Fundado en 1910

Artilleros italianos del bando sublevado disparando un cañón en la batalla de Guadalajara

Un final de la Guerra a medida de la paz de los vencedores

Un sólido trabajo de archivo revisa el final de la Guerra Civil española y cuestiona la idea de un desenlace improvisado, subrayando el peso de la inteligencia y la planificación en la victoria franquista

La batalla del Ebro decidió la suerte final de la Guerra Civil española. También marcó el comienzo de una compleja operación de inteligencia para que el entramado administrativo de Franco asumiera el control de todo el territorio nacional nada más concluir el conflicto. Si a la dictadura le sucedió una transición democrática, al Frente Popular le había relevado, treinta y seis años antes, un Estado no tan «campamental» ni improvisado como se ha considerado hasta ahora.

Crítica (2026). 378 páginas

Cómo terminó la Guerra Civil Española

Gutmaro Gómez Bravo

Este libro, basado en una documentación ingente, fundamentalmente de carácter militar y en gran parte inédita, describe la historia no contada de seis meses decisivos en los que, sorpresivamente, fueron muchos los elementos de continuidad entre dos Españas antitéticas. En medio de un escenario internacional potencialmente explosivo, las democracias decidieron reconocer a Franco y la URSS dejar caer lo que restaba de la República de Negrín, de tal modo que, en contra de la versión hasta ahora extendida, ya no se trataba de alargar agónicamente el conflicto para conectarlo con una conflagración europea. El único objetivo pasaba por «cómo, de qué forma, rendirse»; y, desde la perspectiva del Cuartel General de Burgos, cómo evitar el vacío de poder y controlar todos los resortes administrativos desde el minuto uno.

La tesis resulta sugestiva y probablemente apunte a un cambio de paradigma, poco habitual en nuestra reciente historiografía, más inclinada a los giros copernicanos que impulsan las afinidades electivas de interpretación que a la cristalina voz de los hechos. El autor, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense, desempolva un sinnúmero de material de archivo en apoyo de sus interpretaciones, si bien el relato se vuelve en ocasiones difícil de seguir. Por otro lado, se echa en falta más profundización en los personajes, caso del coronel Ungría, o el relato episódico de algunas acciones de la «quinta columna». ¿Cuál fue el papel del futuro vicepresidente Gutiérrez Mellado, por poner un ejemplo? ¿O el de los protegidos por Melchor Rodríguez, director general de Prisiones?

Gómez Bravo sitúa muy bien los dos grupos implicados en el espionaje en favor de los nacionales en la capital de España. De un lado, un Consejo Asesor, básicamente integrado por propagandistas católicos que pasaron al otro lado de las líneas la cartografía decisiva para las últimas batallas, evitaron la mediación vaticana para un improbable armisticio y aceleraron los planes de derribo de Negrín. También facilitaron el mantenimiento de servicios públicos esenciales (la electricidad, la traída de aguas o los abastos) ante el derrumbe de la Administración republicana. De otro, los elementos falangistas, en gran parte encarcelados. Aparentemente, el carácter abiertamente subversivo de los últimos les situaba en mejor disposición para «el día después», en medio de una Europa comandada por el Eje.

Sin embargo, el mejor acomodo profesional de los primeros, aun en el Madrid frentepopulista, a la larga les colocó en puntos neurálgicos para la continuidad, sin vacíos de poder, en el naciente Estado. De ahí que episodios técnicamente bien resueltos, como la sustitución de la moneda republicana, la entrada en Madrid del Ejército Nacional sin que se disparase un solo tiro, avalasen la competencia técnica de estos elementos infiltrados. Antes, a juicio del autor, habían dosificado conveniente y polémicamente el hambre de retaguardia para resquebrajar la moral de resistencia. La guerra psicológica se demostró decisiva en un contexto en el que el Ejército Popular mantenía medio millón de soldados y posiciones intactas en el Centro, Sur y Levante, así como el completo control de diez provincias y el dominio de tres grandes puertos (Almería, Alicante y Valencia) o la base naval de Cartagena. A ello sumaban la acción de un militar competente como el general Rojo, sin duda disminuido por las decisiones de los políticos y la resquebrajada moral de las unidades.

Quizá lo mejor del libro esté en la progresiva ejecución de un preciso plan para el derribo del gabinete Negrín por parte del Consejo Asesor, la dirección de las negociaciones de paz (con respaldo de Burgos) y la asunción de un Gobierno provisional a la sombra de un Consejo de Defensa liderado por uno de los escasos políticos a los que restaba autoridad moral, Besteiro, y un militar profesional, el coronel Casado. Lo crucial es que ambos habían reconocido como interlocutores a los miembros del Consejo y, sobre todo, legitimaron la atribución del poder soberano a la única magistratura no afectada del todo por la defección de los políticos y la inautenticidad de las instituciones republicanas: los militares profesionales.

De ese modo, se produjo un orillamiento de los gerifaltes falangistas en Madrid (José María Alfaro y Manuel Valdés Larrañaga), aislados entre sí por estar en prisión y representados, en consecuencia, por jóvenes bisoños y carentes de contactos. En ese sentido, sorprende tanto la inanidad, en términos políticos, de la Falange quintacolumnista (Valdés solo asiste a una reunión del Consejo el 12 de marzo de 1939) como la permeabilidad de los frentes (pocos días después se le tolera llegar a Burgos).

Esa preparación concienzuda, y desde dentro, de la entrada de las tropas franquistas y la asimilación sociopolítica y económica de la España hasta el 1 de abril republicana determinó la paradoja de un partido único, en principio monopolizado por quienes no eran partidarios de este. Fueron, efectivamente, los propagandistas quienes sentaron las bases de la política de posguerra, a despecho del relumbrón aparente que de los «azules» cantaba la prensa afín, la del Movimiento.

En los días finales de la Guerra Civil, España se adhiere discretamente al Pacto Antikomintern, las fuerzas de seguridad del nuevo Estado se integran en la Interpol del Eje y se pone en práctica (el diseño es muy anterior), con bendición vaticana, la política de redención de penas para asimilación, previo aniquilamiento ideológico, del vencido. Que la combinación de espionaje, contraespionaje y diplomacia acortó la Guerra da cuenta de la cifra de soldados republicanos rendidos: 430.000 hombres.

Estamos, en definitiva, ante un libro de extraordinaria apoyatura documental, con interpretaciones epatantes que presagian una incursión en el recurrente y politizado asunto de la represión de la posguerra. Lo determinaría que no hubo paz negociada ni armisticio, sino solo incondicional rendición de los vencidos. Una historia de espionaje que ahorró derramamiento de sangre, acortando la guerra y disponiendo una España en que no hubiera grietas.