La ilusión del salario mínimo: un aumento nominal, un sacrificio invisible
El Estado ha descubierto que, para consolidar su legitimidad, no necesita mejorar la productividad, ni reducir la carga fiscal, ni transformar la estructura económica, basta con elevar una cifra
La ilusión del salario mínimo
Pocas decisiones políticas generan tanta adhesión inmediata como la subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI). El Estado ha descubierto que, para consolidar su legitimidad, no necesita mejorar la productividad, ni reducir la carga fiscal, ni transformar la estructura económica, basta con elevar una cifra. El salario mínimo interprofesional es el ejemplo perfecto de cómo una medida puede producir un beneficio visible y un coste invisible, y por tanto convertirse en una ilusión financiera en el sentido más puro del término.
Primer mecanismo: la ilusión del aumento nominal. El Estado anuncia que el salario mínimo sube, y el trabajador percibe un incremento directo de su renta. Pero el salario mínimo no es el salario neto, es una cifra bruta que se erosiona mediante cotizaciones, retenciones y precios más altos. El trabajador cree que gana más, pero su poder adquisitivo no aumenta en la misma proporción, su aumento se desvanece. La ilusión consiste en confundir el número con la realidad. El colmo, que calificado de mínimo, se pueda plantear el hacerlo tributar.
Segundo mecanismo: la ilusión del coste cero. El Estado presenta la subida del SMI como un acto de justicia social, pero no asume su coste. Quien paga el incremento no es el Estado, sino, directamente, la empresa, a la que no se escucha, e indirectamente el ciudadano, vía repercusión de precios. Sin embargo, el Estado sí se beneficia: recauda más IRPF, más cotizaciones y más impuestos indirectos derivados del aumento de precios. La ilusión consiste en atribuirse el mérito sin asumir el sacrificio.
El SMI solo protege a quienes tienen empleo. Quienes no lo tienen pueden quedar excluidos del mercado laboral
Tercer mecanismo: la ilusión del empleo protegido. El discurso oficial sugiere que subir el SMI protege a los trabajadores más vulnerables. Pero el SMI solo protege a quienes ya tienen empleo. Quienes no lo tienen –jóvenes, parados de larga duración, trabajadores con baja cualificación– pueden quedar excluidos del mercado laboral sin que nadie perciba su sacrificio. El desempleo invisible es el más eficaz de los sacrificios ocultos. La ilusión consiste en mostrar a los beneficiados y ocultar a los excluidos.
Cuarto mecanismo: la ilusión del salario frente al coste laboral. El ciudadano cree que el SMI es lo que él recibe, pero el SMI es solo una parte del coste total del trabajador. A él se suman cotizaciones sociales empresariales que no aparecen en la nómina y que el trabajador no percibe como parte de su salario potencial. La ilusión consiste en ocultar que el coste real del trabajo es mucho mayor que el salario que el trabajador recibe.
Quinto mecanismo: la ilusión del progreso social. El Estado presenta la subida del SMI como una conquista moral, un avance civilizatorio. Pero el SMI no es un instrumento de redistribución, sino un instrumento de percepción. No reduce la desigualdad estructural, no mejora la productividad, no aumenta la competitividad. Lo que sí hace es generar una sensación de avance que refuerza la legitimidad del Estado. La ilusión consiste en transformar una decisión política en un símbolo de progreso.
Sexto mecanismo: la ilusión de la responsabilidad compartida. El Estado afirma que la subida del SMI beneficia a todos: trabajadores, empresas y sociedad. Pero la realidad es asimétrica: el beneficio es inmediato y visible; los costes son difusos y diferidos. Se manifiestan en precios más altos, en menor contratación, en menor inversión y en menor competitividad. La ilusión consiste en presentar un coste concentrado como un beneficio universal.
Séptimo mecanismo: la ilusión del contagio salarial. El Estado sugiere que la subida del SMI afecta solo a quienes lo perciben. Pero el salario mínimo actúa como un ancla que arrastra hacia arriba a los salarios inmediatamente superiores. Ningún trabajador acepta cobrar lo mismo que el mínimo legal, y las empresas se ven obligadas a reordenar toda su escala salarial. Como la mayor parte de bienes y servicios incorpora costes laborales, el incremento se traslada a los precios. El Estado, sin asumir coste alguno, recauda más IRPF, más cotizaciones y más IVA. La ilusión consiste en presentar como un acto de justicia lo que es, en realidad, un mecanismo de recaudación ampliada.
Octavo mecanismo: la ilusión de la protección patrimonial. El Estado proclama que elevar el SMI refuerza la protección de los más vulnerables, pues el salario mínimo es inembargable. Pero cuanto más alto es el mínimo inembargable, menor es la garantía que un trabajador puede ofrecer frente a un acreedor. El resultado es paradójico: quienes deberían beneficiarse encuentran más obstáculos para alquilar una vivienda, obtener crédito o firmar un contrato que implique riesgo. La ilusión consiste en mostrar la protección visible del deudor y ocultar la exclusión silenciosa del que intenta acceder al mercado.
La literatura económica ha analizado con cierto detalle los efectos del salario mínimo sobre precios, salarios y empleo. Aunque el discurso político presenta la subida del SMI como una medida de justicia social sin costes relevantes, la evidencia empírica muestra un panorama más matizado de aumentos de precios en sectores intensivos en mano de obra, contagio salarial hacia los tramos inmediatamente superiores, tensiones en el empleo de baja cualificación y restricciones adicionales en mercados donde la solvencia es determinante, como la vivienda o el crédito. La ilusión no reside en negar estos efectos, sino en presentarlos como inexistentes.
Al margen de la literatura la vida real la conoce el lector y salvo que prefiera ignorar las cosas podrá concluir que, mediante el aumento nominal, el coste invisible, la protección selectiva, la opacidad del coste laboral, la retórica del progreso, la asimetría de responsabilidades, el contagio salarial y la falsa protección patrimonial, el Estado convierte la subida del SMI en una ilusión financiera perfecta: un beneficio que se ve, un sacrificio que no se percibe. Allí donde el ciudadano cree que el Estado mejora su vida, el Estado mejora su imagen. Y allí donde el trabajador cree ganar más, el Estado recauda más. La ilusión no consiste en ocultar la realidad, sino en hacerla parecer virtuosa.