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La verdad incómoda tras el PIB de España: por la inmigración somos más, pero no lo hacemos mejor

Buena parte de los nuevos empleos se están generando en sectores de baja productividad, a menudo ocupados por quienes acaban de llegar al país

Temporeros en un poblado chabolista en NíjarRAFA GONZALEZ

Los últimos datos de la Seguridad Social muestran que, en julio, el número de cotizantes alcanzó los 21,87 millones, un récord absoluto. Y no se trata de algo puntual: en los últimos doce meses se han sumado 482.400 afiliados. No es un dato aislado. En los últimos tres años, el crecimiento anual de cotizantes ha rondado el medio millón. Una cadencia firme y constante.

Pero no se trata solo de empleo. También la población residente en España ha crecido de forma notable. Según los datos publicados este jueves, entre el 1 de julio de 2024 y el 1 de julio de 2025, el país ganó 500.000 nuevos habitantes, alcanzando un máximo histórico de 49,3 millones de personas. Pero hay un dato clave que lo explica todo: este crecimiento demográfico proviene, en su inmensa mayoría, de personas nacidas fuera de España. A julio de 2025, 9,7 millones de residentes eran inmigrantes, lo que significa que uno de cada cinco habitantes del país nació en el extranjero.

El viento de cola

En las carreras ciclistas, hay momentos en los que el viento empuja. El empleo y la población son ese viento de cola que ahora nos ayuda a crecer más. Y vaya si lo estamos aprovechando: según las previsiones, el PIB español crecerá en 2025 un 2,8 %, muy por encima de la media de la Eurozona. Mientras Alemania, Francia e Italia pedalean manteniendo su velocidad constante, nosotros aceleramos.

Ahora bien, conviene no dejarnos cegar por la emoción del momento. Porque, siguiendo con la metáfora ciclista, España está amentando su velocidad poniendo más ciclistas a la carretera, no necesariamente mejorando las bicicletas ni la técnica del equipo. En otras palabras: crecemos porque sumamos fuerza de trabajo, pero no porque, hayamos aumentado la productividad.

¿Y qué significa esto en la práctica? Que buena parte de los nuevos empleos se están generando en sectores de baja productividad, a menudo ocupados por quienes acaban de llegar al país. Por eso, aunque el contador de rpm (revoluciones por minuto) marque una subida —de 100 a 102,8—, no implica que estemos pedaleando mejor, sino que hay más ciclistas dando pedales. La velocidad aumenta, sí, pero gracias a la cantidad de piernas, no a una mejora en la técnica ni en la eficiencia del esfuerzo.

Imaginemos ahora a Alemania, Francia o Italia. Sus equipos van equipados con bicicletas de carbono, con cambios electrónicos y ciclistas entrenados en alta montaña. Mantienen un ritmo de 120 rpm, muy por encima de España. No destacan por aumentar su velocidad. Sus ganancias no dependen del número de ciclistas, sino de cómo pedalean y con qué recursos. Esa es la gran diferencia: ellos confían más en formar mejor a sus trabajadores y en utilizar tecnologías avanzadas, como la inteligencia artificial, para ser más eficientes y competitivos.

Una verdad incómoda

Este modelo de crecimiento, basado en más gente, más trabajo, más cotizantes, más consumo y más necesidad de viviendas no incrementa el bienestar de los ciudadanos. Es decir, más ciclistas en la carretera no garantizan más victorias. Para acercarse a los puestos de cabeza España necesitaría una estrategia dirigida a impulsar la adopción y generación de tecnologías punteras que desemboque en aumentos en la productividad.

Lo preocupante es que, mientras nuestras cifras se inflan, los desafíos estructurales siguen ahí: un sistema de pensiones tensionado, una financiación autonómica desfasada, un sistema educativo que no siempre prepara para lo que viene, una política fiscal con presupuestos desfasados y una inversión en I+D aún muy por debajo de la de los líderes europeos.

¿Y en 2026?

Hay señales de que el viento favorable que llevamos de cola pueda cambiar. Factores como la subida del salario mínimo, la reducción de la jornada laboral, el aumento de las cotizaciones sociales, una mayor presión fiscal o el estancamiento económico internacional pueden frenar el crecimiento de la economía. Y si eso ocurre, sin una base sólida de productividad, el pedaleo se hará más lento, más costoso y menos eficaz.

¿Abandonaremos entonces la cola del pelotón europeo? Solo si hacemos algo más que sumar piernas. Lo que necesitamos es un cambio profundo en la bicicleta: más y mejor formación profesional, innovación tecnológica, inversión en sectores punteros, más mercado. Se trata de construir un equipo ganador.

La buena noticia es que aún estamos a tiempo. España tiene las condiciones para dar ese salto cualitativo. Lo que necesita nuestra economía es un conjunto de objetivos y políticas claras y sostenidas, con visión de futuro. Porque no llegaremos a los puestos de cabeza solo con entusiasmo. Podemos transformar esta bicicleta de acero pesada en una máquina de competición. Pero hará falta dinamismo tecnológico, reformas valientes y, sí, menos subvenciones y más sacrificio.

La carrera continúa. Y aunque ahora pedaleamos más rápido, debemos preguntarnos: ¿a esta velocidad podremos alcanzar al pelotón de cabeza? Si no cambiamos el modelo, seguiremos viendo cómo otros equipos se mantienen por delante de nosotros, como equipo, tenemos potencial para más. Para llegar antes a la meta no basta con pedalear fuerte; hay que pedalear mejor.

Rafael Pampillón Olmedo es catedrático de Economía en IE Business School y en la Universidad CEU San Pablo.