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De las Cuentas del Gran Capitán a la ilusión del control y la justicia en el Gasto Público

El gasto público se ha convertido en el arte de prestidigitación, en un océano donde todo flota y nada se hunde, en una niebla espesa donde todo se diluye

Si Fernando el Católico pecó por exceso de celo, nuestras instituciones pecan por defecto de exigenciaEl Debate / Asistido mediante IA

Hay episodios históricos que funcionan como espejos: uno se asoma a ellos buscando el pasado y, sin querer, descubre reflejado el presente. Entre esos episodios brilla –o más bien arde– el célebre desencuentro entre Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán; y Fernando el Católico, cuando el monarca exigió cuentas minuciosas de la campaña de Nápoles.

La respuesta del militar, ya legendaria, fue una enumeración tan absurda como certera:

«Cien mil ducados en picos, palas y azadones para enterrar a los muertos enemigos»

«Cien mil ducados en guantes perfumados para preservar a mis tropas del hedor de los cadáveres»

«Cien mil ducados en limosnas para que los frailes rezaran por las almas de los caídos»

Era una sátira, sí, pero también una denuncia: cuando la petición de cuentas es injusta, la respuesta solo puede ser irónica. El Rey no buscaba transparencia, sino sumisión. Y el Gran Capitán, que había ganado un reino para la Corona, se negó a ser tratado como un contable sospechoso.

Hoy los sospechosos son los ciudadanos sujetos a un control exhaustivo, que, por otra parte parece aplicarse arbitrariamente si se mezcla lo político de por medio. Pero esa es otra historia.

Lo cierto es que, desde el Renacimiento a la Administración Contemporánea, cinco siglos después, la paradoja es que hemos invertido los papeles. Hoy nadie exige cuentas con el rigor del Rey Fernando. Los criterios materiales de justicia están desterrados del Gasto Público. No porque hayamos aprendido a confiar, sino porque hemos aprendido a no mirar y tan si quiera exigimos establecer tales criterios.

El gasto público se ha convertido en el arte de prestidigitación, en un océano donde todo flota y nada se hunde, en una niebla espesa donde todo se diluye:

- Programas que nacen sin evaluación previa.

- Subvenciones que se perpetúan por inercia.

- Políticas públicas cuyo éxito se mide por el dinero gastado, no por los resultados obtenidos.

-Administraciones que confunden «ejecutar presupuesto» con «servir al ciudadano».

- Y por otro lado gastos legítimos y necesarios que no se ejecutan (véase v. gr. desde el 2022 el Plan Nacional de ELA)

Si Fernando el Católico pecó por exceso de celo, nuestras instituciones pecan por defecto de exigencia. Y en ambos casos, el resultado es el mismo: la distorsión del sentido de la responsabilidad.

Ya está advertido que los gobiernos tienden a ocultar el coste real de sus decisiones, envolviéndolo en retórica, complejidad técnica o sentimentalismo político.

Hoy, en lugar de «picos, palas y azadones», tenemos: «Planes estratégicos de impacto transversal», «Fondos de resiliencia y transformación», «Inversiones de cohesión territorial». Se trata de difuminar la relación entre gasto y beneficio, entre coste y responsabilidad.

Cada término funciona como un velo. No oculta el gasto –eso sería demasiado burdo–, sino su sentido. Se gasta, sí, pero ¿para qué? ¿Con qué resultado? ¿A favor de quién? Preguntas que se consideran de mal gusto, como si el ciudadano debiera limitarse a aplaudir la magnitud del presupuesto sin preguntar por su destino.

El Estado contemporáneo ha perfeccionado un arte que los viejos monarcas apenas intuían: el arte de hacer que el ciudadano acepte como natural lo que no entiende.

No se trata de engañar, sino de saturar. No de ocultar, sino de dispersar. No de justificar, sino de emocionar.

El contribuyente moderno no protesta porque no sabe dónde empieza el despilfarro ni dónde termina la necesidad. Y, ante la duda, prefiere callar. El silencio fiscal es la gran conquista de nuestro tiempo.

¿Qué nos enseña el Gran Capitán?

Que la rendición de cuentas solo es legítima cuando es justa, proporcional y orientada al bien común. Y que la ausencia de control no es libertad, sino desorden.

El Gran Capitán respondió con ironía porque la petición era injusta. Nosotros, ciudadanos del siglo XXI, deberíamos exigir frente al Estado justicia en materia de gasto público.

Ayer, un rey pedía cuentas para afirmar su poder. Hoy, un Estado evita dar o pedir debida cuenta para no ponerlo en riesgo.

Conclusión: entre la sátira y la realidad

La historia de las Cuentas del Gran Capitán no es solo una anécdota militar: es un recordatorio de que la transparencia no es un capricho, sino un pilar del buen gobierno.

Hoy no basta enumerar gastos absurdos para denunciar una injusticia; necesitamos criterios claros, evaluaciones rigurosas y una cultura política que entienda que aumentar el gasto sin más no es gobernar.

El Estado sigue exigiendo en la praxis sumisión al recaudar, pero el ciudadano sigue esperando algo tan sencillo como revolucionario: que el dinero público se administre con la misma seriedad con la que el Gran Capitán administró sus victorias.