Fundado en 1910

'Gipsy', la honrada adaptación de Antonio Banderas que muestra un clásico del musical sin revisionismos

La suya parece una idea poco comercial (aunque lo sea) o al menos poco interesada en ello, como si esto estuviera muy por debajo del afán de introducir la cultura del musical estadounidense en España

Escena de GipsyGipsy, el musical

Cuando Hollywood se fijó en Antonio Banderas fue casi viéndole cantar y bailar. Era en la película Los reyes del mambo tocan canciones de amor, su debut estadounidense, donde hasta tocaba la trompeta, o lo parecía. Banderas siempre fue un actor que cantaba, o al menos que allí, en América, empezó a cantar, con lo que empujó una carrera incipiente.

Lo hizo en Los reyes del mambo, haciendo del Che Guevara en el musical para la pantalla de Alan Parker junto a Madonna o en Desperado, la secuela estelar de El mariachi de Robert Rodríguez, donde cantaba aquello de «Soy un hombre muy honrado, que le gusta lo mejor, las mujeres no le faltan, ni el dinero, ni el amor...».

Fue como si al actor español se le quedara el musical americano por dentro, y la posibilidad de llevarlo por el mundo, más allá de Broadway, y sobre todo a España. El mariachi decía ser un hombre honrado y Antonio Banderas parece serlo del mismo modo que su Gipsy, una obra desconocida en nuestro país y un clásico de la historia estadounidense y de Stephen Sondheim, que aquí escribió solo la letra porque de la música se encargó Jule Styne.

Sondheim es el autor, de la letra y de la música, de clásicos aclamados del género como Sweeney Todd o Golfus de Roma. Compositor típico del género musical (lo que no le impidió ganar un Oscar a la mejor canción por la película Dick Tracy, interpretada por Madonna), recibió 8 premios Tony y el Pulitzer de drama en 1985. Toda esa tradición del autor y del libreto, de la historia estadounidense, se la ha traído Banderas a España.

Banderas respeta a sus mayores

Y se repite lo de la honradez, porque la suya parece una idea poco comercial, o poco interesada en lo comercial, como si esto estuviera muy por debajo del afán de introducir la cultura del musical clásico estadounidense en nuestro país, una cultura clásica, proveedora de grandes obras en poco tiempo, que se agradece en tiempos de pastiches «woke» y similares sin respeto por sus mayores.

Antonio Banderas respeta a sus mayores y se trae sus aprendizajes a este lado del Atlántico con un cuidado admirable y también arriesgado, porque no es del todo fácil acertar en el XXI con obras de mediados del XX, a las que no se les ha quitado, ni pulido o raspado más que lo estrictamente necesario. Un riesgo y una virtud por la ausencia de revisionismo, también una deferencia con el arte y con las nuevas generaciones que se merecen la obra original, sin que nadie ajeno la modifique a su antojo, ni mucho menos a sus gustos ideológicos como se estila.

La historia de la estríper Gipsy Rose Lee

Banderas ha traído el Gipsy de 1959 y hay que verla. Los actores son estupendos. La orquesta, el apartado técnico... Parece Broadway en Madrid, aunque nadie haya estado en Broadway. Expresan como si vivieran en verdad aquel tiempo de la Depresión del 29, de la historia de la estríper Gypsy Rose Lee y de la obsesión de una madre sin talento por que sus hijas se conviertan en estrellas del espectáculo. Las cosas no salen como quiere la protagonista, y quizá tampoco exactamente como querría el público.

Pero ahí está la gracia y el valor (una parte) del Gipsy de Antonio Banderas. Además de divertir, muestra y enseña lo no arraigado aún: un pionero Banderas, siempre lo fue. Aprender no siempre es fácil y se agradece la valentía de desafiar los gustos tantas veces acomodados, falsamente removidos con burdas interpretaciones ideológicas, y últimamente incluso impuestos.