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José Manuel Cansino

Mark Carney contra la monetización recurrente de las relaciones internacionales

No se puede seguir viviendo bajo la mentira del beneficio mutuo de la integración global cuando ésta se convierte en la fuente de subordinación

Mark Joseph Carney hace unos meses, animaba a llamar al orden mundial por su nombre; un sistema de creciente rivalidad entre grandes potencias donde las más poderosas persiguen sus propios intereses utilizando la integración económica como medida de coerción. Las crisis recientes –desde la financiera de 2008 hasta la energética de 2022 y 2023– han puesto de manifiesto los riesgos de una integración global extrema.

Así se expresó Carney, economista y primer ministro de Canadá, ante el auditorio de la última reunión del Foro Económico Mundial o Foro de Davos; una reunión que concentra a buena parte de los portavoces del poder económico mundial. El discurso de Carney fue una excepción en una larga lista de intervenciones previsibles, condescendientes y repletas de lugares comunes.

Es de sumo interés releer la advertencia de Carney pues, además de la calidad de su forma, tiene la densidad de quien ha acumulado el conocimiento después de estar al frente de organismos económicos nacionales e internacionales de primer nivel. Fue gobernador del Banco de Inglaterra (el banco central del Reino Unido), presidente del Consejo de Estabilidad Financiera del G20 además de haber empezado su carrera en el mundo de las finanzas trabajando para el gigante bancario Goldman Sachs.

No se puede seguir viviendo bajo la mentira del beneficio mutuo de la integración global cuando ésta se convierte en la fuente de subordinación. Efectivamente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma, los aranceles como palanca de presión, la infraestructura financiera como medio de coerción y las cadenas de suministro como vulnerabilidades que deben ser explotadas. En otros términos advierte Carney de que los hegemones (las grandes potencias) no pueden monetizar continuamente sus relaciones internacionales.

Carney se impuso como primer ministro canadiense frente a su principal rival, el conservador Pierre Poilievre, que había recibido el apoyo del presidente estadounidense Donald Trump. El electorado pasó factura a quien se había dejado abrazar por el mismo que reivindicó la anexión de Canadá a los EE.UU.

Lo que Carney está llevando a cabo es de sumo interés y replicabilidad. Internamente ha eliminado las trabas al comercio entre provincias canadienses, algo que en España casi nadie quiere remover a pesar de que las normativas regionales y locales exigen un sobre esfuerzo y un sobre coste a las empresas que operan a lo largo del territorio nacional. En parte es «vivir dentro de la mentira». Sobre el papel hay unidad de mercado pero en la práctica se maltrata. Miles de funcionarios y la estructura de los grandes partidos tradicionales viven de gestionar estas trabas a la prosperidad común.

Carney aboga por levantar un nuevo multilateralismo pragmático que sustituya al orden internacional basado en reglas

Pero más allá de arreglar su economía doméstica, la propuesta internacional de Carney es levantar un nuevo multilateralismo pragmático que sustituya al orden internacional basado en reglas, esto es, al antiguo trato que ya no funciona. Es aquí donde se debe abordar una cuestión sobre la que pocos entran en profundidad; me refiero a la diferencia entre el nacionalismo y el patriotismo. Hoy ocupan un espacio político determinante a lo largo y ancho del Planeta.

El primero, el nacionalismo, es –en palabras de José Antonio Primo de Rivera– la exaltación del propio país por encima de todo; es, en el fondo, una manera de elevar el egoísmo individual a la categoría de egoísmo colectivo. El nacionalismo propone como alternativa a la globalización o integración económica extrema denunciada por Carney, desmontar las instituciones que soportaban el agonizante orden mundial nacido de la II Guerra Mundial sin proponer una alternativa de gobernanza que facilite la cooperación y esquive, de manera eficaz, la sumisión a las grandes potencias.

El nacionalismo puede acabar convirtiendo la extendida reivindicación de lograr soberanías como la energética, alimentaria, sanitaria o tecnológica a base de levantar muros altos. El patriotismo, en cambio, hace compatible el rechazo a vivir como cipayos de las grandes potencias sin que ello impida trabar alianzas con otros países con los que se comparten valores e intereses. Cuando esto se hace de manera acertada, se deja de vivir en la mentira del beneficio mutuo que se ha esgrimido por los diseñadores del viejo orden internacional, para poder alcanzar, mediante la cooperación, una prosperidad compartida que no mancille la dignidad de las naciones.

Carney defiende una geometría variable en los acuerdos internacionales. Para las materias primas críticas puede alcanzar acuerdos con estos socios, para la industria de la defensa con estos otros y para la defensa de determinados derechos civiles, con estas otras. Es un multilateralismo pragmático; un realismo basado en valores utilizando la propuesta para la política exterior del presidente finlandés Alexander Stubb.

Estigmatizar socialmente al patriotismo denostándolo como mero nacionalismo arancelario es un ejemplo más del periodismo de trinchera, sobrecogedor y perezoso. Anclarse en el nacionalismo chato que vive acomodado en la nostalgia es también una ruta estéril que impide las ganancias de una cooperación internacional pragmática y digna.

Oí hace unos días a Manuel Gavira, candidato de VOX a la Junta de Andalucía, analizar con su serenidad habitual, las recientes expediciones a China en busca de acuerdos comerciales. Gavira señalaba que no se podía competir por ser los más complacientes en las negociaciones internacionales con los poderosos. Curiosamente, la misma idea está en el discurso del presidente canadiense. La sensatez, con harta frecuencia, supera las trincheras ideológicas en las que los simplones nos quieren encerrar como si fueran compartimentos estancos.

Los fuertes se eximen de las reglas que aplican a los demás cuando les conviene. Hoy pitar el Himno de Egipto en un partido de fútbol es motivo de cancelación del evento; pitar, en cambio, el Himno de España, es un acto de libertad de expresión. Esto es vivir en la mentira tal y como advirtió el disidente checo Václav Havel. El orden internacional que ahora salta por los aires lleva consigo aplicar el Derecho Internacional con distinto rigor dependiendo de la identidad del acusado o la víctima. El que ahora se está construyendo está llamado a superar la sumisión como resultado intrínseco de cualquier acuerdo de cooperación y, en esto, la visión que el patriotismo aporta es, a la par, pragmática y necesaria.

  • José Manuel Cansino es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, profesor de San Telmo Business School y académico de la Universidad Autónoma de Chile / @jmcansino