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Cubierta de 'Los amores paralelos'

Cubierta de 'Los amores paralelos'Planeta

'Los amores paralelos': una emocionante historia de conflictos entre la lealtad familiar y la pasión romántica

La novela de Uceda nos traslada a los convulsos años de la Segunda República para hacernos testigos de una historia inolvidable de lucha, amor y lealtad

Hay pocas situaciones más dolorosas que verse obligado a elegir entre dos amores. Y cuando estos dos amores son, por un lado, tu familia y, por otro, el hombre de tu vida, la cosa se complica aún más… Mayte Uceda nos regala una historia que ahonda en este conflicto: la protagonista, Selina, alejada desde hace décadas de su tierra y de su núcleo familiar debido a un conflicto insuperable, es llamada por su hermana Estefanía tras sesenta años sin verse. Su sobrina Cecilia será oyente y testigo de la historia de las hermanas, de las razones de su separación y de los sucesos acaecidos durante la Revolución de Asturias de 1934. Al mismo tiempo que la sobrina de Selina, el lector navega por los recuerdos de sus años de juventud y, especialmente, por sus respectivas historias de amor, esos amores paralelos a los que se refiere el título, aunque, una vez que nos internamos en la trama, descubrimos que no describe solo el amor romántico, sino también el que construye lazos entre la familia, los amigos y los compañeros unidos por la desgracia.

Cubierta de 'Los amores paralelos'

Planeta (2026). 540 páginas

Los amores paralelos

Mayte Uceda

Selina atraviesa las páginas de su historia atormentada y, a la vez, impulsada por el conflicto que le genera tener que decidir entre el amor a su familia –burgueses de una Oviedo luminosa y feliz, religiosos, cumplidores de las tradiciones y absortos en su vida tranquila y conservadora– y el amor a Antón, un minero arrastrado por la revolución obrera, muy diferente al hombre elegido por su hermana mayor, un guardia civil. Sus esfuerzos por hacerse valer en una familia que, de alguna forma, siempre la ha infravalorado, sin querer alejarse de ellos, pero sin renunciar tampoco al amor romántico, dan potencia al motor principal que mueve la trama. Pero quizá lo más interesante sea descubrir, junto a la propia Selina, que solo tomando decisiones firmes se puede avanzar en la vida y que esto, por desgracia, suele implicar sacrificios.

Los capítulos, cortos y de ritmo ágil, alternan entre dos escenarios geográficos y emocionales: el mundo provinciano y, en principio, ordenado de Selina y el mundo rural, hostil y áspero de la cuenca minera donde habita Antón. Esta Asturias de la preguerra, reflejada en sus dos vertientes, actúa como un personaje más, que une y que separa, y que simboliza no solo la tierra donde viven los protagonistas, sino también la diferencia de clases, la lucha, la identidad y la esperanza de un futuro mejor.

El estilo narrativo es claro, sencillo y fluido, y funciona junto a una excelente documentación histórica que refleja con precisión la llegada de la Segunda República y la revolución de octubre de 1934. Así, lo que podría quedarse en un ejercicio sencillo de novela histórica con claros rasgos de romance trasciende a una obra compleja –que no complicada de leer– en la que los personajes principales se mueven con fluidez de la dicha a la desesperación, de la calma a la tragedia, del miedo a la esperanza. Los secundarios redondean el conjunto y le confieren cohesión y color, aunque quizá su arco narrativo resulte algo flojo.

Uceda nos acompaña por los vericuetos de lo que ocurre al sentirnos divididos entre el amor y la lealtad, entre la pasión y el deber, aunque en ciertos casos –pocos– logremos que ambos extremos no sean algo tan distinto o, al menos, definitivamente excluyentes. Los esfuerzos de la protagonista en este sentido dotan a las 540 páginas de un vaivén emocional que nos arrastra hasta un final agridulce, en el que Selina parece haber conseguido cumplir con todos sus afectos, aunque no de forma fácil ni, desde luego, antes de convertirse en una anciana. La vida nos enseña –y no solo cuando la revolución y los conflictos sociales y familiares nos golpean– que tomar una decisión significa renunciar a otra cosa. Luchar por lo que queremos nos obliga a apartar lo que nos ataba, aunque la complejidad de los lazos afectivos y la fuerza de los recuerdos no nos permitan dejarlo atrás del todo.

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