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Aunque el imaginario sobredimensionado de una agricultura ecológica generalizada nos eclipse el pasado como si, a lo Orwell, nunca hubiesen existido otras formas de cultivo, la historia cierta es que desde los años 50 del siglo pasado la introducción de fertilizantes, pesticidas y la mecanización del trabajo en el campo multiplicó la producción de alimentos y resultó determinante para luchas contra las hambrunas.

Junto a lo anterior y como si de un gran descubrimiento se tratara, la policrisis permanente que envuelve al planeta hace que la mayoría de los analistas adviertan de que el control sobre los flujos de materias primas alimentarias puede ser un medio para coaccionar a los adversarios. Nada nuevo bajo el sol. Siempre han sido un medio de coacción; sólo cambia el orden de magnitud por el volumen de población impactada y por la sofisticación de medios para aplicarlo. En los contextos de la guerra híbrida en la que se manifiesta un mundo en policrisis, los alimentos y los fertilizantes se han convertido en reforzadas herramientas geopolíticas. En palabras de Sergio Soler, la alimentación vuelve a ser un vector de poder, como cuando se sitiaba una ciudad a la espera de su rendición o cuando España y Portugal rompieron el monopolio veneciano del comercio de especias.

El comercio internacional de materias primas de alimentación, como casi cualquier comercio, nace del hecho palmario de que las capacidades productivas son desiguales por países lo que convierte a unos en exportadores netos y a otros en importadores netos. Aguas arriba, si los cultivos dependen crucialmente de los fertilizantes, el comercio internacional de estos también tiene su razón primigenia en que las principales potencias fabricantes son las suministradoras de las principales agriculturas productivas del mundo. Por aquí es por donde asoma la cabeza el bloqueo del Estrecho de Ormuz y, avant la lêttre, su impacto en la inmediata producción agrícola mundial.

Entre el 20 % y el 30 % de las exportaciones globales de fertilizantes, incluidos urea, amoníaco, fosfatos y azufre, pasan por este estrecho, según escribe Mar Hidalgo, investigadora del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE), dependiente del Ministerio de Defensa. El precio de los fertilizantes ha subido marcadamente por el conflicto en el Golfo Pérsico. Por ejemplo, el precio de la urea está acoplado al del gas natural. Los daños provocados por los ataques iraníes a la ciudad industrial de Ras Laffan (Catar) pueden –aunque sobre esto no hay consenso– haber reducido su capacidad de exportación de GNL anual en un 15 %. Sorprende, sin embargo, que la subida del precio de la urea haya sido mucho más marcada que la del gas natural. Las primas de seguros de los fletes también se han encarecido. Hoy, poner un plato en la mesa cuesta casi un tercio más que antes de la pandemia. La subida de la cesta de la compra es percibida como una señal de fallo del sistema, explica Sergio Soler en un documento del IEEE.

Hidalgo señala también que en contra de la exportación de fertilizantes desde el Golfo Pérsico juega la prioridad de salida en los puertos, de por sí afectados por la guerra, del petróleo y del GNL que resultan más rentables. Pese a la extensión de la agricultura ecológica, a nivel mundial sigue siendo muy fuerte la relación entre combustibles fósiles, fertilizantes y producción de alimentos. El consumo de fertilizantes se ha multiplicado por más de seis; pasó de 31 megatoneladas en 1961 a 195 en 2021. Principalmente, así ocurrió con los fertilizantes inorgánicos basados en nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K) que ofrecen una forma eficaz de proporcionar nutrientes adicionales al suelo para aumentar el rendimiento de los cultivos. Una objeción, sin embargo, notable a esta tendencia la señala el ingeniero agrícola español Eusebio León, uno de los principales expertos mundiales, al mostrar los logros obtenidos con nutrientes orgánicos.

Marruecos, una potencia con problemas

Muy importante resulta analizar el impacto en la cadena global de suministros que estos países tienen, no sólo como proveedoras directas de fertilizantes, sino indirectas a través de la exportación de componentes esenciales que permiten su fabricación en otros países.

El caso de Marruecos es paradigmático. La empresa estatal Office Chérifien des Phosphates (OCP) es el mayor productor mundial de fosfato, controla aproximadamente el 70 % de las reservas mundiales, es de sangrante recuerdo para España en su momento responsable de la explotación en el Sáhara de los yacimientos de Fos Bucráa y se encuentra geográficamente alejada de la guerra con Irán. Pero la empresa marroquí tiene el cuello de botella de su dependencia de la importación de azufre. De hecho, importa aproximadamente 3,7 millones de toneladas métricas de azufre al año desde el golfo Pérsico. En esta región se produce azufre como subproducto del procesamiento de hidrocarburos. Sin azufre, en forma de ácido sulfúrico, es imposible el procesamiento del fosfato marroquí, con el agravante de que el azufre no tiene sustitutos en la producción de fertilizantes, ya que el ácido sulfúrico se utiliza para convertir la roca fosfática en fosfatos de amonio.

No sólo Marruecos. China depende de las importaciones para el 47 % de su suministro de azufre. Más de la mitad de esas importaciones provienen de seis países del golfo Pérsico. En el caso del gigante asiático, la situación se agrava, igual que en la India, si se limita su acceso a la urea, para cuya fabricación es necesario el amoniaco extraído del gas natural. Precisamente esto ocurre ante la inminente temporada de siembra del arroz y el maíz en la India, que comienza entre junio y julio. Sobre la importancia del arroz en la dieta asiática y mundial no es necesario añadir ni una sola palabra. Sustituyendo el arroz por la soja o el maíz, las restricciones anteriores alcanzan a otras potencias agrícolas de diferentes continentes como Brasil, Argelia y Egipto. El África subsahariana importa el 19 % de los fertilizantes de Oriente Medio. En algunos países, este porcentaje alcanza niveles preocupantes, como en Sudán y Tanzania, que importan el 54 % y el 31 %, respectivamente, en palabras de Mar Hidalgo. Por cierto, Argelia y Egipto son los principales proveedores de fertilizantes a España, aunque también cuenta con una notable producción propia.

Un efecto no previsto de la vulnerabilidad de la cadena de suministro son las posibilidades que traslada a la fabricación de e-amoníaco a partir de Hidrógeno verde, vector energético en el que España ha realizado una fuerte apuesta a través de la empresa Moeve en Algeciras. En un plano muy diferente, también ha dado alas a la poli sancionada Bielorrusia por su capacidad exportadora de fertilizantes potásicos. En todo esto, la financiarización del sector también tiene su importancia. Señala acertadamente Soler que el acceso a coberturas de riesgo determina qué explotaciones pueden soportar una mala cosecha, una sequía prolongada o un shock logístico.

Desde una importancia relegada por décadas, el suministro de alimentos (y fertilizantes) se hace un hueco en la geopolítica al nivel de la sanidad, la energía, la defensa y los datos. Efectivamente, es un instrumento diplomático y configurador del equilibrio de poder. También es un vector electoral. Que España, gran potencia agroalimentaria mundial, lo sepa utilizar o no es cuestión aparte que depende de su voluntad y habilidad.

​José Manuel Cansino es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, profesor de San Telmo Business School y académico de la Universidad Autónoma de Chile / @jmcansino