Unas líneasEduardo de Rivas

Cuestión de actitud

A mí me puede sorprender el 8 de Marruecos, pero no a Luis Enrique, que ha estudiado a los africanos y confesaba no saber ni cómo se llamaba

El fútbol es un estado de ánimo. Los partidos muchas veces no se ganan por calidad sino por ganas, por ese ímpetu de comerte al rival, de amilanarlo, de creerte superior aunque seas de un equipo de Tercera y el otro de Champions League. Ese fue Marruecos, el que pensó desde el minuto 1 que podía pasar de ronda y ser historia viva de su país, sin creerse ganador antes de empezar.
España pecó por un lado de falta de confianza y, por otro, de exceso de ella. El revés de Japón al estilo Nishikori no rebajó ni un poquito las expectativas de los de Luis Enrique, que vieron incluso positiva la derrota ante los nipones. Quedando segundos, perdían del camino a Brasil y se cruzaban en octavos con Marruecos en vez de con Croacia. Alguno ya se veía en semifinales.
Pero los castillos de naipes se caen con la mínima ráfaga de aire y antes de las semifinales están los cuartos y los octavos. Los partidos se ganan sobre el césped, no en un mundo de fantasía, y para ganar, hay que atacar. Pasaban los minutos y parecía un déjà vu. Aquello recordaba cada vez más a los octavos contra Rusia en 2018. Toque, toque y toque. Pero todo horizontal, nada vertical. Entonces entrenaba un tal Hierro que pasó del Oviedo a ponerse al frente de España por obra y gracia de Rubiales; ahora lo hacía Luis Enrique, con su Twitch, su andamio y sus malas formas con la prensa. Todo ha cambiado y, sin embargo, nada ha cambiado.
El estilo lo marca el entrenador, pero quienes se ponen las botas son los futbolistas, que tampoco se pueden ir de rositas por esta eliminación. Mientras los marroquís se comían el balón, los españoles esperaban a que el gol llegara como caído del cielo. El fútbol es un deporte vertical, no horizontal, y para marcar hay que tirar a puerta. Sin tiros –tres en 120 minutos–, es difícil ganar. Como mucho te lo juegas a los penaltis.
Ahí entra en juego la mentalidad. Dirigirse al área para lanzar un penalti como quien va al matadero anticipa un mal resultado y las caras de los españoles no daban precisamente buenas sensaciones. Tres veces lo intentaron y tres veces se quedó el cero en el marcador. Quizás habría que haberlo entrenado un poco y no confiarlo todo a que cada jugador tirara en su casa mil penaltis antes de llegar a Qatar. Sobró soberbia.
El partido se debió haber preparado como merecía. A mí me puede sorprender el 8 de Marruecos, pero no a Luis Enrique, que ha estudiado –supuestamente– a los africanos y confesaba abiertamente tras el partido que no sabía ni cómo se llamaba. España se va a casa por falta de actitud, pero también por falta de profesionalidad. El 8, por cierto, se llama Ounahi.
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