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Cubierta de 'Radio Sarajevo'

Cubierta de 'Radio Sarajevo'Libros del Asteroide

‘Radio Sarajevo’: los asedios permanentes

Con indulgencia y humor, Tijan Sila evoca en estas memorias noveladas sus años en Bosnia, país que vivía violencias a distinta escala

Las circunstancias de Tijan Sila (Sarajevo, 1981) me han recordado inevitablemente a las de Saša Stanišić (Višegrad, 1978). Los dos son bosnios. Pertenecen a la misma generación. Por culpa de la guerra huyeron con su familia a Alemania y adoptaron la lengua de este país para escribir sus obras, que han sido apreciadas y premiadas. En contextos distintos, con alcances y enfoques diversos, han trasladado sus recuerdos de infancia y primera adolescencia a un par de libros cautivadores. Stanišić, a Los orígenes, que publicó AdN en España. Sila, a Radio Sarajevo, editado por Libros del Asteroide.

Cubierta de 'Radio Sarajevo'

Traducción de Javier García Albero
Libros del Asteroide (2026). 200 páginas

Radio Sarajevo

Tijan Sila

El pequeño Tijan está tumbado boca abajo en la moqueta del dormitorio mientras suena en la emisora Suffragette City, de David Bowie. Le gusta la música, sobre todo si tiene guitarreo. De pronto, un proyectil que cae en su calle arranca las cortinas de los rieles. Es abril del 92, ha comenzado el asedio a la ciudad por parte del ejército serbio y la vida de ese niño va a cambiar para siempre. En el relato, la mirada infantil se conserva intacta, con su blanco estupor ante los hechos de la guerra y de la vida, aunque sea la voz grave del hombre adulto la que lo cuenta. Esa mezcla de candor y de ironía superpuesta enriquece la perspectiva y aporta un sedimento de reflexión.

Sila es admirable tomándoles las medidas literarias a los personajes y a las situaciones en que se desenvuelven. Con precisión sartorial, los viste de palabras pulcramente, sin que pingue un adjetivo de más por la espalda ni tire de la sisa el ritmo precipitado de una escena. Los diálogos están confeccionados con el patrón de la viveza. La obra se construye como una sucesión de episodios, secuencias, retazos de la memoria con un paisaje humano creíble como si fuera de bulto redondo entre las dos dimensiones del papel. El autor ofrece también a sus lectores, alemanes en primer término, unas gotas de antropología del pueblo bosnio, peculiaridades lingüísticas y de comportamiento.

Corrupción generalizada aparte, un aspecto perturbador era, durante la infancia de Sila, el recurso habitual a la violencia. Dos ciudadanos podían dirimir sus diferencias sin miramientos a puñetazos en la calle. Los chavales de las pandillas se tundían a base de bien. Los padres empleaban el bofetón o el cintazo, a veces por causas no del todo claras, como método educativo de prestigio. Una buena cantidad de malhechores ya antes de la guerra llevaba arma, y la esgrimía como sólido argumento abriéndose levemente la chaqueta. El asedio serbio fue uno más, a escala trágica, de los que tenía que sufrir cualquier persona normal en su vida cotidiana.

Aunque también sacaban la mano a pasear con sus dos hijos, los padres de Sila eran bichos raros. Profesores de universidad ambos, pusilánime e inútil para todo lo práctico él, deslenguada y altiva ella, no eran bien vistos en el vecindario y se los excluía en general. El desabastecimiento los sorprendió con la alacena atestada de libros y no de botes de conserva. Por suerte, contaron con la ayuda para cualquier contingencia de Muhamed, amigo de la infancia del padre, bandido y héroe, corrupto y generoso, personaje de claroscuros como hubo tantos.

El contraste es, de hecho, esencial en el libro, que hasta cierto punto se basa en el juego de opuestos. El padre y la madre ofrecen caracteres antitéticos. El protagonista en parte los rehúye para que lo acepten los chicos del barrio. Cuando se reanudan las clases, los muchachos tienen de maestro a un psicopático policía jubilado que es sustituido al curso siguiente por una mujer encantadora. Tijan es en parte antagonista de sus amigos Sead y Rafik por su mayor formación, demostrada con su inglés fluido en los trapicheos inocentes de pillastres ociosos con los cascos azules. Tijan y Sead, por su parte, chicos de ciudad, se burlan a menudo de Rafik porque proviene del campo y tiene un padre analfabeto.

Aunque hay penalidad y muerte, Radio Sarajevo es un relato vitalista sobre la resistencia, los pequeños goces, las lealtades, la familia, aun cuando no siempre se la entienda, y la amistad, aunque a veces llevemos la semilla del alejamiento aún por germinar. Un Tijan púber y algo ingenuo madura más despacio que Sead y Rafik, abiertos ya con trece años a las primicias del sexo y a las inhalaciones tóxicas. Y a peligrosos juegos con una pistola, episodio narrado magistralmente que nos hace contener el aliento.

La accidentada huida a Alemania de la familia separa a los tres amigos. El reencuentro en Sarajevo, muchos años después, muertos ya los padres del autor tras una vida no cumplida del todo, confirmará algo que Sila había dicho páginas atrás: para quien la ha sufrido, una guerra no termina nunca.

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