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Cubierta de 'La prueba de audición'Anagrama

La enfermedad como prisma narrativo en 'La prueba de audición'

Libro que nos invita a escuchar de un modo distinto

La prueba de audición, de la cineasta, música y artista visual Eliza Barry Callahan (Nueva York, 1995), es una de esas obras que, aun siendo breves, generan un eco en la memoria. Su narradora –una joven artista neoyorquina que comparte nombre con la autora– despierta un día con un zumbido profundo en el oído y, de manera casi brutal, es empujada a una nueva realidad sensorial marcada por la incertidumbre: el diagnóstico de sordera súbita. Esta premisa, aparentemente sencilla, sirve como punto de partida para un año de registro minucioso, observación alterada y replanteamiento de la propia identidad. Callahan convierte la enfermedad en un prisma: a través de él refracta la percepción, el yo, la memoria, la vida creativa y los vínculos humanos.

Traducción de Rita da Costa. Anagrama (2025). 176 páginas

La prueba de audición

Eliza Barry Callahan

Uno de los aspectos más notables de la novela, finalista del Premio Young Lions de la Biblioteca Pública de Nueva York, es la manera en que adopta el tono de un diario sin caer en la trampa de lo meramente episódico. Cada escena, cada conversación referida en discurso indirecto, cada encuentro con médicos, amigos o desconocidos construye la extraña atmósfera en que la vida cotidiana, de repente, se vuelve ligeramente desacoplada cuando algo esencial –como la audición– cambia de forma abrupta. Callahan captura con precisión este descentramiento sin recurrir al dramatismo, sino a través de un tono frío, casi clínico, que paradójicamente aumenta la carga emocional del texto.

La prosa de Callahan destaca por su cualidad sinestésica: los sonidos se vuelven imágenes, las imágenes reverberan como ecos y la experiencia del silencio migra entre lo conceptual, lo físico y lo emocional. La forma en que la narradora escucha el mundo en su deterioro –el latido amplificado del corazón, el golpe de los párpados, la conciencia de la vibración como sustituto del sonido– no está presentada como un mero detalle sensorial, sino como una transformación ontológica. Al perder la audición, Eliza adquiere una nueva forma de presencia: está más cerca de sí y, al mismo tiempo, más lejos de la versión anterior de sí misma.

Callahan no romantiza la enfermedad ni la convierte en pretexto de revelaciones luminosas. La narradora atraviesa un espectro de emociones que va desde el miedo y la ira amortiguada hasta el tedio y la desconexión, y la autora las presenta sin dramatismos, sin necesidad de convertirlas en epifanías. En este sentido, La prueba de audición comparte cierta afinidad con la obra de Rachel Cusk (A contraluz): una voz central que narra desde la observación hiperaguda más que desde la expresividad. No es casual que parte de la vida emocional de la protagonista se revele a través de lo que observa en otros y no de lo que declara de sí misma.

Las coincidencias y repeticiones que marcan el año de la narradora funcionan como una forma de composición musical, algo que Callahan articula explícitamente. El libro está dividido en cuatro partes, como una sinfonía austera, y ese diseño formal ayuda a sostener el aparente desorden de pensamientos y escenas. La estructura es sutil pero firme: cada fragmento añade una variación, un motivo, una resonancia. El silencio reaparece como idea y como forma; igual ocurre con los dobles, las réplicas, la noción de estar fuera de uno mismo o de verse viviendo desde una perspectiva ligeramente desplazada.

Otro hilo conductor esencial es la relación de la protagonista con el arte. A través de referencias a películas, pinturas, teorías filosóficas, piezas musicales o anécdotas transmitidas por terceros –John Cage, Ingrid Bergman, Robert Walser– crea una constelación cultural que sirve tanto de refugio como de forma de interpretación del mundo. Pero lo más intrigante es cómo la narradora no se apropia de estas referencias como explicaciones, sino como superficies donde proyectar su desconcierto. Las anécdotas ajenas, los datos sobre artistas sensorialmente limitados, los relatos de otros pacientes: todo se vuelve una suerte de espejo opaco que permite a Eliza examinar su propia fractura sin tocarla directamente.

En medio de estas reflexiones emerge un retrato devastador del poder psicológico que tuvo un exnovio sobre la narradora. Callahan lo presenta con una sutileza inquietante: sin escenas melodramáticas, sin grandes confesiones, solo a través de gestos, silencios y comentarios que revelan cómo alguien puede erosionar a otro con pequeñas corrosiones constantes. El paralelismo entre esta relación tóxica y la enfermedad auditiva no es explícito, pero funciona como una metáfora estructural: ambos procesos minan la percepción, desestabilizan la identidad y obligan a reconstruirse desde una ausencia.

La prueba de audición convierte la enfermedad en una pregunta abierta. El desenlace, en el que la audición entra en remisión, no clausura nada; si acaso, amplifica la idea central de que la percepción es un tejido incompleto, frágil, lleno de malinterpretaciones, y sugiere así que nuestras equivocaciones –sensoriales, afectivas, interpretativas– podrían ser la materia más genuina de la experiencia humana. La novela es una meditación sobre la vulnerabilidad física y la vulnerabilidad emocional que rehúye soluciones fáciles. Eliza Barry Callahan debuta con una voz singular: silenciosa, sí, pero de un silencio lleno de tensión y reverberación. La prueba de audición, una novela que nos invita a escuchar de un modo distinto.