Cubierta de 'Las horas secretas'
'Las horas secretas': el entrañable triunfo de los inadaptados
La crueldad de lo cotidiano encuentra un camino al humor en esta novela de espías que es también una invitación a las grandes lecturas
La culpa la debió tener el actor Gary Oldman por su interpretación magistral y elegante de George Smiley en El topo. Ese regalo de personaje para un gran actor en el guion y novela original de John le Carré, el mejor de todos los escritores del género de espionaje.
traducido por Antonio Padilla Esteban. Salamandra (2026). 480 páginas
Las horas secretas
O tal vez la culpa fue mía por ver la serie de TV con guion de Mick Herron antes de leer su libro original. El caso es que, cuando comencé el piloto de Caballos lentos, no pude con el personaje que le habían encasquetado a Gary Oldman, por cutre y desaliñado. Luego, empecé la lectura del libro, y me dije lo mismo que se dice por San Antonio, Texas: «no way, José». Todo unido a mis amados prejuicios, hizo que me olvidara del señor Herron, a pesar de ser considerado una vaca sagrada del género de espionaje actual.
Ahora, la sinopsis de su nueva novela llamó con fuerza mi atención. Algo sucedió en el Berlín ya reunificado de 1994, y fue una operación encubierta de los servicios de inteligencia británicos, el MI5. El pasado vuelve ahora, y estalla y golpea con la fuerza de aquello que se trató de ocultar bajo presión de intereses poderosos.
Un departamento llamado Monochrome tiene la tarea de investigar la mala conducta interna en el MI5, y un archivo llamado OTIS llega a las manos de las dos figuras principales del departamento: Griselda y Malcolm. En paralelo, un espía retirado, Max Janacek, es cazado por figuras sombrías.
En un universo claustrofóbico de agentes de bajo nivel, burócratas y políticos, se inicia una carrera desesperada por la supervivencia, frente a fuerzas misteriosas interesadas en mantener la verdad en la oscuridad.
Parece ser que el autor oficialmente no ha sido jamás un agentón, como dijera un cubano, por lo que debió hacer un trabajo de documentación más allá de lo exhaustivo sobre el funcionamiento interno del servicio de inteligencia británico. Sea como sea, Mick Herron tiene sin duda una visión muy personal para retratar la torpeza humana y la crueldad de lo cotidiano y sus miserias.
Sus personajes pueden parecer descritos desde el cinismo o la misantropía. Son perdedores: losers con mayúsculas en letra gótica y huecograbado, y es algo que puede generar ternura y simpatía entre esa mayoría de seres humanos que arrastran fracasos, y han aprendido en la vida que no somos más que el olvido que seremos.
Saepe summa ingenia in occulto latent, o «las mentes más brillantes suelen vivir escondidas en la oscuridad», que dijera Plauto. Lo que no termino de entender es por qué personajes protagónicos tan brillantes intelectualmente permanecen en una institución dominada por espíritus mediocres, burocracias kafkianas y decisiones políticas caprichosas.
Y eso hace que me acuerde de mentes privilegiadas que tenemos en España como mi admirado Javier Recuenco, quien les daría una calurosa bienvenida en el sector privado. No me quiero ni imaginar la ovación con la que serían recibidos en agencias de inteligencia privadas como Black Cube.
Sea lo que fuere, lo que sí le ruego es que no haga como algún personaje de esta novela y tome Shiraz. Desconfíe del vino australiano, y déjeselo a los hijos de la Gran Bretaña. Hágame caso. Se evitará el riesgo de una peritonitis.
Mick Herron es un escritor con la audacia para desafiar todas las convenciones y reglas del género, desde que las sentara Wilkie Collins en el siglo XIX. Y esto invita a revisar una literatura extraordinaria como la inglesa, tanto en la sátira como en la novela de espionaje.
De gustibus non est disputandum, o «sobre gustos no se disputa», como comienza el capítulo VIII de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, obra cumbre de la novela satírica de la literatura inglesa, escrita por Laurence Sterne en el siglo XVIII. Yo me desternillaba al leerla: la mejor recomendación que se me ocurre para invitarle a su lectura.
Ir a las fuentes originales y la tradición. Y no es aferrarse a lo rancio y pasado de moda, es abrazar lo eterno. Pero si no comparte mi criterio, pruebe con autores no tan lejanos como Tom Sharpe con la divertidísima serie sobre Wilt, su inolvidable personaje.
Fundir géneros en la narrativa siempre es tarea ardua. En novela de espionaje y sátira quien salió más que airoso fue Graham Greene, algo que se comprueba con la lectura de Nuestro hombre en La Habana, publicada en 1958, y con versión cinematográfica un año después dirigida por Carol Reed con la interpretación magistral de Sir Alec Guinness.
O el maestro indiscutible, John le Carré, profundo conocedor del alma, quizás a la altura de Dostoyevski, y en cuya obra literaria al final lo de menos son los espías. Cuando descubrimos a sus personajes, las causas que los motivan y sus tragedias, lo más probable es que exigiremos el mismo conocimiento de la cartografía humana al leer otros textos.
La belleza emerge por comparación. Para ello, lo mejor es conocer lo que sectores de la crítica consideran excelente en la producción actual, y confrontarlo con las novelas clásicas cuya calidad está cimentada en el paso del tiempo. Quizás por aquello de educar el criterio propio, la sensibilidad y el buen gusto. Disfrute de las lecturas.