El economista y politólogo Miguel Anxo Bastos con su libro 'Lo pequeño es posible'
Entrevista
Miguel Anxo Bastos: «Eliminar las autonomías, como dice Vox, no es propio de un partido de derechas»
El economista y politólogo de la Universidad de Santiago de Compostela defiende que tener estados más pequeños y una mayor descentralización sería mejor para todos
Miguel Anxo Bastos (A Bouciña, Lavadores, Vigo, 1967) es economista, politólogo y profesor de Ciencias Políticas y de la Administración en la Universidad de Santiago de Compostela. Especializado en el ámbito de las políticas públicas y los movimientos sociales contemporáneos, es conocido por su defensa del liberalismo económico y considerado por muchos como uno de los principales defensores del anarcocapitalismo y el paleolibertarismo. Él se define culturalmente como un conservador de derechas. Acaba de publicar Lo pequeño es posible, en el que reivindica poder debatir sobre el mayor interés de un poder más descentralizado, con estados más pequeños y cercano a los ciudadanos, y de aligerar el peso del Estado central.
—Lo primero que me ha venido a la cabeza al leer su libro es la propuesta de Vox de eliminar las comunidades autónomas para ahorrar costes. Usted dice lo contrario. ¿Por qué?
—La derecha no es eso. El jacobinismo es el enemigo de la derecha que aparece para eliminar los poderes locales, o los poderes que pueden hacer frente al gobierno central. La Revolución Francesa acaba con los parlamentos nacionales. No sé cómo puede encajarse eso con una tradición de derechas.
—¿Piensa que con esa idea Vox se parece más al franquismo?
—Claro, que aquí se asocia con la derecha, y tenía algunas cosas muy de derechas, pero en muchas otras cosas era una tradición, en su origen, de corte fascista, y el fascismo no es una ideología que provenga precisamente de la derecha, ni que se identifique con ella.
—Su pensamiento y su libro encaja más bien con un modelo anglosajón, en el que los políticos estén más cerca.
—Claro, que puedas verlos, conocerlos, incluso reñirlos en persona. Además, cuantos menos somos en los estados, más evidentes se hacen los costes.
—En España vamos al revés: más peso del Estado. Su modelo propone más cercanía y transparencia.
—Y elementos como la competencia fiscal entre territorios, que también es un elemento liberal y tradicionalmente positivo. Lleva a mejoras y a un mejor conocimiento de las realidades de cada territorio. No es un tema nuevo. Está estudiado en la academia. Lo que hago es trasladar estas ideas. Siempre me ha fascinado la descentralización y la fragmentación política; la idea de las constelaciones de estados: una misma unidad nacional que está fragmentada en muchas unidades políticas. Le fascinaba mucho a pensadores como Leopold Kohr. En las polis griegas todos eran griegos de cultura, pero estaban fragmentados en cien unidades políticas. Pasaba lo mismo con las ciudades estado del Renacimiento. Incluso leí que en Castilla llegó a plantearse algo de esto: crear una Castilla fragmentada como Italia, con ciudades estado castellanas. En aquellos tiempos no era nada extraño: Alemania, Italia o los Países Bajos estaban así. Triunfó otro modelo, que fue el Estado nación, pero no era la única forma política posible.
—Para que se diera ahora, tendría que haber un Estado central dispuesto a delegar responsabilidades en las comunidades autónomas, y que los gobernantes centrales pensaran en el bien común. No parece que estemos en esa situación.
—No. La lógica política lleva a que el gobernante central quiere mantener el máximo posible. No quiere delegar el poder, básicamente porque así su base fiscal aumenta y tiene más capacidad de imponer medidas. Esta es la lógica que llevó a la construcción de los Estados nación con la Revolución Francesa, pero no encaja bien con un modelo conservador. Los conservadores americanos, por ejemplo Robert Nisbet, van en esta línea de descentralización. Lo contrario es cosa de los demócratas y de Roosevelt.
—¿Qué modelo hay ahora del Estado pequeño que usted defiende?
—Liechtenstein. Es un país que no llega a 100.000 habitantes, pero cada uno de sus municipios tiene derecho constitucional de secesión. Esto incluye un municipio de 450 habitantes, que tiene derecho a separarse si lo desea, pero no quiere marcharse, porque sus habitantes están cómodos. Las relaciones sólidas se fundan cuando uno quiere estar con otro, como pasa en todos los ámbitos.
—¿Qué otros modelos le gustan en Europa?
—En Europa no solo está el modelo francés o el italiano. Está, por ejemplo, el de Suiza. Fue el único país de habla alemana que no quiso unirse al Reich. Prefieren estar con los italianos, con los franceses... Cada uno de sus cantones tiene unas competencias muy amplias. En ellos conviven varios idiomas, varias formas tributarias y se llevan razonablemente bien. Es uno de los países más antiguos de Europa, y probablemente de los más sólidos, porque se llevan bien entre ellos y están descentralizados. No hay tensiones, aunque podría haberlas.
—¿Cómo ve la evolución del modelo autonómico español?
