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Cubierta de 'Hambre de patria'Arzalia

'Hambre de patria': el exilio republicano que renunció a la Guerra

Un ensayo brillante que refuta una desenfocada memoria histórica a partir de los testimonios de una diáspora portadora de una «patria portátil»

Un insigne constitucionalista aludió a «un invento y hazaña españoles que, enseguida, admiraron los observadores extranjeros y hace poco comenzó a interesar a los especialistas españoles y al pueblo español». Mucho ha llovido desde aquella referencia de Pablo Lucas Verdú a la «singularidad» del proceso constituyente de mediados de los años setenta del pasado siglo. La transición democrática «de la ley a la ley a través de la ley» ha sido un objeto de atención muy baqueteado desde entonces sin que, habitualmente, los nuevos datos hayan justificado la revisión de las interpretaciones o las nuevas interpretaciones se sostengan en la aportación sustancial de nuevos datos. Los estudios sobre la controvertida memoria histórica, que arrancaron con un notable trabajo de Paloma Aguilar, se han abismado, por lo general, en una decepcionante espiral política.

Arzalia Ediciones (2025). 254 páginas

Hambre de patria: La idea de España en el exilio republicano

Juan Francisco Fuentes

No es el caso del libro que nos ocupa. Juan Francisco Fuentes, historiador de fuste y biógrafo de excepción de Adolfo Suárez, ya se había internado en un meritorio trabajo sobre la evolución del término «transición». Que se constatara que la reforma democrática se anclaba en las bases legadas por la dictadura, no se había traducido en sistemáticos análisis sobre su condicionamiento en la desembocadura de la Monarquía Parlamentaria. Fuentes lo aborda desde una sugestiva perspectiva. Hambre de patria (la dolorida expresión corresponde a Indalecio Prieto) resulta una «versión ampliada y adaptada» de su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, pronunciado hace un año. Los cientos de notas a pie que Irene Vallejo ha descrito desperdigadas siempre por los cuadernos preparatorios han impuesto su voz. Se han alzado sobre la contingente intervención académica. Quizá el infinito pueda caber en un junco, pero, a despecho de los nuevos burócratas universitarios, el libro sigue siendo aún hijo primogénito de esa extraña raza de los historiadores, aquejados de la ictericia que causan los papeles viejos.

Fuentes plantea una atrevida tesis: «muy pocos de los principales dirigentes de la izquierda en el exilio estaban pensando en volver a la casilla de salida mediante una restauración de la República del 14 de abril, que muchos de ellos dan ya por finiquitada antes de la Guerra Civil». Muy por el contrario, y en ello reside la «incomodidad» del planteamiento, una parte no desdeñable del socialismo español renunció a su programa de máximos, tan consciente de su pecado original (haber contribuido al clima guerracivilista) como deseoso de una democracia sin excluidos. El historiador contextualiza esa modesta y testimonial (la influencia de estos exiliados en la España postfranquista fue prácticamente nula: la partida se jugaba en casa) anticipación de «la Monarquía de todos los españoles» en la reconstrucción del cainismo intelectual en nuestra Historia Contemporánea. Y los tejidos que descubre su escalpelo no resultan edificantes, sino turbios. Es así que remonta el sectarismo a las Cortes de Cádiz y al liberalismo exaltado del Trienio, cuando el famoso «trágala» no procedía precisamente de los absolutistas y el jacobino Romero Alpuente reclamaba la guerra civil como «un don del cielo». Fuentes se adentra en un relato donde la exclusión del contrario, el maximalismo o la ignorancia compulsiva de los innegables avances materiales del pueblo español identificaban diálogo con deleznable pasteleo político. Esa masoquista convicción en la inmarcesible tendencia autodestructiva de los españoles mostraba muchas veces expresiones paradójicas: liberales que, vencedores sobre los carlistas, refrendaban «el mito revolucionario de la guerra como gran desatascador de la historia de España»; socialistas que, ¡por simple prejuicio ideológico!, reconocían el progreso en las condiciones de vida de los españoles en la Restauración; y, sobre todo, la nefasta responsabilidad de los «intelectuales» en el «culto a la guerra como revulsivo», al que colaboró paladinamente don Miguel de Unamuno.

Esa fanática obcecación, según Fuentes, se demuestra en la fallida primera experiencia democrática española. Frente a «una concepción un tanto naif, y sin embargo muy extendida en la historiografía actual, del régimen republicano», el historiador rescata abominables intervenciones parlamentarias de líderes izquierdistas deplorando «abrazos de Vergara» o «pactos de El Pardo» como inadmisibles cesiones «ante el enemigo irreconciliable». En este sentido, el fracaso de la Revolución de octubre de 1934, lejos de corregir la deriva del socialismo, habría agudizado su tono apocalíptico y belicista. Patente la irrelevancia numérica del fascismo español (y la matizada renuencia a la violencia de José Antonio Primo de Rivera), la derecha se mostraría más reacia a una guerra civil cuyo resultado creía más favorable a sus adversarios.

Lo sorprendente en Hambre de patria es la constatación de un temprano llamamiento entre la diáspora republicana al «asenso común» entre españoles que, más que prefigurar, vino a coincidir con el posterior «lenguaje político creado por la Transición democrática». Fuentes, que huye de los «cuentos de hadas», no osa presentar como inesperados y tardíos apropiadores de discursos ajenos (de izquierda, por supuesto) a los reformistas franquistas de la primera fase de la Transición, como sí hizo un ya desaparecido politólogo en un libro premiado. Tiene la virtud, además, de reivindicar como fuente historiográfica privilegiada los epistolarios personales, valiosos por su autenticidad subjetiva y como preciso testimonio de un momento histórico.

Con pulcra determinación profesional, Fuentes consigue que los hechos hablen casi por sí mismos y por sí solos. Sin duda Azaña, pero también Largo Caballero, Prieto, Llopis o Tagüeña desfilan por estas páginas portadores de una «patria portátil» que han desembarazado de pasados sectarismos. La particular elegancia del autor acude, una vez más, a las palabras de Azaña para rechazar una «memoria putrefacta» sin soslayar quizá el rumbo de una investigación futura: el vigente «proceso desnacionalizador» de España que no puede achacarse, ni mucho menos, a la izquierda desterrada tras la Guerra.