Iván Turguénev
`Diario de un hombre superfluo': alegato nihilista a favor de una vida mediocre
La apuesta de Turguénev por un nuevo prototipo literario que sorprende por su irrelevancia vital
¿Acaso puede un hombre superfluo convertirse en modelo de la literatura rusa? La breve novela que tenemos entre manos así lo prueba. El mérito le corresponde a Iván Turguénev (1818-1883), uno de los grandes narradores rusos posrománticos cuya pluma alcanza a perfilar caracteres tan complejos como el que protagoniza este Diario de un hombre superfluo (1850).
Prólogo de Juan Eduardo Zúñiga
Nórdica (2024). 96 páginas
Diario de un hombre superfluo
En realidad, podría decirse que la labor de Turguénev es meritoria, al menos, por partida doble. No solo dibuja con precisión la figura de una suerte de «antihéroe» de la literatura rusa, sino que, además, consigue hacer de él el protagonista de una novela y suscita la atracción de los lectores por el contenido de su diario.
«Puede que sea ridículo empezar un diario dos semanas antes de morir, ¿no?» Puede serlo, qué duda cabe. Y, sin embargo, el lector sigue leyendo, pasa la página queriendo darle una oportunidad a Chulkaturin, que acaba de recibir la noticia de que morirá pronto. La aparente indiferencia con la que el personaje recibe este mensaje del médico es un sello definitivo en el carácter de nuestro hombre superfluo.
En contra de lo convencional, el diario no es expresión de la actualidad de los días que transcurren, sino el fruto del recuerdo de su vida pasada. Recordar, volver a pasar por el corazón y la mente, las imágenes y los momentos de desidia puede ser una tarea ardua cuando uno enfrenta la muerte; muy ardua, cuando la óptica que marca el recorrido memorístico no es la de la esperanza. Es más, a medida que pasamos las páginas caemos en la cuenta de la verdadera intención de Chulkaturin al escribir este diario. No se trata de un rememorar animoso que busque arrancar retazos de felicidad que alivien los últimos días de existencia. Muy al contrario. El diario y los recuerdos en él contenidos son presentados a modo de alegato con el que justificar su muerte temprana. Al fin y al cabo, así lo cree el protagonista, en algún momento tiene que llegarnos la hora.
En este sentido, la trama en sí no es interesante o novedosa. Bien podríamos encontrar relatos semejantes en las novelas de otros autores rusos contemporáneos. La clave está en la voz narradora y en el desgarrador nihilismo con el que refiere los hechos. El lector habrá leído historias más desdichadas que la de Chulkaturin pero quizá alcance con esta una pesadumbre más profunda. Es el lenguaje del protagonista el que hunde en la mayor de las desidias, como si quisiera acompañar la muerte anunciada con el asesinato de toda esperanza en su alma. La connotación pesimista con la que carga cada palabra hace que estas se desplomen pesadas a fin de ahogar cualquier ilusión. Desdicha, infeliz, vida opaca y gris, si al menos…
El cansancio y el hastío vital se perciben incluso en la languidez con la que termina muchas de las hojas de su diario. El protagonista pierde las ganas o renuncia a ahondar en según qué situaciones y reconoce que la escritura no siempre es buen paliativo para amenizar los días.
Sorprendentemente, Chulkaturin no tarda en convertirse en modelo de muchos hombres que en la literatura rusa posterior a él vivieron con la terrible sensación de «estar de más». Fue quizá el contraste con el mundo más occidental, del que formó parte muchos años de su vida, el que permitió a Turguénev darse cuenta de esta actitud frustrada en sus hermanos del pueblo ruso.
El arte narrativo de este autor prueba que la sensibilidad y la capacidad de observación pueden convertirse en el peor de los enemigos cuando la reflexión que suscitan es autodestructiva. Al hombre superfluo no se le escapan los detalles, es más, es grande su habilidad para indagar en los secretos de las mociones humanas a partir de las manifestaciones externas, por pequeñas que estas sean. Muestra, de hecho, una llamativa delicadeza a la hora de contemplar la naturaleza y captar en ella imágenes elocuentes que son espejo del paisaje del alma humana.
Con todo, su comportamiento, en apariencia refinado, es arrebatado y se mueve, con frecuencia, por apasionamiento adolescente. Enamorado de una mujer, experimenta el vaivén de emociones, envidias y desamores que le empujan incluso a enfrentarse en duelo con un contrincante que lo «remató con su magnanimidad». Un arma inesperada y totalmente desconcertante en la lánguida existencia de un hombre superfluo que hace de sus últimas palabras un lamento nihilista fruto de una vida mediocremente vivida.