú. A esto, deben sumarse –incide Walton– las limitaciones jurídicas y legales que ataban una mano a la espalda en muchas ocasiones al bloque occidental, no así al comunista, lo que lleva a Walton a concluir que «el conflicto de inteligencia entre el Este y el Oeste fue asimétrico, con ventajas intrínsecas del primero frente al segundo».

Dicho todo esto, no faltan nombres fundamentales de la guerra de inteligencia entre el Este y el Oeste en el libro de Walton, como los de Kim Philby, miembro de los famosos «Cinco de Cambridge», u Oleg Gordievsky, el oficial del KGB convertido en agente doble. La estructura desarrollada por Walton en la obra tiene un doble carácter: temático y cronológico, y se organiza en seis grandes partes –seis «choques»– que recogen dieciocho capítulos en poco más de 500 páginas (puede parecer mucho, pero lo cierto es que es una síntesis asombrosa). Estas partes, a su vez, pueden englobarse en dos grandes secciones cronológicas: las tres primeras partes, desde la creación de la Cheka (1917) hasta la Crisis de los Misiles de Cuba (1962), y la tres últimas, desde la lucha de los bloques en América (1960), especialmente Cuba, hasta el nuevo auge de China en nuestros días como principal reto para Occidente en materia de inteligencia.

Mucho más podría decirse del presente volumen, toda una proeza de investigación y síntesis, pero baste señalar que ante la postura de relegar las labores de inteligencia a un asunto menor, hay que tener en cuenta, como recuerda Walton que si bien «la inteligencia no fue decisiva en las relaciones internacionales la mayor parte del tiempo. Sin embargo, ocasionalmente, en las circunstancias adecuadas, sí lo fue».

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