—España está creciendo mucho en autonomía. Me gustaría mucho llegar al federalismo fiscal. Sé que tiene mala prensa, pero para mí las autonomías han sido un éxito, comparando con los vecinos, si se miran las tasas de crecimiento. Tenemos que mantener muchas unidades políticas, y depende de lo que cueste. Suiza es muy barroca: tiene muchas unidades políticas, pero los impuestos son más bajos que aquí. El gasto público más alto lo tiene Francia, y no tiene ninguna unidad de este estilo: las unidades centrales gastan más y, seguramente, con un control menor.
—¿Le parece abusivo el modelo del País Vasco, Navarra y Cataluña?
—¿A qué se llama abusivo? Ellos negocian con los votos que tienen. Si Vox o el PP se abstuvieran, ya no tendrían fuerza ninguna. Si las fuerzas nacionales no se ponen de acuerdo entre ellas, no es culpa de los catalanes o de los vascos. Si no se ponen de acuerdo y hace falta mi voto, yo lo vendo. A mí el modelo de fueros o de conciertos me gusta mucho. Ya existían en tiempos de Franco: los tenían Navarra y Álava, y no se consideraba un castigo. Las comunidades autónomas compiten entre sí, y normalmente la competencia fiscal es buena. Si una comunidad autónoma hace algo bueno, se copia, y si comete un error, se circunscribe a quien lo hizo. Es el modelo que hizo grande a Europa. El éxito de Europa es haber estado fragmentada. Europa no ha estado unida jamás, y ese ha sido su éxito. Lo dicen varios autores; entre ellos, el Premio Nobel de Economía de este año. Si no, habríamos acabado como China. Esa competencia y dinamismo que ha tenido el continente europeo solo se explican por la fragmentación, y solo ahí puede surgir el capitalismo. Lo que yo quiero construir es la lógica de la escala en política. No habla de temas nacionalistas ni de ese estilo. No sé dónde está escrito que una nación cultural tenga que estar en un solo estado. La cultura alemana es una, y está dividida en varios estados: Alemania, Austria, los cantones alemanes de Suiza e incluso algunos incluyen los Países Bajos. Cuanto más pequeño es el Estado, más rico es dentro de esa su cultura. Los cantones suizos son más ricos que Austria.
—En el libro pone una potencial agresión exterior o una invasión como principal desafío de los estados pequeños. ¿Ve otros para España, como la sanidad pública, por ejemplo?
—El año pasado estuve en Andorra, y allí hay sanidad. No llega a 100.000 habitantes. La descentralización no implica que no pueda haber conciertos o convenios. Puede haber cantones que compartan el servicio de bomberos, por ejemplo. Puede haber hospitales de referencia a los que ir cuando haga falta, como ocurre en España. Habiendo buena voluntad, no sé por qué no puede llegarse a acuerdos de ese estilo. En cuanto a la defensa, Europa nunca fue invadida porque estaba dividida en cientos de estados.
—Usted dice también que se ha extendido la idea errónea de que un mayor tamaño del Estado favorece el libre comercio. ¿Cómo ve esa idea en el actual contexto de grandes bloques liderados por Estados Unidos y China?
—Con Trump estamos viendo la pretensión de ser autosuficiente por parte de un estado grande, y cómo no lo es. En otros tiempos podía ser, pero hoy en día no lo puede ser.
—Comenta que una nación ha de de tener unas características comunes, y se puede pensar que también tendría que relacionarse con países con los que tenga una afinidad. ¿Qué le parece el acercamiento de Sánchez a China?
—No digo que lo vea bien, pero si te amenazan con represalias o con apoyar hipotéticamente a Marruecos, no vas a quedarte quieto. No es solo una cuestión de España. Canadá tampoco lo está haciendo.
—Con el bagaje que le dan sus años de estudio y el libro que acaba de publicar, ¿qué medidas plantearía para España?
—Distingo España del Estado español. España está culturalmente más unida que nunca, pero podría fragmentarse políticamente en el futuro. Ya lo estuvo en otros tiempos, y no pasaría gran cosa. España, seguramente, podría prosperar bastante. La mayor parte de las secesiones no se debe a movimientos nacionalistas, sino a que toca. Empiezas de cero y no pasa nada. Lo importante no es el tamaño del Estado, sino el sistema económico que tienes. Cuando planteas una hipotética secesión de Cataluña, no sería solo de Cataluña. Habría una Asturias, una Castilla... Habría, seguramente, varias unidades políticas dentro de España. Es una situación hipotética. Lo que sí me gustaría sería que España, sin salirse del actual marco, fuera más descentralizada, sobre todo en el ámbito fiscal. Llevaría a sistemas de competencia, y la situación mejoraría. Puede haber secesiones por mil motivos distintos, y no tienen por qué ser necesariamente malos. La lógica histórica nos lleva a que el número de estados se está incrementando, y su tamaño es necesariamente menor. Ya pasó la época en la que se buscaban grandes espacios de integración. Estamos con otros modelos, porque la Unión Europea no ha sido precisamente un modelo de éxito. Otra cosa es el mercado común. No es igual que se pacte un acuerdo entre una serie de estados a que se cree una superestructura por encima como es la Unión Europea. Lo primero me parece bien; lo segundo, ya no me gusta tanto.