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Alimentos proteícos.Getty Images / Carlos Gawronski

La burbuja de los alimentos protéicos: más marketing que músculo

La moda de los alimentos enriquecidos con proteínas se extiende a yogures, panes o embutidos, pese a que su valor nutricional apenas difiere del original

Los productos high protein han colonizado los lineales de los supermercados en los últimos años, muy especialmente los que se encuentran cerca de las cajas –que es cuando la compra ya está hecha, pero siempre hay hueco para ese snack que parece «sano», atractivo a la vista y fácil de consumir–. La proteína se ha convertido en sinónimo de salud, saciedad y rendimiento; atributos que legitiman a las marcas y a los distribuidores a incrementar su precio. Muchos cuestan entre un 30 % y un 40 % más, a pesar de no esconder ningún beneficio nutricional extra.

El fenómeno responde a un cambio profundo en la narrativa alimentaria. Tras décadas en las que las grasas y los hidratos fueron señalados como enemigos de la dieta, la proteína ha quedado como el nutriente refugio, símbolo de control y bienestar.

El Barómetro FOOD 2025, de la plataforma digital Edenred, revela que el 87 % de los españoles afirma prestar hoy más atención a llevar una dieta equilibrada. La buena alimentación ha dejado de ser un valor añadido para convertirse en la nueva norma. De hecho, más de ocho de cada diez españoles esperan que los restaurantes ofrezcan opciones saludables. En este contexto, la industria está aprovechando para vestir de saludable a casi cualquier alimento, incluso siendo ultra procesados.

Yogures, panes, embutidos o barritas se reformulan para exhibir su contenido proteico, aunque en muchos casos el único cambio relevante esté en la etiqueta –y en el agujero al bolsillo–. No obstante, no deja ser paradójico si atendemos a otra de las cifras que destaca Edenred. Y es que el 96 % de la población estaría priorizando la frescura de los productos frente a cualquier sello.

«La proteína se ha convertido en equivalente de energía y plenitud», explica la dietista-nutricionista Laura Pérez Naharro. Asociamos la salud a las proteínas porque «su papel fisiológico es fundamental: interviene en la reparación de tejidos, la síntesis hormonal y la masa muscular». Sin embargo, una cosa es cubrir los requerimientos proteicos y otra asumir que, por defecto y de forma indiscriminada, siempre será mejor cuanta más proteína nos llevemos al estómago. Naharro aclara que «la evidencia científica confirma que lo relevante no es la cantidad, sino la calidad y el contexto global de la dieta».

Un snack enriquecido puede aportar un «empujón» práctico, pero la suplementación no esta justificada

Los productos enriquecidos con proteínas solo tienen una utilidad real bajo ciertas circunstancias: cuando alguien tiene una dificultad para alcanzar su ingesta diaria con fuentes alimentarias naturales –por ejemplo, en convalecencias, períodos de alta demanda fisiológica o ciertas enfermedades–. En estas excepciones, un snack enriquecido puede aportar un «empujón» práctico, pero la suplementación no esta justificada por norma siguiendo una dieta variada y equilibrada.

Detrás no hay más años de vida, si no una estrategia de marketing que sabe (y aprovecha) que tres de cada cuatro personas (74 %) no recortarían el presupuesto destinado a comida. «En la población general, la proteína debería representar entre un 12 % y un 15 % de la energía total de la dieta, lo que equivale, de forma orientativa, a unos 0,8 y 1 gramo por kilo corporal. Las necesidades pueden aumentar hasta los 2 gramos en contextos específicos (como la tercera edad, los procesos de pérdida de grasa o acompañando la actividad física)», detalla Naharro.

Reclamos en el frente del envase atraen la atención de un consumidor al tiempo que el reverso esconde advertencias

La verdadera disyuntiva está en diferenciar entre cubrir requerimientos reales y perseguir la publicidad engañosa que promueve esta molécula como metáfora de superioridad. Reclamos en el frente del envase –como «alto en proteína»– atraen la atención de un consumidor cuyo estándar es más saludable que nunca, al tiempo que el reverso esconde advertencias no tan favorables.

La dietista-nutricionista subraya que «la diferencia existe, pero no es tan grande como parece. Lo que realmente ha cambiado es la variedad de sabores y formatos, que los hace más atractivos. Un yogur convencional aporta alrededor de 4 gramos de proteína por cada 100 gramos, mientras que uno proteico suele alcanzar los 8 gramos. Es decir, prácticamente el doble. Aun así, su perfil nutricional es muy similar al de un queso fresco batido o quark o un skyr, los cuales son ya ricos en proteína por sí mismos y bajos en grasa».

Solo las proteínas ricas en aminoácidos esenciales y de alta digestibilidad contribuyen realmente al mantenimiento y reparación del organismo

Además, aumentar el consumo de proteínas de baja calidad no garantiza un mejor aporte nutricional. Solo aquellas que sean ricas en aminoácidos esenciales y de alta digestibilidad (como el huevo, la leche o ciertas proteínas vegetales complementarias) contribuyen realmente al mantenimiento y reparación del organismo.

Más allá de la cuestión nutricional, el auge de los productos high protein abre también un debate sobre sostenibilidad y valor económico. La proteína animal –de alta calidad biológica– implica un coste ambiental elevado por su producción intensiva, mientras que la vegetal, aunque más sostenible, suele requerir mayores procesos industriales para lograr texturas o sabores similares. Naharro aboga por una dieta mixta, que combine fuentes animales y vegetales, siendo ésta la vía más equilibrada para «cubrir las necesidades proteicas sin sobredimensionar el impacto ambiental ni el gasto doméstico». Un recordatorio de que comer mejor implica elegir con lucidez.

Alimentación y desinformación

En tiempos de bulos nutricionales y etiquetas que prometen más de lo que aportan, recuperar el criterio quizá sea el gesto más revolucionario durante el proceso de compra. El ruido digital no había dinamitado tanto el conocimiento del consumidor ni la conversación pública sobre lo que se ingiere.

Según el informe Salud, alimentación y fake news de la consultora LLYC, tres de cada diez bulos en internet están vinculados a la alimentación y se difunden siete veces más rápido que las noticias veraces. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), por su parte, señala que el 45 % de los españoles reconoce tener dificultades para interpretar el etiquetado nutricional. Solo un 48 % de los europeos confía en que los fabricantes ofrecen información justa y honesta.

En un ecosistema dominado por influencers y mensajes emocionales, la falta de alfabetización alimentaria ha convertido la desinformación en un ingrediente más del carrito. Leer una etiqueta, comparar fuentes o desconfiar de los reclamos absolutos se ha vuelto la mejor forma de proteger tanto la salud como el bolsillo.