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Rubén Darío en 1898Wikipedia

Esperanza y vida llenan los cantos más íntimos de Rubén Darío

El poemario con el que el príncipe de las letras castellanas mantuvo viva la llama del Modernismo

Tras el verso azul y la canción profana, entona Rubén Darío sus Cantos de vida y esperanza. Corre el año 1905 y España reluce ya con los encantos modernistas que el nicaragüense importó desde París. No ha sido labor sencilla la de plantar la semilla del nuevo lenguaje poético en una tierra muy aferrada al objetivismo cada vez más determinista de las novelas realistas. En 1892, año en el que pisó por primera vez la capital española, escriben todavía Galdós y Clarín. Su prosa nada tiene que ver con los nuevos lenguajes artísticos del autor de Azul... Mientras aquellos se han instaurado como cabeza del Realismo, el diplomático de Nicaragua habla de un nuevo movimiento artístico al que llama Modernismo. «El Modernismo no es otra cosa que el verso y la prosa castellanos pasados por el fino tamiz del buen verso y de la buena prosa franceses». Semejante declaración no fue acogida como una gran genialidad desde el inicio. Sus atrevidas palabras hirieron a muchos que, acomodados en un lenguaje ya superado, no concebían otros modos de crear. No tardaron en salirle detractores que lo tildaban de «modernista» con tono de desprecio. El desdén se manifiesta en las palabras del autor de La Regenta que considera las propuestas de Darío una amenaza para el idioma castellano: «No tiene en la cabeza más que una indigestión cerebral de lecturas francesas y el prurito de imitar en español ciertos desvaríos de los poetas franceses de tercer orden».

Edición de José Carlos Rovira. Alianza (2023). 280 páginas

Cantos de vida y esperanza

Rubén Darío

Pero no todo fue rechazo. Hubo quienes, con admiración, dieron calurosa acogida a estas nuevas formas poéticas hasta el punto de hacerlas suyas y de abrir camino a la literatura modernista también en la península. Valle-Inclán, Jacinto Benavente, Antonio Machado y, como no, Juan Ramón Jiménez. Gracias a este último precisamente, se editaron los cantos que tenemos entre manos. Darío y su poesía ya florecen en España. Salvadas las dificultades para su introducción, el autor, sin perder un ápice en calidad del nuevo estilo poético, se permite un respiro. Un modernismo superado cede la palabra al intimismo y al canto sincero. Y serán «vida, luz y verdad» las que produzcan «la interior llama infinita».

Vida. La vida del «príncipe de las letras castellanas» estuvo siempre impregnada de aromas hispanos. Por lejanos que fueran los destinos de este diplomático nicaragüense, por novedosas que fueran las tendencias artísticas con las que tuvo contacto en París, siempre llevó el sello del compromiso con su patria natal. Estos versos, son, por tanto, un canto de alabanza a la hispanidad. La hispanidad como unión de pueblos, contra los que atenta la intromisión americana, que enfrenta en su famoso poema «A Roosevelt» al que advierte, «Tened cuidado. ¡Vive la América española!»

Luz. La luz de tintes azules de quien quiso sembrar esperanza en la vorágine de acontecimientos no siempre fáciles en el salto de siglo. Optimista, a lomos de Pegaso o en el carro de Helios. Sus versos triunfales prometen un futuro nuevo para la humanidad, para la poesía. Pues el poder de la palabra es fuerte y certera si la lírica la acompaña, «porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos lenguas de gloria».

Verdad. Una verdad sincera entonada sin miedo desde la fe. Imposible hablar hispano y prescindir de la cristiandad. Con continuas guiños a los Evangelios y bellísimas jaculatorias, el poeta no se cansa de reconocer que «por gracia de Dios, en mi conciencia, el Bien supo elegir la mejor parte». Modernista y cristiano, Rubén Darío parece, a veces, compartirnos su oración en verso.

Sería injusto pensar que hay con lo anterior ruptura absoluta en los poemas de Rubén Darío. El poeta no rechaza la literatura precedente. La tradición tiene en su poesía un lugar preferente y marca, de hecho, el ritmo de sus composiciones. Marchan Quijote y Sancho, nombra a Cyrano, dedica un poema a Leonardo, y en sus versos caben decenas de personajes clásicos. Por nuevo que sea su lenguaje, él se sabe heredero.

Como uno de esos cisnes que tanto gustaban al poeta, parece recogerse él para escribir sus poemas más bellos, por lo profundos y sinceros. En los abismos de su alma modernista no podía faltar, con todo, un matiz de melancolía. Enfilando el final de su carrera, así como el cisne vislumbra su muerte, la humanidad asoma a los labios de los poetas. Darío enfila la senda de «Thanatos» y, mirando «Allá lejos» arriba a «Lo fatal». El rumbo del poeta es incierto. La vida y la esperanza no pueden ocultar algo tan humano como el «no saber adónde vamos, ni de dónde venimos».