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Detalle de cubierta de 'Alfanuí'Destino

El mundo a través unas lentes de colores: `Industrias y andanzas de Alfanhuí'

Un mágico periplo que se abre camino entre la realidad y la fantasía desde la mirada de un niño

«La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es limpio, todo tu cuerpo será luminoso» (Mt 6, 22). Esta cita evangélica no es solo un bello comienzo para el libro. Es toda una advertencia. Consciente de que estas industrias y andanzas pueden no ser para todos, el hijo de Sánchez Mazas avisa (a los adultos) desde la primera página de esta obra publicada en 1951. Para acceder al mundo mágico de Alfanhuí es preciso desprenderse del observar altivo y recuperar el mirar menudo de los niños. Un joven Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019) de veinticuatro años supo hacerlo y, por eso, si de algún modo podemos definir esta incalificable narración es de literatura infantil. El protagonista es un niño que lleva el nombre del piar de los alcaravanes, pero su autor se agarra de su mano para viajar a la infancia con él. Y así lo hace, y nos arrastra, hasta las últimas consecuencias de la imaginación y del lenguaje.

Destino (2009). 250 páginas

Industrias y andanzas de Alfanhuí

Rafael Sánchez Ferlosio

«¿Sabes de colores?» La pregunta del maestro al personaje principal desencadena un torrente visual que destella en cada página. Los colores están por todas partes. Hay colores en el fuego, en los pájaros, en el trigo… pero también en las sensaciones, en el aire mismo… gozan de consistencia por sí solos. Como si se tratara de jugar con lupas tintadas. A través de estas lentes la realidad más cotidiana del hogar, incluso las tradiciones más típicas, se dibujan nuevas, transformadas. Un maestro que cuenta historias solo cuando el fuego está encendido, una criada disecada, una abuela que incuba pollos… y un niño ávido de porqués. La novela es un canto a la sabiduría transmitida, al viaje y a la labor manual como ritos de iniciación. El gallo de la veleta despierta al niño a un aprendizaje experimental que lo introduce en la madurez.

Con precisión de biólogo enumera pájaros, plantas y accidentes naturales, pero desde los ojos de Alfanhuí la materialidad más concreta puede convertirse en un juego. A lo largo de la novela exploramos los límites entre la realidad y la fantasía. Los oficios que desempeña el niño en la primera parte son reales en principio, pero nos descolocan con una práctica inesperada. También los topónimos que señalan la ruta de las andanzas en la segunda y tercera parte lo son, pero acogen situaciones del todo descabelladas y personajes nada comunes.

No todo es delicado y entrañable en el caminar del protagonista. La inocencia de sus impresiones contrasta fuertemente con la dura violencia de muchas escenas en las que el autor encuentra espacio para el sarcasmo. La crudeza de la muerte, la actitud de personajes como Don Zana, la asunción de costumbres no siempre respetables; cada experiencia encuentra su lugar en el microcosmos del protagonista. Un microcosmos sensorial pues todo impacta y es estímulo para quien está descubriendo y aprendiendo. Si participa en este juego de niños, el lector se descubrirá quizá aturdido de luces, colores y sonidos. Para terminar reconociendo, como Alfanhuí, que «no hubiera sabido decir si en sus ojos había una tenebrosa soledad y en sus oídos un insondable silencio, porque aquella música y aquellos colores venían de la otra partes, de donde no viene nunca el conocimiento de las cosas».

De algún modo, el propio autor emprende, con esta primera novela, su marcha por la senda de la gran literatura. Sabe que no puede hacerlo sino tras las huellas de los maestros que le han precedido. Por ello, hay quienes aprecian reminiscencias de la novela picaresca, de Delibes, Cela y ¿también de su propio padre? Ciertas o no estas referencias, este relato no tiene precedentes en nuestra literatura pues Sánchez Ferlosio pone sus propias reglas del juego.

Con frases breves, párrafos cortos, metáforas insólitas y un lenguaje cuidado que describe realidades inalcanzables, así construye su prosa a ritmo de poesía. Tras la portada de la primera edición con dibujo del propio autor, despuntaba ya el oficio de este artesano de las palabras que pronto sería reconocido por infinidad de premios. Todo empezó con Alfanhuí, desde el mirar puro del niño, pues solo «si tu ojo es limpio, todo tu cuerpo será luminoso».