Cubierta de 'La universidad de las narices'
‘La Universidad de las Narices’, una oda al genuino espíritu universitario
A través una original ficción, Francisco Esteban Bara hace un melancólico homenaje al verdadero sentido de la Universidad
Vaya por delante que no tengo el gusto de conocer personalmente a Francisco Esteban Bara. Fue a través de la publicación en redes sociales como tuve noticia de La Universidad de las Narices, un libro en el que, a través de un relato ficticio, se reflexionaba sobre la deriva sufrida por la Universidad en los últimos tiempos. Al ser un tema que me preocupa y ocupa desde hace tiempo, me aguijoneó la curiosidad y contacté con el autor, quien tuvo la gentileza de enviarme un ejemplar dedicado. Y les confieso que lo que encontré en sus páginas superó todas mis expectativas.
Caligrama Editorial (2025). 134 páginas
La Universidad de las Narices
Se trata, en primera instancia, de un libro diferente. Lo es ya desde su propio título, en el que el autor juega con la expresión coloquial «estar hasta las narices», una imagen que acompaña a todo el relato. Ese carácter diferenciador se observa también en la forma de la narración: a través de un relato alegórico, el lector se adentra en la ficticia comarca de Las Narices, donde una serie de personas decidieron crear una nueva institución educativa llamada Universidad.
A los miembros de esta institución, profesores y estudiantes, les unía el afán por el conocimiento, y todos ellos compartían el fin esencial de la Universidad: la búsqueda libre y desinteresada de lo bello, lo bueno y lo verdadero. Para lograrlo, todos ellos contaban con el que es el principal motor del espíritu universitario: la curiosidad y el deseo de crecimiento personal e intelectual, que los llevaban, según el autor, a «interesarse por lo que desconocían, profundizar en cualquier asunto y poner a prueba lo que consideran que ya sabían».
A esa narración de los inicios de la Universidad, en los que se describe con gran belleza la magnanimidad del genuino espíritu humanístico, le sigue el verdadero meollo de la obra, que no es otro que el análisis crítico de los cambios que dicha institución ha ido conociendo con el discurrir de los años, especialmente en los últimos tiempos.
Lejos de abrazar tesis inmovilistas, el autor acepta la necesidad de que la Universidad se adapte a los nuevos tiempos, y centra su crítica en haber cedido a las exigencias y demandas utilitaristas de la modernidad, una cesión que ha terminado por desvirtuar el espíritu universitario original.
La preponderancia del marketing sobre la esencia formativa de la institución y el foco en la empleabilidad de los alumnos relegando el cultivo de disciplinas a priori menos útiles pero esencialmente enriquecedoras como las Humanidades son algunas de las consecuencias de esta deriva utilitarista de la Universidad. Una deriva que, como a nadie se le escapa, ha devenido en un progresivo desencanto hacia la institución compartido por no pocos alumnos y profesores, que cada vez se sienten menos miembros de esa «familia de los que desean y aman el conocimiento» que durante tantos siglos caracterizó a la Universidad.
En esta crítica, el autor destila un genuino amor hacia lo universitario, un amor doliente, melancólico y genuino hacia lo que la Universidad representó durante mucho tiempo, y que debe volver a representar si no quiere terminar de perder su esencia: el afán desinteresado por el conocimiento, un conocimiento que no es estéril sino que busca llegar al encuentro con la verdad, la belleza y el bien.
Al cerrar el libro, el lector puede quedarse con la duda de si la única solución para aquellos que quieren recuperar el espíritu universitario genuino pasa por saltar del barco, abandonando la Universidad e intentando encontrar ese espíritu en otro tipo de instituciones, o si realmente hay opción de reconstruir la Universidad desde dentro.
Quienes tenemos el privilegio de formar parte de esta noble institución sabemos que sigue habiendo alumnos y profesores con la voluntad de ser fieles al espíritu universitario. Un grupo de inconformistas, al fin, que cada día franquea las puertas de la casa universitaria con el genuino deseo de aprender y forjar una fraternal comunidad destinada a mejorarse a sí mismos y, con ello, embellecer el mundo en que viven. ¡Hay esperanza, narices!