Cubierta de 'Daniel Deronda'
'Daniel Deronda' o cómo combatir el antisemitismo
La grandísima novela de George Eliot narra el viaje que emprende un hombre bueno en busca de sus orígenes
No solo es una buena –buenísima– noticia literaria contar con una nueva y cuidada edición de Daniel Deronda; también podría decirse que es más necesaria que nunca su relectura en el presente, en que el lirismo de George Eliot puede tal vez servir para sacar a los maltrechos judíos de su ostracismo.

traducido por Catalina Martínez Muñoz
Alba (2025). 960 páginas
Daniel Deronda
En realidad, el judío siempre ha estado con la navaja pendiendo sobre su cabeza. Lo que difícilmente resultaba previsible es que las amenazas no menguaran ni siquiera bien entrado el siglo XXI, tras el Holocausto, y que la defensa de los privilegios identitarios, que copa el discurso público, pasara por alto con tanta comodidad los derechos de esta minoría a la que la historia se ha obcecado en perjudicar. A raíz de los atentados de Hamás, ha brotado un nuevo antisemitismo, que como todo prejuicio concentra en el más inocente toda la inquina de nuestra especie.
Dicho esto, más aún que Middlemarch, Daniel Deronda es la novela más conseguida –la más perfecta– de la escritora inglesa. Conforma uno de esos inolvidables y monumentales relatos en los que se mezclan personajes, tramas, esperanzas y tragedias, del modo torrencial y maravilloso de las grandes obras del siglo XIX. Es, pues, una novela total, capaz de justificar, como Guerra y paz o La regenta, la vida de un artista.
En ella hay mucho de su autora, una escritora que hoy tildaríamos de «progre», muy culta, suficientemente audaz para mirar a sus coetáneos varones no ya cara a cara, sino de soslayo, insuflada de superioridad. Eliot puso mucho de ella misma en sus heroínas y en esta novela comparece con la blanca y altiva faz de Gwendolen Harleth: mimada y llena de complejas contradicciones, ante cuya presencia los hombres callan. Su carácter arrogante esconde, como siempre, debilidad y una enfermiza falta de autoestima.
Sería simplista, claro es, resumir con una única y poderosa frase todo aquello que Daniel Deronda contiene. Narra un viaje de descubrimiento, el que emprende el protagonista, cuyo nombre da título a la novela, y que es huérfano, para saber los orígenes de su estirpe. A tal fin bucea en personajes misteriosos, culturas pretéritas, desarmando prejuicios y transformando simpatías. Es, también, una historia de amor y desamor, así como de los infortunios que esperan a quien vive para sí o contrae matrimonio movido por la apariencia social o incluso la sordidez del dinero.
Deronda rescata a una bella y desharrapada judía, a punto de morir en el Támesis. Se enamora y desenamora de Gwendolen, a quien el destino ha llevado a procurarse una pareja por conveniencia. Junto a la posibilidad de saber quién es uno –pues todos luchan en estas páginas por ser fieles a sí mismos–, se relata especialmente el peso que tienen en la conciencia pública los clichés y convencionalismos y cómo estos impiden ahondar en la semejanza insondable del prójimo, sea cual sea su religión.
Se cuenta que Theodor Herzl tenía en su mesilla de noche un ejemplar de esta novela osada, casi blasfema, que, desafiando la larga tradición literaria, perfila sin desfigurar y encarnecer al judío. Lejos de presentarlo con la nariz ganchuda o el sobretodo raído, con los ojos inyectados en sangre o saboreando la codicia, nos lo revela de carne y hueso, lozano, vigoroso, con un corazón lleno de lustre, hermosura y pureza.
Lo peor del prejuicio no es su arraigo social, pues como costumbre colectiva uno puede enfrentarse a él y aún combatirlo. Lo más siniestro es que, en ocasiones, el tabú o la sospecha se aferran a nuestra conciencia y terminamos identificándonos con las opiniones establecidas, sin que nos convenzan, y se adentran en nuestra ADN. Y legamos la injusticia y la suspicacia a quienes vienen después.
En casos así no tiene sentido acabar con el recelo desde la palestra pública o los titulares de la prensa. Es menester empezar en la interioridad de cada uno, allí donde nuestro yo se desnuda y se revela tal cual es, ante sí mismo. A un desvelamiento parecido contribuye esta novela de Eliot, que paulatinamente y con detalle cuenta la manera en que la venda se cae de los ojos de sus personajes y vemos al extraño como un hermano.
Según René Girard, las novelas imitan la vida, recogiendo esa dinámica mimética en que el ser humano se ve envuelto. Pero pasaba por alto que de la mímesis no es el conflicto exclusivamente lo que puede nacer.
También los buenos impulsos y los pensamientos más audaces y revolucionarios, desde el punto de vista ético, nacen cuando deseamos emular a los nobles protagonistas de las novelas. Judío o no, Daniel Deronda es ese ser humano al que todo desearíamos parecernos. Que sea, desde que lo esculpió Eliot, encarnación eterna lo más elevado a lo que aspiramos es mérito de la sensibilidad estética y moral de esa inolvidable escritora.