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Cubierta de Nazarina

Cubierta de NazarenaAlfaguara

'Nazarena': culpa, poder y supervivencia

Karina Sainz Borgo nos trae una herencia entre cenizas

Dos voces, dos caminos, ¿un destino? Nazarena. Nombre que lleva la novela. Una de las voces que guía el relato, como Caronte, el barquero de las almas en la laguna Estigia. La otra es Brígida. Huérfana. Única superviviente de un incendio, con la piel cuarteada y cubierta de escamas. Devorada por las visiones. Ocho muerticas colgadas en ocho árboles. Muertas en vida.

Cubierta de Nazarina

Alfaguara. Penguin Random House (2026). 197 páginas

Nazarena

Karina Sainz Borgo

Ocho son también las mujeres que habitan la Araira. Una jaula dorada pero oxidada, donde Nazarena ocupa el séptimo lugar. Séptima, como siete son los puñales clavados en el pecho de la Virgen de los Dolores. Aquí los números no ordenan, hieren.

Nazarena pasa el día barriendo el patio. Nazarena pasa el día limpiando con queroseno. Tratando de borrar algo más que la suciedad. Como si el gesto repetido tuviese el poder de contener lo que no tiene forma. Pensamientos que no se sabe si están vivos o muertos. De la misma forma que no se sabe si viva o muerta está su madre. De quien Nazarena comió sin mesura. A dentelladas.

La Araira se levanta como una jaula. Un espacio de encierro. Un hogar en el que las mujeres no solo habitan: resisten. Se rozan con violencia contenida, se desgastan, se observan y se juzgan desde la desconfianza, la envidia y el rencor. No existe refugio alguno entre ellas, solo una malvivencia nacida de la herida. Cada una de ellas arrastra su propia desgracia, y la casa no hace sino amplificarla: Bendita atrapada en un matrimonio que la asfixia; Porcia que hila –y deshila– los destinos de sus hermanas; Leda, caída en desgracia…

Bebiendo de Rulfo, García Márquez y Lorca, la Casa de Bernarda Alba se filtra en cada estancia. Pero las palabras no se limitan a dialogar con los ecos de sus almas, los arrastra hacia un territorio oscuro, áspero… incómodo.

La prosa de Karina Sainz Borgo baila entre lo espectral y lo físico. Un componente vinculado a lo paranormal se presenta como extensión viva de lo real. Tanto es así que el lector no sabe si lo que ve Nazarena existe o nace de una mente marcada por el trauma. Y ahí reside una de las tensiones más bellas de la novela: la duda se teje y se mantiene.

Las palabras se deslizan por terrenos caribeños, con pisadas que caminan entre tradiciones literarias italianas, españolas y venezolanas. El realismo mágico no aparece como ruptura, sino como prolongación de lo real. No es una prosa complaciente. Es densa. Por momentos incómoda, y es deliberadamente insistente en su melancolía.

A pesar de su extensión –apenas doscientas páginas tras un arduo trabajo de depuración–, lejos de ser una lectura ligera: exige. No por complejidad en su estructura, ni por demanda en la atención lectora, sino por su intensidad sensorial y emocional. Es una novela que no se deja atravesar con facilidad.

Nazarena no busca agradar, ni falta que le hace. Incomoda. Remueve. Perfila un panorama que se aferra a las entrañas y no se suelta con facilidad. No se deja recorrer sin más: te empuja dentro y te obliga a permanecer, aunque ese espacio no sea cómodo en absoluto.

El nervio de la historia no radica en lo que relata, sino en cómo lo hace. En esa insistencia. En esa manera de arrastrar al lector por un territorio donde lo real y lo espectral conviven sin necesidad de explicarse. No hay concesiones, pero tampoco es que las necesite.

No ofrece descanso. Es un texto que se mete bajo la piel, que obliga a hundir las manos en la tierra y sentir las raíces. Raíces que sostienen pero que también oprimen. Cada línea arrastra, confunde, empuja hacia un terreno pantanoso donde lo que parece tangible se deshace. En ese espacio aparece el Cadillac negro, presencia insistente, casi un augurio que acompaña, pero también desorienta. No siempre se sabe si observa o si simplemente es una sombra que existe. Y ahí, precisamente, la novela se tensa y juega con el lector, deslizándose entre lo visible y lo que permanece oculto.

Paranormal, sí, pero también dolorosamente palpable. Un terreno cubierto de flores del que penden muertos a izquierda y derecha. La novela se despliega así, entre lo bello y lo putrefacto, sin permitir que el lector se acomode.

La experiencia de lectura no es de avance, sino de inmersión. No es el lector quien recorre el libro; son las palabras las que lo recorren a él.

Más que una historia, Nazarena propone una experiencia. Y es en ese viaje –denso, áspero, persistente– donde la novela encuentra su mayor acierto.

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