Cubierta de 'Tabby'
‘Tabby, no eres ninguna perdedora’: retrato de la cultura y la barbarie de la América profunda
Sarah Mian retrata en su primera novela a los Saint, una familia desestructurada de la América profunda que prefiere el caos a la mentira de la corrección
Hay un fenómeno que gira en torno a la literatura y la vida real que no está lo suficientemente estudiado. Me refiero a ese hechizo que sentimos por los personajes literarios de mala nota, erráticos y alienados, capaces de imantarnos a las páginas del libro que habitan pese a que en la vida cotidiana los evitaríamos a toda costa.
traducción de Julia Viejo. Blackie Books (2025). 288 páginas
Tabby, no eres ninguna perdedora
¿Por qué tantas personas que se rigen por conductas disciplinadas, enemigas del conflicto y reacias a los malos hábitos, se sienten tan a gusto leyendo acerca de las miserias de irredentos perdedores? ¿Acaso no constituyen legión los admiradores de Fante, Carver, Selby o Bukowski que son personas de bien, alérgicos a la bebida, las drogas, la violencia o la inestabilidad laboral? ¿Por qué desde el confort de nuestro sofá burgués encontramos cierta belleza artística en el retrato de tantos antihéroes trágicos que huelen a tabaco y a alcohol de garrafa, que no solo no hacen nada por corregirse, sino que incluso parecen disfrutar con la deriva existencial en la que están inmersos?
He pensado en esto mientras leía Tabby, no eres ninguna perdedora, de Sarah Mian (Blackie Books, 2025), novela que nos presenta las malandanzas de Tabby Saint, una joven que regresa al hogar, dulce hogar (que aquí es cualquier cosa menos dulce) diez años después de abandonarlo.
Los Saint no son una familia: son un inventario de heridas abiertas, y se han ganado a pulso el odio de sus convecinos de Solace River, uno de esos pueblos de la América profunda que no aparecen en los mapas. La madre es una improductiva mujer, desbordada por su destino, que vive en un tráiler, ajena a todo lo que no sea jugar a la Game Boy. El padre es un alcohólico y delincuente de poca monta (ahora en el hospital, enfermo terminal de cáncer). Y qué decir de los hijos: Poppy, prostituta y adicta al crack, ha desaparecido; el desmelenado Jackie ha dejado embarazadas a varias mujeres; Bird va en silla de ruedas tras recibir una paliza; y Tabby, la protagonista principal, ha pasado varios años en una cárcel de menores. Ella, que se había marchado siendo una adolescente para huir de los Saint –como huiríamos nosotros, los lectores, fuera de las fronteras literarias–, regresa ahora al seno de la familia, su particular Ítaca de medio pelo, con la inconsciente misión de salvarlos a ellos y de salvarse a sí misma.
Los seguidores de este género de novela nos complacemos con las circunstancias de estos personajes que viven sin filtros, en eterna decadencia, sin sopesar las consecuencias de sus actos. Somos muchos los que, por prudencia, miedo o educación, nos comportamos con cierto orden y aun así contemporizamos con quienes a priori son tan diferentes, hasta el punto de que, desde la distancia, sus circunstancias las hacemos nuestras. Esta es una de las virtudes de la literatura: universalizar la condición humana, sin divisiones, sin distinciones. No en vano, Walter Benjamin, un hombre también errático, escribió que «no hay documento de cultura que no lo sea también de barbarie».
Los personajes de Sarah Mian, en fin, son unos perdedores, pero son nuestros perdedores, quizá más atractivos y adictivos que aquellos que, al igual que nosotros, viven con el freno de mano puesto. Y, aunque marginales, o quizá gracias a ello, pueden arrancarnos alguna que otra sonrisa. No en vano, esta novela quedó finalista del Stephen Leacock, uno de los premios –así reza una nota introductoria– «más prestigiosos dedicados a la literatura humorística».
Escribió Albert Camus: «En lo más hondo del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible». Tal vez –lo diré ya– leemos y disfrutamos libros como Tabby, no eres ninguna perdedora porque nos resulta más cómodo buscar lo más hondo del invierno en la piel de los demás cuando tratamos de hallar nuestro verano invencible.
Y, además, qué demonios, siempre nos quedará el consuelo de saber que basta cerrar el libro para protegernos de la decadente pureza, casi animal, de estos personajes tan auténticos como indecorosos y regresar a nuestra zona de confort, menos seductora y narrativa, pero, a fin de cuentas, más vivible.