Crítica de 'La memoria de las bicicletas'
'La memoria de las bicicletas': aprender a vivir al ritmo de un pueblo
La novela ganadora del Premio Barco de Vapor reivindica la amistad, la lectura y la autonomía infantil frente a un mundo cada vez más acelerado
Después de pasar un verano en Londres, otro en una preciosa cala de Mallorca o un mes entero en una playa de Benicasim, ¿a qué niño le apetece vivir sus vacaciones veraniegas en un pequeño pueblo de interior, sin playa, piscina ni televisión?

SM (2026). 136 páginas
La memoria de las bicicletas
Este es el planteamiento que propone el autor en esta novela, ganadora del último Premio Barco de Vapor. La obra pasa a formar parte de una colección que, desde hace 48 años, ha cautivado a lectores de todas las edades. Creada en 1978 como la primera colección española dedicada específicamente a la literatura infantil, hoy es un referente indiscutible de la literatura infantil y juvenil, tanto en el ámbito nacional como en el internacional.
La memoria de las bicicletas, con las entrañables ilustraciones de Mikel Valverde y la cuidada prosa de Josan Hatero, es una novela infantil que celebra la amistad, la aventura, el cariño y la vida sencilla de los pueblos. A través de su protagonista, asistimos al despertar de un niño que comienza a comprender, de golpe y porrazo, que la vida también está hecha de renuncias, dificultades económicas y responsabilidades familiares, y que no siempre es posible alcanzar todo aquello que se desea.
El jurado del Premio distinguió esta obra de Josan Hatero Mosteiro por su sinceridad, calidez y optimismo. Destacó, además, que devuelve al lector la emoción de muchas de las primeras veces que marcan la infancia y la juventud, como aprender a montar en bicicleta o enamorarse por primera vez. También la definió como una novela tierna y sensible, capaz de sacar lo mejor tanto de sus personajes como de quienes se acercan a su lectura.
En palabras de la periodista cultural Maica Rivera, es una narración que revela la necesidad de acompañamiento de los más pequeños en su camino de madurez para que no se sientan solos ni desprotegidos ante los retos de la vida y la incertidumbre del futuro, especialmente cuando el presente parece empeñarse en despojarles de los lugares seguros.
Aunque Martín, el protagonista de la historia, comienza su verano con pésimas expectativas, pronto entabla relación con su vecina Sabela, una apasionada de la lectura de ciencia ficción, que intentará hacer planes con el recién llegado de la ciudad, para que empiece a sentirse como en casa y valore lo más sencillo: una buena lectura compartida, un paseo por el campo o un chapuzón en el pueblo de al lado mientras toman un helado.
El niño crece rodeado de mujeres: su madre, su tía y su tía abuela. Estas dos últimas, a diferencia de su madre, que vive dominada por el miedo, le enseñan que solo quien se atreve a caer puede aprender a levantarse. En lugar de llenarle la cabeza de peligros, lo animan a confiar en sí mismo, a afrontar nuevos retos y a descubrir el mundo a través de su propia experiencia.
Por otro lado, mientras el hermano de Sabela juega al fútbol o a los videojuegos, los protagonistas de esta bonita historia inauguran su propio Club de Lectura de Clásicos para Dos, en el que se proponen leer, no ya libros propios de su edad, sino la colección de clásicos que ambos tienen en sus casas. El relato se convierte así en un hermoso homenaje a Dickens, Jane Austen y otros grandes clásicos, a quienes Hatero dedica la novela.
El pequeño Martín ha crecido bajo la sombra protectora de su miedosa madre, que no le ha dejado desarrollarse en toda su plenitud. Sin embargo, ese verano en el pueblo estará lleno de dudas y decepciones, pero también conocerá la verdadera amistad, el juego sencillo y divertido, junto con la pena y el duelo. Además, encontramos un trasfondo precioso en el que se habla de la reconciliación familiar, la apuesta por el perdón y las segundas oportunidades.
En mi opinión, se trata de una lectura muy recomendable para que los niños comiencen a valorar, desde pequeños, la sencillez y descubran que la felicidad no depende de lo material ni de lo digital, sino de experiencias tan cotidianas como compartir una tarde de juegos, una conversación con un familiar o una buena lectura. Recomiendo especialmente esta novela a lectores de entre 10 y 13 años, aunque también puede resultar muy valiosa para madres y padres, pues recuerda que el cariño, la confianza y la libertad para descubrir el mundo son fundamentales en el crecimiento de cualquier niño.