¿Está siendo Ormuz para Estados Unidos lo que Suez fue para el Reino Unido y Francia en 1956?
Las comparaciones son arriesgadas en materia internacional, si bien hay elementos comunes entre el empecinamiento anglofrancés en Egipto y el estadounidense de hoy en Irán
La agencia de Operaciones Comerciales Marítimas de Reino Unido (UKMTO) ha denunciado que tres barcos han sido alcanzados en el estrecho de Ormuz
El 26 de julio de 1956, hace 70 años, el rais egipcio, Gamal Abdel Nasser, anunció a bombo y platillo, desde Alejandría, la nacionalización de la Compañía Universal Marítima del Canal de Suez. Esta empresa era de mayoría accionarial francesa, si bien la estratégica vía marítima había estado protegida desde 1882 hasta pocos meses antes del órdago de Nasser por tropas británica.
Esa misma noche tuvo lugar en Downing Street una reunión de crisis presidida por el primer ministro conservador sir Anthony Eden, en presencia de los principales ministros y de los jefes militares, a la que también fue asociado el embajador francés ante el Reino Unido, Jean Chauvel.
Era la prueba fehaciente de que Londres y París no estaban dispuestos a que Nasser, a quien consideraban un peligroso dictador, actuase de forma tan directa contra unos intereses que tenían por vitales. Lo que aún no sabían las dos viejas potencias imperiales es que, al favorecer desde el principio la opción militar para recuperar el control del Canal de Suez –pues la Conferencia de Londres, celebrada en agosto, fue vana–, estaban enterrando definitivamente su menguante influencia en Oriente Medio.
Pese a que algunos diplomáticos ya vislumbraban el peor de los escenarios –sir Evelyn Shuckburgh en The Road to Suez es uno de ellos– ambos gobiernos apostaron por la escalada durante los meses de septiembre y octubre. Como había que justificar una operación difícilmente justificable, británicos y franceses –los primeros, con reticencias– convencieron a Israel para que invadiese Egipto por el Sinaí y así poder disponer ellos mismos de un motivo que les permitiera intervenir en el Canal para «separar» a los contendientes. En realidad, para asfixiar al país árabe.
Este plan cínico empezó a ponerse en marcha el 31 de octubre con la brillante operación israelí, dirigida por el general Moshe Dayan. Londres y París dieron, como previsto, un ultimátum que Egipto no aceptó. Por eso, el 5 de noviembre los dos países occidentales empezaron a desplegar un cuerpo expedicionario de 35.000 soldados. Los paracaidistas británicos tomaron el importante aeródromo de Tamil, mientras que los franceses hicieron lo propio en Puerto Fuad, limítrofe con Puerto Said, donde empieza el Canal.
La Operación Mosquetero seguía su curso, algo a trancas y a barrancas. Mas todo se truncó el 7 de noviembre cuando el presidente de Estados Unidos, Ike Eisenhower, con el apoyo, por una vez, de la Unión Soviética puso fin a la aventura anglofrancesa. Lo consiguió, entre otros medios, provocando la caída de la libra esterlina. Londres y París estaban ganando en el plano militar, pero habían sufrido una derrota estratégica irreversible: habían dejado de mandar en Oriente Medio.
70 años después, muchos analistas ven posibles, con las reservas de rigor, algunas comparaciones entre la fallida aventura anglofrancesa y la que Donals Trump lleva mes y medio emprendiendo en Irán. La historia suele repetirse, aunque con matices y, sobre todo, diferencias.
En primer lugar, se podría alegar como punto común la defensa de los intereses petrolíferos: el Canal de Suez era, y sigue siendo, una vía esencial para la circulación del crudo como lo es hoy, y con más importancia, el estrecho de Ormuz.
En segundo lugar, cabe señalar la alineación, prácticamente sin fisuras, de Estados Unidos con los intereses de Israel, como el Reino Unido y Francia en 1956: este país era entonces el principal suministrador de armas del Estado hebreo, especialmente de su fuerza aérea.
En tercer lugar, es importante señalar las disensiones existentes en las cúpulas dirigentes de los atacantes: las de la Casa Blanca sobre la intervención en Irán afloran cada vez con más visibilidad. Las de 1956 ya han sido diseccionadas por los historiadores, pues había halcones tanto en el Gobierno conservador británico de entonces (el marqués de Salisbury, el último victoriano), como en el Gobierno francés de centro izquierda, siendo el principal de ellos, el ministro de Defensa, Maurice Bourgès-Maunoury, gran amigo de Israel. También había partidarios de la desescalada en ambos gobiernos.
Cuarto lugar: las divergencias de apreciación entre políticos y militares. Como escribía recientemente Niall Ferguson en The Times: «El riesgo de un cierre del estrecho de Ormuz está bien identificado por el jefe de estado mayor norteamericano, el general Dan Caine, pero está minimizado por la Casa Blanca, en parte por una coordinación fallida entre las administraciones». Una situación que recuerda a las dudas planteadas hace 70 años por el jefe del Estado mayor británico, el general sir Gerald Templer: recuperar el Canal está muy bien, pero ¿qué hacemos después? ¿disponemos de recursos militares suficientes para una hipotética presencia militar larga en Egipto? Una alusión a la persistente indefinición estratégica una vez iniciada la operación militar: derrocar al régimen de los ayatolás, de acuerdo, pero ¿qué se hace después?
En quinto lugar, conviene recordar una de las leyes de hierro de las relaciones internacionales, que recomienda no desatar operaciones simultáneamente en frentes distintos que, a veces, no tienen nada que ver entre sí. ¿De verdad estuvo acertado el ministro francés, el socialista Guy Mollet, al enviar 17.000 soldados a Egipto cuando ya tenía a más de 300.000 desplegados en Argelia? ¿Por qué Trump se mete de lleno en el Golfo Pérsico, cuando el escenario ucraniano sigue muy inseguro y el venezolano dista mucho de estar estabilizado? Y amenazando cada 15 días con intervenir, no sin razones, en Cuba. Bien es cierto que la capacidad militar de Estados Unidos de ahora es infinitamente superior a la de la Francia de entonces.
Sin embargo, hay que saber dosificarla y gestionar los tiempos, algo en lo que Londres y París fracasaron estrepitosamente en 1956. La lista no es exhaustiva y las comparaciones históricas suelen ser azarosas. Mas está demostrado que cuando una potencia interpreta erróneamente los nuevos escenarios, empieza a ver cómo se erosiona su estatus, sacando provecho la potencia en espera: en este caso, China.