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Retrato de Samuel Taylor ColeridgeWikimedia Commons

'Kubla Khan' o el poder creador de los sueños

Un poemario sediento de absoluto que radiografía el alma del romántico

«Una visión en un sueño». Este es el subtítulo que acompaña al más conocido de los poemas de Coleridge: el Kubla Khan. Aunque las ediciones suelen escoger este como portada de todo el conjunto, lo cierto es que cualquiera de los poemas parece estar impregnado de la misma visión somnolienta.

Alianza (2009). 232 páginas

Kubla Khan y otros poemas

S. T. Coleridge

La presente edición bilingüe edita los poemas conforme al texto de Poetical Works. El poemario salió a la luz en 1834. Su disposición interna responde al orden óptimo para el poeta inglés: el cronológico. El poeta, que se vive en los versos que escribe, parece ir redactando su biografía lírica a golpe de poema. Es así como, en palabras de Coleridge, podemos «observar el progreso, la madurez e incluso la decadencia del genio».

Contado entre los poetas lakistas, Samuel Taylor Coleridge (1772-1834) es la viva imagen del Romanticismo británico. Poeta y vividor a partes iguales (en caso de que ambos atributos puedan disociarse en el hombre romántico). Vividor por amante de la vida y por apasionado buscador de las experiencias últimas. Si esta búsqueda fue o no fructífera lo sabremos atendiendo a su vida, o leyéndola en sus versos.

La lectura nos revela no pocas contradicciones, expresadas líricamente por medio de un juego de antítesis que se concatenan a lo largo de todo el poemario. El propio estado alterno de sueño y vigilia en el que el autor parece escribir la mayoría de sus composiciones resulta en sí mismo confuso. ¿Es realidad o imaginación? ¿Vela o duerme? Poco parece importarle, mientras el telón de fondo sea la Belleza. Una Belleza tan mayúscula como inalcanzable. Parece concretada en la sutileza de sus descripciones y de pronto se escapa de la pluma del poeta. Difícil apresarla. Se corre el riesgo de ahogarla, como el albatros asesinado por la impaciencia del anciano marinero. O bien, se incurre en el atrevimiento del genio que, al final del Kubla Khan, parece haber «bebido la leche del Paraíso» por osar acercarse a aquello que solo a lo divino está reservado.

La tensión hacia lo Absoluto es la nota pedal de su obra. El tono eufórico, a veces incluso épico, parece que nos incita a cabalgar detrás de un ideal de Belleza que resulta más vívido cuando soñamos. La quietud del sueño activa el dinamismo poético. He aquí otra de las grandes paradojas. La inspiración, tema omnipresente en las obras de los poetas románticos, es escurridiza y, generalmente, enemiga de la vigilia y de las interrupciones, siempre inoportunas. ¿Inoportunas? Quizá inoportunamente acertadas. En el cénit de la descripción del palacio de cuevas de hielo que ha mandado construir el Khan Kubla en Xanadú… alguien rompe el hechizo inspirador. ¿Sería acaso aceptable que la palabra humana, aun poética, lograra encorsetar tan sublime visión en unos sencillos versos? Parece que la única manera de retomar el proceso creador será el recuerdo de un hermoso canto. El poder evocador de la música es inconmensurable. Lamenta el poeta no lograr traer a su imaginación la armonía de la tonada abisinia que, como banda sonora, es capaz de hacer brotar imágenes bellísimas una vez alcanza sus oídos y toma cuerpo en versos.

Tales imágenes y semejante belleza también las insinúa la naturaleza. Difícil definir su quietud sin su violencia, su belleza envuelta en misterio. Ella encarna la contradicción que tanto atrae a los poetas y que también aflora en sus metros. Aunque las contempla con detenimiento, Coleridge es consciente de que las formas externas no pueden ofrecerle «la pasión y la vida, cuyas fuentes están en el interior». En el corazón de estos paisajes, dignos de un cuadro de Constable, se halla algo más tenue pero sumamente intenso de donde brota la vida, de la que nace su poesía.

Y donde no llega la pluma de uno o la inspiración del otro no alcanza, allí acude la voz del compañero de sueños. Sumidos en un mismo letargo creador, entre los poetas románticos se palpa cierta comunión. Bertram o Wordsworth supieron dar con la imagen o el ritmo acertados para que Coleridge pudiera rematar este o aquel metro. Agradecido, se lo reconoce anotando con afecto aquellos versos que no son totalmente suyos.

Soñar eternamente o vivir despierto en el sueño parece ser la solución para imaginar sin límites y contemplar ilimitadamente las realidades más bellas: «¡Déjame despierto, mi Dios! O déjame dormir por siempre!» Pues, ¿acaso lo perfecto es alcanzable? El epitafio que Coleridge hizo grabar sobre su tumba revela el anhelo de un alma fatigada de buscar sin hallar y deseosa de encontrar, por fin, «aquí vida en la muerte».