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Cubierta de 'Asiria'

Cubierta de 'Asiria'Ático de los libros

‘Asiria’: una civilización que todavía tiene mucho que decir

El asiriólogo Eckart Frahm, uno de los mayores expertos en la antigua Asiria, reevalúa el papel imperial de los asirios en la historia de la humanidad

Asiria desapareció fulminantemente. Casi sin dejar rastro. A finales del siglo VII a.C. una gran coalición de fuerzas se levantó contra la hegemonía de los asirios en todo Oriente Próximo, y en el 612 a.C., bajo el mando de medos y babilonios, avanzaron y destruyeron la gran capital asiria de Nínive, una de las mayores ciudades que la humanidad había visto, y que, según el Libro de Jonás, hacían falta tres días para atravesar: «Jonás se puso en marcha hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensa; hacían falta tres días para recorrerla» (Jon 3, 3). Tras la destrucción de la última gran capital del Imperio, el poder del Rey de Asiria, Rey del Mundo, desapareció. Dio paso a toda una serie de poderes que se dedicaron a imitar las formas de gobierno asirias: su control interno, sus campañas militares, sus deportaciones masivas de población y sus representaciones religiosas y divinas. El testigo imperial tras el 612 a.C., con la destrucción de Nínive, lo recogerían los babilonios y los medos, y tras ellos, los persas.

Cubierta de 'Asiria'

Traductor: Gonzalo Torralba
​Ático de los Libros (2026). 504 páginas

Asiria. Auge y caída del primer imperio del mundo

Eckart Frahm

La impronta imperial en Oriente Próximo ya la habían implantado los asirios, desde al menos el siglo XII a. C. Pero tras aquel fatídico 612 a. C., el recuerdo de Asiria comenzó a experimentar una decantación en la memoria de la antigüedad de la que solo quedaron historias y leyendas, especialmente en las Escrituras de los hebreos, cuyo reino septentrional (Israel) experimentó en primera persona la destrucción y deportación por los asirios (2 Re 15, 29), así como en el recuerdo de los autores griegos, que todavía en el siglo V a. C., con los escritos de Ctesias de Cnido, recordaban aquel gran Imperio, mayor que ninguno conocido por la humanidad, y que heredaron los persas, y antes de ellos, los caldeos (babilonios). Pero a mediados del siglo XIX todo cambió. Paul-Émile Botta, cónsul de Francia en Mosul, comenzó en 1843 a buscar la ciudad de Nínive, capital de la antigua civilización de los asirios. En abril de aquel año, tras haber llevado a cabo excavaciones junto a una pequeña aldea llamada Jorsabad, Botta escribió una carta al secretario de la Société Asiatique de París: «Creo que soy el primero en descubrir esculturas que pueden atribuirse a la época en que Nínive aún florecía». Tras Botta fueron los trabajos del inglés Austen Henry Layard en la colina de Kuyunjik, junto a Mosul (actual Irak), los que terminaron de crear una nueva ciencia: la asiriología. Abrieron todo un mundo para futuros investigadores que ha llegado directamente hasta el autor del libro que nos ocupa, Eckart Frahm, no solo mediante las esculturas y las estructuras. Las tablillas cargadas de escritura cuneiforme resultaron ser el mayor tesoro.

Frahm (Universidad de Yale) es una verdadera autoridad actualmente en el estudio y conocimiento de la antigua Mesopotamia, y más concretamente en Asiria. Sus investigaciones le han llevado a estudiar y conocer una cantidad ingente de tablillas cuneiformes de las más prestigiosas colecciones como las del British Museum (Londres), el Vorderasiatisches Museum (Berlín) o el Iraq Museum (Bagdad), y los resultados los ha publicado en todo tipo de medios, tanto académicos como divulgativos. Para redondear sus referencias, hay que destacar que no solo se ha dedicado al trabajo de archivo: también se ha bregado a pie de campo en excavaciones arqueológicas (cuando la situación política iraquí lo ha permitido), como en las excavaciones dirigidas por Peter Miglus (Universidad de Heidelberg) en Ashur.

