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Cubierta de 'Me casé por alegría'Acantilado

‘Me casé por alegría’: léxico familiar en clave cómica

Natalia Ginzburg explora el género teatral y pone a prueba su capacidad constructora de relatos por medio del diálogo

Pietro se casó por alegría; Natalia Ginzburg (1916-1991) escribe teatro por descontento. Por descontento para con el drama italiano y disgustada con la comedia que consideraba escasa y de poca calidad. Con la personalidad que le era propia, los desafortunados antecedentes teatrales de su país no la frenan a la hora de escribir la pregunta con la que introduce su primera comedia: «¿Dónde está mi sombrero?» ¿Pretendía Ginzburg coronarse al explorar la senda dramática desaprovechada por las letras italianas? No parece, o al menos no necesitaba de la fama, pues para 1965, año de la aparición de Ti ho sposato per allegria (Me casé por alegría), la autora gozaba ya de reconocimiento como articulista y narradora. Es más, ella misma confesaba avergonzarse de las palabras que abrían su comedia, reconociendo el reparo experimentado en su momento cada vez que se disponía a escribirlas. Con todo, no se rinde y asume el reto.

Traducción de Andrés Barba
Acantilado (2018). 128 páginas

Me casé por alegría

Natalia Ginzburg

¿El secreto? El léxico, siempre el léxico. «Autoengañada», escribe comedia… mientras su cabeza concibe relato. La clave está en no perder el sonoro adjetivo que la define por antonomasia, a ella y a toda su obra: familiar. Familiar es el habla de Pietro, de su madre, de Giuliana, de Vittoria y de Ginestra; familiares son también los asuntos y las situaciones, las relaciones y las discusiones. Natalia Ginzburg es familiar en sus artículos, en sus narraciones… y desde 1965 también en su teatro. Desde la primera hasta la última de sus más de doce comedias, todas llevan una misma impronta.

Ahora bien, el modo de alcanzar esta familiaridad y esta cercanía con el personaje y sus circunstancias no es el mismo. Experta en el manejo de los hilos con los que construía la psicología de los protagonistas de sus relatos, la maga de las letras italianas cuenta con el léxico… pero ahora es palabra dialogada. He aquí el reto de contar al personaje, pero no por lo que el autor dice sino dejando que este diga de sí mismo. Imposible siquiera recurrir a acotaciones que ubiquen en el contexto o pauten el avance de los sucesos. Las aclaraciones entre paréntesis aparecen tarde (casi al término del primer acto) y son arbitrarias y poco útiles, incluso desconcertantes. Solo queda, por lo tanto, escuchar a los personajes.

Pietro y Giuliana se conocieron hace un mes y se casaron hace una semana. Las excentricidades adornan su nuevo hogar matrimonial. A las paredes asoman sus ideas y vicios, del techo se descuelgan los porqués, en el aire se respira el sinsentido atravesado, de cuando en cuando, por una pesada verdad o una cruda afirmación. Las interrupciones de la criada Vittoria y la visita de la madre y la hermana de Pietro afilan los temas señeros de la comedia y llevan la trama a su clímax. Como es habitual en los escritos de Ginzburg, la voz femenina resuena con fuerza mayor y conforma un modelo para posteriores escritoras.

Discuten en torno a sombreros, funerales, conocidos, berenjenas, pollos… ¿qué les pondrán de cenar a sus invitadas? El menú se impone por sí solo: una reflexión –cómica pero acertada– sobre el matrimonio. Entre preguntas que con frecuencia no llevan a ninguna parte y respuestas que algunas veces contestan a lo demandado, se asoman las (no siempre coherentes) convenciones matrimoniales, los (poco justos) prejuicios sociales y religiosos.

Si consideramos lo que afirmaba la autora –nuestro estado de ánimo al crear condiciona extremadamente aquello que escribimos– llegamos a la conclusión de que el buen humor no estaba ausente en la mente de Ginzburg. Controla el absurdo, que sabe dosificar y manejar con la sencillez que le es propia, con toques que recuerdan a Jardiel Poncela. La autora de Léxico familiar, maestra del lenguaje y del término preciso, sabe también desvestir las palabras de su sentido para desmontar las certezas.

Un final tan absurdo como el inicio. Por alegría, por dinero, por lástima o por la Iglesia, el matrimonio es puesto en cuestión sin atender a respuestas conclusivas, aunque sí con preguntas acuciantes. Pero Natalia Ginzburg sale vencedora. Vence contra lo que incluso ella había previsto al aceptar el reto provocativo de una revista animando a los escritores del momento a escribir comedias. Vence con una pieza que, ajustada a las premisas teatrales, conserva la misma matriz literaria y el indudable tono familiar de su obra narrativa.