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Análisis económicoJosé Ramón Riera

Inflación e IVA: cuando subir precios es subir impuestos

El Gobierno funciona como un casino, en el que siempre gana la banca, sea en la ruleta, en el blackjack o en las tragaperras. Siempre gana al recaudar más en todo

La inflación no es solo una pérdida de poder adquisitivo para las familias. Es, sobre todo, una de las herramientas recaudatorias más eficaces del Estado. El IVA es el mejor ejemplo de cómo Hacienda puede ingresar cada vez más sin necesidad de subir impuestos, sin aprobar nuevas leyes y sin someterse a ningún debate parlamentario. Basta con dejar que suban los precios.

El mecanismo es tan simple como demoledor. El IVA grava el consumo en términos nominales, no reales. Cuando los precios suben, el impuesto se aplica sobre una base mayor, aunque los ciudadanos no compren más bienes ni servicios, sino exactamente los mismos, o incluso menos, pero eso sí, a un precio más alto. El resultado es una recaudación creciente que no responde a una mejora de la economía ni del bienestar, sino exclusivamente al efecto inflacionario.

A partir de aquí, cuando nos enfrentamos a un Gobierno que es capaz de pensar que regalar 21.000 millones a las comunidades autónomas solo para quedar bien con el independentista Junqueras, que sostiene al gobierno de Sánchez y al gobierno de Illa, pueda tener algún interés en frenar la inflación es como pensar que Trump ama a España y a Sánchez. No sé si Trump, además de a sí mismo, ama a alguien, pero desde luego no a España y mucho menos a Sánchez.

Todos los países europeos, pero sobre todo los grandes, como Alemania, que ha cerrado el año con una inflación del 2 %, Francia con el 0,7 % e Italia con el 1,2 %. Han hecho sus deberes. Nosotros no, y no los hemos hecho porque no nos ha dado la gana. No nos ha dado la gana porque así el Gobierno funciona como un casino, en el que siempre gana la banca, sea en la ruleta, en el blackjack o en las tragaperras. El Gobierno siempre gana, al recaudar más en todo, IRPF, IVA, Impuestos especiales…

Entre noviembre de 2018 y noviembre de 2025, el Estado ha duplicado ampliamente el efecto de la inflación en términos recaudatorios, apropiándose de una parte sustancial del encarecimiento generalizado de precios

Se ha subido entre el 31 de diciembre y el 1 de enero un 4 % a los empleados públicos, a los que se les va a retener mucho más dinero. Se subirán este mes las pensiones contributivas, las no contributivas, el Ingreso Mínimo Vital, las clases pasivas y seguirán recaudando inflando el gasto, pero más el ingreso, con lo que sobre todo ese conjunto de españoles que suman casi, o sin casi, 17 millones, ni se enterarán pero pagarán mucho más que hace 7 años y podrán comprar menos bienes y servicios que entonces, porque sus ingresos netos en términos reales serán menores que los precios actuales.

Ya se que es luchar por una batalla perdida, porque por mucho tratar de hacer entender que todo es más falso que una moneda de madera o un billete de 1.000 euros, la gente prefiere la política del avestruz, no quiere enterarse.

Lo mejor es que los datos hablen y que cuenten lo que está pasando:

Los datos lo muestran con claridad. Entre noviembre de 2018 y noviembre de 2025, la recaudación por IVA ha pasado de 66.365 millones de euros a 94.416 millones. Es un incremento del 42,3 %. En ese mismo periodo, la inflación acumulada alcanza el 20,5%. Es decir, el Estado ha duplicado ampliamente el efecto de la inflación en términos recaudatorios, apropiándose de una parte sustancial del encarecimiento generalizado de precios.

Este fenómeno no es coyuntural ni accidental. Se observa con especial crudeza tras el estallido inflacionario de 2021 y 2022, cuando los precios se disparan y la recaudación por IVA se acelera de forma casi automática. Mientras los hogares ven erosionados sus salarios y su capacidad de compra, Hacienda convierte la inflación en un aliado fiscal silencioso. No hay subidas visibles de tipos, no hay titulares de «nuevos impuestos», pero sí una transferencia masiva de recursos desde el sector privado al público.

Incluso en los años más duros, como 2020, cuando la actividad se desploma y la economía entra en recesión, el comportamiento posterior del IVA confirma esta lógica: en cuanto los precios comienzan a repuntar, la recaudación no solo se recupera, sino que marca nuevos máximos históricos.

El IVA se ha convertido así en el impuesto perfecto para un Estado inflacionista: recauda más cuanto peor viven los ciudadanos. Y todo ello, sin asumir el coste político de reconocer que la inflación también es una forma de subida fiscal encubierta.

La inflación no es opaca, cuando el Estado decide no corregirla, no amortiguarla y no compensarla, está tomando una decisión política, utilizarla como mecanismo de recaudación.

El IVA lo demuestra con crudeza. Cada euro de encarecimiento se convierte automáticamente en un euro más de base imponible y cada ticket de la compra es una pequeña transferencia silenciosa desde el ciudadano al Tesoro.

El resultado es un sistema profundamente injusto: los hogares pierden poder adquisitivo, las clases medias ajustan su consumo y el Estado presume de fortaleza recaudatoria. Cuanto peor viven los ciudadanos, mejor cuadran las cuentas públicas. Mientras tanto, el Gobierno puede seguir repitiendo que «no ha subido impuestos», aunque la realidad diaria en el supermercado diga exactamente lo contrario.

La inflación se ha convertido así en la mayor subida fiscal de los últimos años: opaca, automática y sin control democrático. Porque cuando el Estado gana con la inflación, ya no es solo un problema económico. Es un problema político.