Pero los méritos del curriculum no lo son todo. Bien puede uno ser quien más sepa sobre un tema, o sobre todos, y no tener idea o capacidad de transmitirlo al mundo. Por desgracia la Academia cuenta más con de este tipo de personajes que del tipo del que nos ocupa. Con Asiria. Auge y caída del primer imperio del mundo, publicado originalmente en inglés en 2023, y traducido ahora muy satisfactoriamente por Gonzalo Torralba para Ático de los Libros, Eckart Frahm demuestra que no solo sabe de Asiria, sino que además sabe transmitirlo y hacerlo atractivo para el lego. No todos tenemos por qué haber estudiado la carrera de Historia, ni habernos merendado El antiguo Oriente de Mario Liverani (muy recomendable, por otra parte), ni conocer las interesantísimas figuras de Tiglat Pileser o los Sargónidas, ni siquiera los períodos de Asiria, ni que Botta y Layard fueron los pioneros en su descubrimiento. Para todos ellos, este es el libro ideal. Evidentemente resultará «muy básico» para un titular de Historia Antigua de Oriente Próximo, pero ese no es el público objetivo del volumen.

Hablando ya del volumen, tiene un inmenso acierto: rompe con la errada lógica pedagógica, por la que las tres partes del libro tendrían que haber correspondido a las tres épocas tradicionales de la civilización asiria, es decir, el Período Paleoasirio, ss. XXI-XVIII a. C.; el Imperio Medio Asirio, ss. XIV-X a. C., y el Imperio Nuevo Asirio, ss. X-VII a. C. Por fortuna, Eckart no lo plantea así. La primera parte, «El largo camino hacia la gloria», concentra en menos de 100 páginas el periodo formativo y de desarrollo asirio en el complejo marco mesopotámico desde los orígenes de habitación en Nínive (ca. 6000 a.C.) hasta la crisis del Estado asirio en la primera mitad del siglo VIII a. C., en tiempos del rey Ashur-ninari V, cuando el ejército asirio permaneció «en el país», según narra la Crónica de epónimos asiria.

Es en la segunda parte donde se halla el corazón del libro, con el significativo título de «Imperio», donde se recogen los hechos políticos mejor documentados de Asiria, al tiempo que más propiamente «imperiales»: desde el reinado de Tiglat-pileser III (745 a. C.) hasta la desaparición de Ashur-uballit II (609 a.C.) durante la caída de Harran en manos medo-babilonias, esto es, más o menos siglo y medio. En estas 200 páginas el autor, cuya especialidad es, precisamente, el período neoasirio, razona por qué el Estado asirio se convirtió durante este periodo en un «sistema imperial», no siéndolo antes, a través de todos los conocimientos y datos de que dispone.

Finalmente, la tercera parte, tan necesaria como obviada en la mayoría de los estudios, y titulada «Vida después de la muerte», presenta el legado de Asiria a lo largo de los siglos, desde el paso de los mercenarios griegos por las ruinas de Ashur, Calah y Nínive en la Anábasis de Jenofonte, a finales del siglo V a. C., hasta la película italiana Semiramide de 1962, pasando, como no podía ser de otra manera, por la Semiramide de Rossini, de 1823. El último capítulo pone un agridulce final al libro con el título «La segunda destrucción», dedicado por el autor al desastre perpetrado por el autodenominado Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés), si bien al final se abre una ventana de esperanza, en palabras de Eckart Frahm: «a pesar de todos los contratiempos y de la oposición de los fundamentalistas y los iconoclastas, la búsqueda para comprender mejor la antigua Asiria continúa». Prueba de ello es la reciente exposición en CaixaForum (Madrid) procedente del British Museum, sobre el más famoso de los monarcas asirios, Asurbanipal. Rey del Mundo, Rey de Asiria.

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