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Contra toda lógica económica el comportamiento del Índice de Precios al Consumidor en Estados Unidos correspondiente a junio de 2026 (publicado a mediados de julio por la Oficina de Estadísticas Laborales), mostró una moderación superior a la esperada. La variación interanual (12 meses) se situó en el 3,5 % lo que supone un descenso significativo respecto al 4,2 % registrado en mayo (un -0,4 %). También IPC subyacente — que excluye alimentos frescos y energía- bajó al 2,6 % (frente al 2,9 % de mayo), situándose en su nivel más bajo en años.

Ni las subida de aranceles (que ha supuesto una importante inyección para el Tesoro americano) ni el cierre del Estrecho de Ormuz están golpeando los bolsillos de las familias americanas. Ni siquiera se puede invocar que existe un retraso en el aumento de los precios porque los distribuidores se sobreestocaron antes de la entrada en vigor de los nuevos aranceles. Ha pasado ya tiempo suficiente para «pasar» los incrementos de precios a los presupuestos familiares.

Desde luego, un dólar fuerte ayuda a paliar la denominada «inflación importada», pero no es el objetivo de ningún gobierno, tampoco del de Trump, tener una moneda fuerte que reste competitividad en el exterior a los productos Made in USA.

Con ese escenario, el banco central del EE.UU. La FED no tiene argumentos para bajar los tipos de interés, especialmente si se tiene en cuenta que los datos de empleo son buenos. El Banco Central Europeo –pero también el de Japón– ha tomado el camino contrario, apostando por una subida de tipos de interés precautoria contra un repunte de la inflación que es más de manual que de medición estadística efectiva. El caso japonés tiene un fundamento distinto que hay que encontrar en la debilidad de su moneda frente al dólar americano.

Los ataques israelíes y norteamericanos han dejado las infraestructuras de refino y exportación energética esencialmente sin daños

En relación con lo anterior, hay que reparar en los movimientos del precio del petróleo. La verdad es una de las primeras víctimas en todas las guerras. En la de Irán, también. Los ataques israelíes y norteamericanos han dejado las infraestructuras de refino y exportación energética esencialmente sin daños. Solo de esta forma se explican caídas del precio del barril de petróleo en 30 dólares con solo anunciar un alto el fuego, pese a solo durar unos pocos días.

Los ataques norteamericanos a la isla de Jarg se parecen al juego terrorífico de quien dispara a los pies de alguien, obligándolo a bailar para sortear las balas en mitad de una angustia extrema. Aunque geográficamente se sitúa en la parte norte del Golfo Pérsico (a unos 25 km de la costa continental iraní y al noroeste del estrecho de Ormuz), la isla de Jarg está estrechamente ligada al tráfico del estrecho, ya que concentra casi todas las exportaciones. Alrededor del 90 % del petróleo crudo de exportación de Irán sale de la terminal petrolera de la isla. Además, todo el tráfico de superpetroleros que cargan en Jarg debe cruzar obligatoriamente el estrecho de Ormuz para salir al océano Índico y llegar a los mercados internacionales. Ruido caro, muy caro, pero sin nueces.

En definitiva, asistimos a un panorama de precios global en las principales potencias económicas que refleja un proceso de desinflación progresiva, aunque a velocidades diferentes y con retos estructurales propios en cada región. Todo lo contrario de lo que pronostica la Teoría Económica convencional cuando se generalizan los repliegues de las economías nacionales tras el parapeto de los aranceles de represalia o se cierra una ruta comercial clave. Ojo, además, Irán ha vuelto a amenazar con cerrar el acceso al Canal de Suez por el estrecho de Bab el-Mandeb con nuevas intervenciones terroristas de los rebeldes hutíes.

En definitiva, las expectativas de subidas de tipos de interés por los bancos centrales pierden fuerza en casi todas las economías del planeta. El verano nos deparará algún susto financiero. Las operaciones se ralentizan y cualquier movimiento puede aparecer como una reacción sobredimensionada, pero nada que, visto en perspectiva, siga sin alterar marcadamente los precios. Dicho lo anterior con toda la precaución que recomienda haber cerrado 2025 con 65 conflictos armados abiertos, un número que supera al del año anterior, que ya batió el récord tras la finalización de la II Guerra Mundial. Bien parece que el único precio que sube es el de las camisetas de la selección española de fútbol, que han convertido en prenda vintage a las que tenían una solitaria estrella de alférez bordada en el pecho.

  • José Manuel Cansino es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, profesor de San Telmo Business School y académico de la Universidad Autónoma de Chile / @jmcansino