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Mujer paseando por la playaGrace Robertson. Pexels.

`Helena o el mar del verano': contemplar las vacaciones con ojos de niño

Una breve y atípica novela veraniega del desconocido Julián Ayesta

En la ecuación vacacional no ha de faltar un buen libro que, con frecuencia, huele él mismo a salitre y a historias de verano. Este es, y no es al mismo tiempo, el caso de Helena o el mar del verano. Quedará defraudado el lector que vaya buscando en esta narración «el típico romance veraniego». En este sentido, la obra de Julián Ayesta (1919-1996) no tiene el mismo regusto que las demás.

Acantilado (2002). 88 páginas

Helena o el mar del verano

Julián Ayesta

El asunto no es de por sí original y el atractivo no se desprende de la trama en sí misma. Son muchos los relatos o novelas que giran en torno a los amores veraniegos o a las vacaciones como tiempo de noviazgo adolescente. No obstante, es el estilo delicado y sincero de Ayesta lo que dota a su obrilla de genuina calidad literaria.

Poco menos cabía esperar de un alumno de Gerardo Diego que, después de ingresar en Falange Española y participar como voluntario en la Guerra Civil, estudió en Madrid tanto Derecho como Filosofía y Letras. La capital también le abrió las puertas de los cafés más frecuentados, por lo que Ayesta se convirtió en un asistente habitual a las tertulias celebradas en el Café Gijón o en el Ateneo. Hombre de letras del momento, publicaba artículos y relatos en las revistas literarias de la época. Labor que combinaba con su incansable carrera diplomática desde 1947.

Fue, sobre todo, un prolífico autor teatral, aunque solo una ínfima parte de sus obras fueron representadas y han llegado a ser conocidas, en parte por su ajetreo diplomático, en parte por las limitaciones de la censura, pero en absoluto por falta de calidad literaria. También la censura decidió poner medidas a la ingeniosa sutileza de sus artículos que mostraban su desencanto para con los vencedores, por lo que su trayectoria profesional se desvía hacia Beirut; tampoco allí suelta la pluma.

El calificativo «novelista» no encaja del todo con Julián Ayesta. De hecho, esta «novela» es la primera y última que nos dejó. Es más, ella misma no lo es estrictamente hablando, pues se trata de una recopilación de relatos que habían aparecido de forma separada en revistas literarias del momento, como otros muchos de este autor. No fue hasta 1952 cuando la Colección Ínsula sacó a la luz el conjunto de los mismos como un todo unitario, dando lugar a la obrita que tenemos entre manos. Desde su publicación primera hasta hoy no ha experimentado rechazo generalizado pero tampoco una acogida llamativa. En su tiempo hubo quienes la calificaron de mero relato de evasión, lectura facilona, literatura falangista sin alardes. Críticas alejadas del corazón de la novela y estancadas en la superficie.

No se trata de un cuentecillo ameno, sino de una obra adelantada a su época. El tiempo y el lugar externos no son apenas relevantes en la obra. Relevante es la percepción que el adolescente, narrador y protagonista, tiene de su entorno. Como si leyéramos el diario caótico pero delicado de un chaval, la trama va tomando forma y corre como el flujo de conciencia de nuestro amigo. Es franco y su mirada es descomplicada, aunque en su corazón anidan ya las primeras grandes preocupaciones propias del salto a la madurez. Las relaciones tempranas, los nervios, las creencias, el deseo inocente. Reflexiones sinceras pero certeras que nos arrancan sonrisas y con las que dejamos caer, ora una lágrima, ora una carcajada.

Sobre el género de la obra dudaba el propio creador, que la calificó como «narración lírica» y la definió, al igual que a sus otros relatos, como «neorrealista». Las descripciones son delicadas sin llegar a ser minuciosas pues son fruto de la arbitraria mirada de un niño que empieza a ser adolescente. Sus pensamientos arropan al lector en la ternura de las viñetas sin necesidad de ser exhaustivo en detalles.

La edición de Acantilado recoge un elogio rompedor de María José Obiol que afirma que Helena o el mar del verano es «uno de los diez libros más importantes de la narrativa española del siglo XX». Aceptemos o no este comentario plenamente, lo sorprendente es que la supuesta relevancia de Ayesta y de su narrativa no queden reflejadas en las historias de la literatura española. Con todo, la obrita no ha desaparecido de bibliotecas ni librerías y sigue habiendo quienes, pasados los años, la escogen y disfrutan. Y es que, sin duda alguna, se trata de una gran desconocida que no podemos dejar de leer este verano.