Vista del Alcázar de Madrid. Félix Castello
'Cortesanos': río, rijo, ripios
Divertimento procaz de Manuel Longares en el Madrid de los mentideros
Manuel Longares está entre los literatos españoles a los que se atribuye una voz propia. Con su mirada irónica y su verbo pulido, ha venido publicando a ritmo pausado pero constante su obra, que todavía tiene como cima la novela Romanticismo, reconocida en 2001 con el Premio de la Crítica en la modalidad de narrativa. El reflejo de una estratificación social inmutable y el ánimo de hurgar con escalpelo en los entresijos de la vida madrileña, allí presentes, los encontramos en Cortesanos. Ahora, ¿es esto también una novela? No sabe uno muy bien qué es. Digamos que artefacto literario, sin excluir la acepción explosiva.
Galaxia Gutenberg (2026). 120 páginas
Cortesanos
Hay un narrador que nos lleva y nos trae sin orden pero con concierto –musical– desde la época de los Austrias hasta el siglo veinte. En una supuesta traslación circular de la vida a la crónica palaciega y de esta al libreto de ópera bufa para volver a la vida, parece homenajearse la «chispa del recochineo» de raigambre popular. Resuenan en el texto romances y romanzas, la cuarta de Apolo, el templete del Retiro, pero sobre todo las voces de tres mentideros, el de San Felipe, el de la solana y el de mendicantes, que van poniendo el contrapunto zumbón a los hechos que ocurren, como si fueran los coros callejeros del género chico.
El núcleo central de la acción, por así llamarla, se sitúa a comienzos del XVIII, cuando dos sabios, el ilustrado francés Próspero y el español fray Natalio, la Ciencia y la Fe, son convocados al Alcázar por un monarca innominado para analizar la precariedad del Manzanares, «dislate de indigencia». Aparece así un denuesto célebre en la literatura matritense. Con sus crecidas por San Isidro, el río entrega sus dones inverosímiles –garbanzos de Fuentesaúco, gallinas en pepitoria, rosquillas de la Tía Javiera– al pueblo humilde, y eso no puede permitirlo la oligarquía gobernante. En un contexto bullanguero y procaz se desarrollan episodios disparatados en los que los diversos miembros de la escala social, del rey abajo, serán esclavos de los más bajos instintos.
Sin duda, la mencionada voz propia de Longares se caracteriza por un dominio excepcional del idioma, unido al don para la chanza. Lo demuestra la página y media en la que se marca una aliteración kilométrica: «Chúpate esa –se chotea el susodicho al chocar el papelucho en su chasis…». Como reverso, bastantes pasajes incurren en flatus vocis, la palabra suelta del brazo al concepto que la acompaña y se va sola a pasear. Ese puro paladeo fonético parece un retorno lúdico a la infancia o a ciertas vanguardias, que viene a ser lo mismo. Y lo que a veces produce en el lector admiración por el virtuosismo creativo, otras se vuelve alipori ante una prosa ripiosa a más de escandalosa: «El soberano patina, la reina desafina y la menina nos tensa la minina. ¡Una escabechina!».
Hay en Cortesanos muchos ecos. Resuenan la picaresca más salaz de La lozana andaluza, el Quevedo sátiro y el Góngora del ojo ciego, el Valle-Inclán de la caricatura y la sonoridad jocunda, el Cela carpetovetónico y testicular. Se diría que hay por añadidura un tufillo rijoso, en el fondo y en la forma, propio de ciertas películas del destape con inspiración literaria, como la rimada Visanteta, estate quieta. También encontramos en su base la novela libertina francesa del XVIII, con sus urgencias de entrepierna, y acaso el libelo difamatorio, porque en esta obra subyace una intención crítica, aunque uno se pregunta contra quién, a estas horas. ¿Está vigente la realidad esperpéntica y desaforada que retrata? No lo parece.
En conclusión, Longares nos ha ofrecido un divertimento donde lo más valioso es el despliegue lingüístico, deslumbrante a veces. Se nota que lo ha pasado muy bien escribiendo este libro: podemos imaginarlo acompañando su tecleo, ya de una media sonrisa, ya de una carcajada franca. Excesos de todo tipo aparte, un valor exigible a cualquier obra es el cumplimiento de cierto objetivo a través de la coherencia interna de medios y fines. El resultado lo juzgará por su cuenta cada lector. Este que aquí les escribe no acaba de tenerlo claro: ni entiende del todo la finalidad, ni le ve del todo la gracia, ni le entretiene del todo la peripecia, que es casi una voluta en el vacío. «¡El rey es reo de un río!» ¿Me río? ¿No me río?