Fundado en 1910

Cubierta de 'Celia en la Revolución'Renacimiento

‘Celia en la Revolución’, la mirada circunspecta de una niña en la guerra civil española

La novela nos ofrece la mirada fresca de una chica que intenta sobrevivir al hambre y a la desazón bajo las bombas, al tiempo que se afana en comprender por qué el país ha llegado a ese nivel de degradación

Hay ciertos escritores que consiguen captar de tal manera la atención de los lectores, ganarse su fervor libro tras libro, que acaban por convertirse en algo así como un miembro más de la familia. Es el caso de la madrileña Elena Fortún, seudónimo de María de la Encarnación Gertrudis Jacoba Aragoneses y de Urquijo (1886-1952), exitosa creadora del personaje Celia, al que dedicó una generosa colección de títulos, el primero de los cuales, Celia, lo que dice, fue publicado en un lejano 1929.

Renacimiento (2025). 344 páginas

Celia en la Revolución

Elena Fortún

Estos libros infantiles y juveniles que conquistaron durante décadas las bibliotecas familiares recogen el mundo personal de Celia, una niña inteligente y curiosa que va colando entre sus observaciones una sutil crítica a la sociedad de su época.

Pero esa niña fue creciendo y, ya como adolescente, le pilló la guerra civil (1936-1939), época en la que está ambientada la novela Celia en la Revolución, que se desmarca de los títulos anteriores (Celia en el colegio, Celia y sus amigos, Celia novelista…) por ser una obra póstuma y por llevarnos de la mano en un mundo hostil, cargado de violencia, muerte e injusticia.

La introducción a la tercera edición (y definitiva) de Celia en la Revolución (Renacimiento, 2025) incluye una introducción de María Jesús Fraga y una nota de la otra coeditora, Inmaculada García Carretero, que ayudan a poner en contexto cuáles fueron las vicisitudes de la escritura del libro —terminado en Buenos Aires en 1943 y publicado por primera vez por Aguilar en 1987— y también cómo fructificó esta edición moderna de Renacimiento.

En esta novela Celia debe mirar a los ojos a la muerte, envalentonada por los desmanes del conflicto bélico que dividió a España en dos. Y lo que encontramos aquí es a una quinceañera que, una vez fallecida su madre (tal como recoge Celia madrecita) y con su padre ausente, ha de hacer de mamá para sus dos hermanas pequeñas, todo ello con escasos recursos económicos en un terrible escenario bélico de «héroes, bestias y mártires» (valga mi alusión a Chaves Nogales).

Ya sea por seguridad o por estar cerca de su padre, unas veces convaleciente en un hospital y otras luchando en el frente, Celia ha de desplazarse por varias ciudades españolas: Madrid, Barcelona, Valencia, a cuál de ellas más castigada por la contienda, siempre ayudada por una suerte de ángel de la guarda que la guía, mal que bien, en el cumplimento de sus objetivos.

Narrada en primera persona, la novela nos ofrece la mirada fresca y humana de una chica, no alineada con ningún bando, que intenta sobrevivir al hambre y a la desazón bajo las bombas al tiempo que se afana en comprender por qué el país ha llegado a ese nivel de degradación. En el libro hay personajes que no dudan en tachar de buenos y malos a unos y otros (algunos cambian de bando al final), pero Celia no, ella se hace preguntas, busca la verdad y, pese a que su padre, un hombre idealista e ingenuo, es un ferviente seguidor del bando republicano, se encarga de mostrarle al lector con sensibilidad femenina y sin maniqueísmos cómo es la brutalidad de la guerra para todos, sin juzgar quiénes son los culpables y quiénes las víctimas. No en vano, la propia Elena Fortún estaba convencida —así lo leemos en la contraportada— de que «su testimonio no gustaría a unos ni a otros».

Hay en Celia en la Revolución bombardeos, muertes, cartillas de racionamiento, dolor, sufrimiento, pérdidas de seres queridos, exilio… Pero no todo es malo. Dentro de la mezquindad inherente a las guerras, Celia relata estampas de voluntariado, solidaridad y amistad, por no hablar de la fidelidad, ese bien preciado que con tanto esfuerzo y ardor encaran Valeriana y Guadalupe, que, además de trabajar sin desmayo en las tareas de la casa, actúan como madres amorosas de las niñas cuando la hermana mayor no está con ellas.

Incluso en la adversidad la vida de Celia está repleta de pequeños grandes momentos: sus amigas, su primigenio noviazgo con Jorge, el amor por sus hermanas, la escritura… La joven Celia es metáfora de serenidad, coraje y sensibilidad en una guerra fratricida que dejó miles de muertos.

En los últimos tiempos se ha publicado un aluvión de libros sobre la guerra civil española, pero pocos como Celia en la Revolución han sabido reflejar las cicatrices de una población que sufrió en sus propias carnes el lado oscuro de la condición humana.

Si algo bueno puede extraerse de una guerra tan atroz, es la existencia de libros como este, que nos invitan a no repetir los errores del pasado.