Ernest Hemingway.
'El viejo y el mar': la pesca como maestra de vida
Una aventura solitaria como grumetes en la barca de Ernest Hemingway
El mar siempre ha provocado atracción en el ser humano. Desde los antiguos griegos, hombres como Ulises navegaron a través de sus misterios y probaron encantos no exentos de peligros. La enigmática marea azul cautivó también a Defoe, Kipling o Melville y ellos así lo transmitieron a sus lectores. Los de Ernest Hemingway se descubren, en esta ocasión, a bordo de una pequeña barca de pesca que surca las páginas de El viejo y el mar (1952).
Lumen (2020), 112 páginas
El viejo y el mar
El argumento de la novela no requiere de largas explicaciones. Un viejo pescador que surca el mar, dispuesto a enfrentarse a cuantas adversidades se antepongan, a fin de derrotar un pez grande que le devuelva la honra perdida, después de largo tiempo sin poder vender nada que merezca la pena. El orgullo herido de este cubano ajado por la dedicación de años en alta mar lo empujan a un último viaje, esta vez solo. Ya no lo acompaña Manolín, cuyos padres lo animan a unirse a otros marineros más duchos que «Salao», apodo con el que la comunidad pesquera conoce al anciano protagonista.
Parece, por lo tanto, que el tesoro no está tanto en el argumento en sí, cuanto en la fuerza casi épica de la narrativa de Ernest Hemingway. Así lo reconoció la crítica, que le premió esta obra con el Pulitzer en 1953. Un año después lo hacía también la Academia Sueca con el Premio Nobel de Literatura.
No es solo una hazaña más en alta mar; la historia que protagoniza el anciano Santiago atrapa porque es humana y, aunque épica, termina siendo cercana. El estilo de Hemingway es el de la palabra precisa, la descripción minuciosa, el tono reflexivo, la acción ordenadora. Aventurero él y sus novelas, el autor americano va más allá y se desprende de las etiquetas. Participante en varias guerras y amante de las aventuras, gustaba de empaparse a fondo de los acontecimientos. Es por ello que sus relatos no buscan solo despertar emociones fuertes. No se puede entender a Hemingway sin la reflexión profunda que sigue a las acciones enérgicas. Italo Calvino comprendió bien que esta era la esencia de los héroes en sus novelas, un héroe que «quiere identificarse con las acciones que realiza, estar él mismo en la suma de sus gestos».
Santiago mide cada uno de sus actos. La meticulosidad con la que discierne su proceder define a un hombre cuyas fuertes manos se mueven por un gran corazón y una experimentada sabiduría. La violencia y la ternura son las dos caras de su actuación. Mata con fiereza a su presa y seguidamente contempla con ojos cansados a los peces, sus únicos compañeros. La relación respetuosa del hombre con la naturaleza es uno de los grandes temas tratados con maestría por Hemingway en este relato.
Un viejo solo, solamente acompañado por el mar. Esta sí es una soledad habitada, configurada a partir del silencio que se quiebra únicamente por el bramido de las olas y el rumor de los pensamientos del pescador. El monólogo interno es tan veraz que se desdobla generando el diálogo. ¿O quizá habla con los peces? Tal vez lo escuchemos conversar con el mar… No le inquieta la ausencia de un interlocutor real. Pues, quien sabe habitar la soledad sin angustia no tendrá dificultad en reconocer un bien en la compañía. Así, de vuelta a casa, al reencontrarse con sus compañeros y con Manolín, Santiago «notó lo agradable que era tener alguien con quien hablar en vez de hablar solo consigo mismo y con el mar».
Los lectores poco experimentados en la pesca se descubrirán grumetes aprendices junto a un curtido lobo de mar. Habrán de ir familiarizándose, poco a poco, con el léxico preciso de un autor que sí conocía esta labor consagrada a los peces. Serán uno más en la barca, como lo fue, durante algunos años el propio Manolín. La admiración del joven hacia el anciano emociona. Los gestos y la delicadeza con la que ambos interactúan resultan conmovedores pues manifiestan la belleza de la clásica relación maestro-discípulo.
Con todo, aunque la acción es protagonista, esta novela corta no deja de ser un elogio a la paciencia. Los grandes pescadores tienen un doctorado en el arte de la espera. Una práctica infrecuente hoy y atípica en el mundo de Hemingway, marcado por el dinamismo de la guerra y el cambio continuo. La mirada cansada de Santiago no ha perdido un ápice de sensibilidad y sus manos prestas para operar saben, igualmente, aguardar el momento oportuno.