Océano
Navegar para vivir: 'Pequeña filosofía del océano'
Soltar amarras para adentrarse en los océanos de la vida navegando las aguas de la filosofía
Termina el verano. Tiempo de descanso y, normalmente, de adentrarse en al mar o en el océano. Aguas que invitan a desconectar, dicen algunos. Otros, como Claude Obadia o como los antiguos griegos, prefieren ver en esas aguas una invitación a contemplar. Y es que esta Pequeña filosofía del océano no relega el gran azul a un período en el año, sino que defiende la tesis de que el mar es escuela de vida y, por tanto, de la experiencia más cotidiana del ser humano.
Siruela (2025). 160 páginas
Pequeña filosofía del océano
Navegante y filósofo, el autor aúna ya desde el título sus dos pasiones, como dos líneas maestras para comprender la vida. Y es que, tanto navegar como filosofar, no son actividades añadidas al vivir, sino su descripción más metafórica y elocuente. Bien lo sabían los antiguos griegos, quizá porque fueron grandes marineros a la par que padres de la filosofía. En las obras clásicas y en el pensamiento antiguo aprendemos que el ejercicio de la filosofía consiste en pensar la propia vida y, por ello, conlleva una dedicación plena y auténtica. No nos abstrae de la realidad sino que, suscitando la reflexión, nos implica por completo en la tarea vital.
Algo similar sucede con navegar. Así trata de probarlo este profesor de París. Obadia no defraudará a los del gremio marinero. Conocedor de lo que supone soltar amarras, relata, ya en primera o tercera persona, anécdotas trepidantes dignas de una película de aventuras. Abundan, por lo tanto, los tecnicismos de la navegación, recogidos y definidos en un pequeño glosario final. Ahora bien, pese a la vehemencia de sus narraciones su objetivo no es simplemente entretener. El detalle con el que describe los incidentes a los que se enfrentan aquellos que se lanzan a las aguas busca ser metáfora de las adversidades que encaran quienes se toman en serio la vida. De ahí la máxima griega que marca el ritmo de la reflexión de Obadia: «están los vivos, están los muertos y están los que surcan los mares».
Detrás de cada relato es fácil que el lector intuya escenas de la vida real que, como tormentas familiares, asolan nuestra nave. El kairós griego acude entonces en ayuda de los marineros y nos ilumina a los que vivimos a la hora de hallar respuestas adecuadas en los momentos precisos. Respuestas que requieren muchas veces del obrar solidario que oportunamente sabe olvidarse de sí para darse al otro. Y es que amar es precisamente la mayor de las aventuras, por ser la que requiere de un mayor compromiso.
La disposición del marinero a salir al paso de cualquier imprevisto ejemplifica la postura de cualquier ser humano que habrá de ejercitar la fortaleza para sobrevenir las pruebas cotidianas. Como la persistencia de las olas golpeando a los barcos, así también el alma del hombre va comprendiendo lo más crucial en la mejor de las escuelas. El navegante, en su soledad, descubre el valor de la verdadera compañía, y al verse al borde de la muerte, no podrá negar el gran precio de la vida. El riesgo y el miedo son sus compañeros de navegación lo que es una invitación a aprender a desprenderse de las falsas seguridades del moderno mundo consumista. El viaje, y más el viaje por mar, son sin duda una imagen muy recurrente para explicar el itinerario de nuestra existencia. Las reflexiones y ejemplos de Obadia la enriquecen y superan con creces.
Breve, pero de profundo mensaje, el ensayo de este filósofo navegante es sumamente rompedor en una sociedad cada vez menos dispuesta a asumir incertidumbres y correr riesgos. El azul que inspiraba a los griegos las intenciones más verdaderas y les incitaba a lanzarse sin mirar atrás es hoy signo de una desconexión y descanso… pero muchas veces de la propia vida, consecuencia del miedo a dejarse zarandear por las olas del mar. Certero e incisivo, ejemplificador y muy claro, este elogio al océano y a la navegación es precisamente el impulso que necesita una sociedad que, en muchos casos, hace tiempo que dejó el barco amarrado en el puerto.
Al concluir el libro, dos posturas se le pueden presentar al lector. Amedrentado por lo trepidante del mundo marino descubrirá, quizá, reticencias a salir a la mar y correr el riesgo de pensar… y vivir. O bien, imbuido en el espíritu de los griegos y cautivado por la filosofía del océano, deseará ser parte de aquellos que «surcan los mares» y navegan la vida.