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Cubierta de 'La cabeza de Goya'Xordica

'La cabeza de Goya': la intrahistoria de la cabeza desaparecida del genial pintor

Una investigación literaria que convierte la desaparición del cráneo de Goya en un enigma donde se entrelazan la historia, el misterio y la memoria cultural

En estas mismas páginas de la sección de libros de El Debate, en mi reseña sobre El corazón revolucionario del mundo, de Francisco Serrano, disertaba yo sobre esos libros que son poco menos que indescifrables, como melones sin abrir, hasta que empiezas a leerlos. Y añadía —sin que ello fuera una crítica negativa en absoluto— que en dicha novela, si uno se dejaba llevar por la sinopsis, pensaría que estaba ante un thriller, cuando en realidad es una narración introspectiva.

Xordica (2026). 136 páginas

La cabeza de Goya

Miguel Barrero

En otros títulos no es la temática lo que puede llevarnos a confusión, sino el propio género literario al que está —o podría estar— suscrita la obra. Y me viene todo esto a la mente porque el libro sobre el que escribo hoy, La cabeza de Goya, de Miguel Barrero, es resistente a las etiquetas. De hecho, en el prólogo del autor, «Un manuscrito olvidado», donde cuenta cómo surgió la publicación, se alude a él de manera inconcreta («manuscrito», «texto», «buen libro», «documento», «archivo de texto», «borrador»), sin casarlo con ningún género literario. La contraportada parece abundar en esa línea al señalar que se trata de «una investigación literaria» que está «entre la crónica histórica y la reflexión moral».

Y yo que no iba sobre aviso, cuando comencé a leer el primer capítulo, «La tumba solitaria», pensé por error que estaba ante una novela corta.

«Es una tarde sombría del otoño de 1880 y un hombre pasea cabizbajo entre las tumbas de un cementerio. Se llama Joaquín Pereyra, es español y lleva unos cuantos años desempeñando las funciones de cónsul en Burdeos. El cementerio que recorre es el de La Chartreuse, el mayor y más antiguo de la ciudad. […]. Acostumbra a visitarlo un par de veces por semana desde que la muerte prematura de su esposa, en 1878, lo dejó viudo en la ciudad donde ninguno de los dos, pese al largo periodo que permanecieron instalados en ella, pudo dejar de sentirse extranjeros. Quienes han venido tratando con frecuencia al cónsul a lo largo de los años, quienes han tenido ocasión de departir con él en los salones de su domicilio, en las recepciones que brinda de vez en cuando a alguna autoridad que rinde visita por estos predios a orillas del Garona, en los fastos a los que acude como invitado en razón de su cargo, aseguran que tras la pérdida de su mujer se ha acentuado la melancolía de un carácter que ya de por sí se había mostrado siempre taciturno».

En fin. Sea para combatir la soledad, el aburrimiento o la pena, la vida, tan juguetona, pone en las manos del cónsul viudo un regalo, un motivo, algo que dé sentido a sus días. Por casualidad, en una esquina sin glamour de un cementerio que visita con mohína asiduidad, halla la tumba que podría ser, ni más ni menos, que la de nuestro insigne pintor Francisco de Goya, fallecido 52 años antes. Y a partir de aquí el diplomático va haciendo todo tipo de gestiones —al principio improductivas, en cualquier caso siempre al trantrán, chocando una y otra vez con la burocracia— para repatriar los restos de Goya a España.

Conforme pasan las páginas, acabamos por determinar que La cabeza de Goya es una minuciosa reconstrucción histórica de exhaustiva documentación —el libro está plagado de datos— que hace un seguimiento del Goya pintor y persona en general y de su desaparecido cráneo en particular.

Al tiempo que seguimos las pesquisas de lo que pudo haber pasado con la cabeza, vamos conociendo la circunstancia del pintor, con sus luces y sombras: su exilio, sus viajes, sus enfermedades, sus amores, su amistad con el escritor Leandro Fernández de Moratín, la gestión para que Fernando VII le otorgue una pensión con la que sobrevivir sus últimos años…

Con una prosa sobria, pulcra y exigente, el libro se nos va mostrando, capítulo a capítulo, como una búsqueda detectivesca a la que nosotros los lectores nos sumamos con sana curiosidad, deseosos de acompañar al autor por archivos, cementerios y ciudades que le permiten reconstruir lo mejor y lo peor de nuestro siglo XIX y de uno de nuestros pintores más geniales. Lo cual no fue suficiente —así somos los españoles— para que se le rindiera un digno tributo tras su muerte.

Decía arriba que no es fácil encorsetar en un solo género esta obra revelada que, tal como narra su autor en el prólogo, estuvo escondida en un cajón durante varios años. Barrero ha convertido un enigma histórico por resolver en una indagación literaria que se lee con la misma fascinación que una novela, pero con el rigor de un ensayo. Un libro sobrio, elegante y lleno de resonancias que ilumina no solo la figura de Goya, sino la forma en que España trata —y olvida— a sus genios.