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La imposibilidad de acumular patrimonio lleva a los jóvenes a volcar su renta en bodas, viajes y experiencias

La subida del alquiler y la falta de expectativas de ahorro empujan a las nuevas generaciones hacia el consumo inmediato

Se siguen casando y prometiendo amor eterno pese a los precedentes de rupturas y divorcios. También a pesar de la subida de los precios y el considerable estancamiento de los salarios. Hoy la tendencia evidencia que las prioridades de consumo han cambiado entre los Boomers y la Generación Milenial y Z. Estos dos últimos colectivos se dan por vencidos en la batalla por tener una vivienda a su nombre y prefieren gastar sus (pocos) recursos en contraer matrimonio.

Las nuevas generaciones leen la vida desde una óptica distinta a la de sus progenitores, cuya lógica de consumo ya ha pasado de estar de moda. Prefieren las experiencias, aunque su financiación suponga recortar en ropa de temporada, tecnología y/o algún capricho caro. Concretamente, los Zetas son los más dispuestos a aumentar su desembolso en nuevas vivencias: un 72 % frente al 36 % de los baby boomers, según datos de Mastercard. Cada vez es menos la cantidad de capital canalizada hacia inversión productiva y más la destinada hacia el consumo. Los viajes y el turismo (93 %), la gastronomía (88 %) y las experiencias relacionadas con el cine (86 %) encabezan las preferencias de gasto de las nuevas generaciones.

Viven el presente –porque del mañana nadie sabe– y reasignan sus desembolsos conforme a este, ya que cualquier hito patrimonial se antoja inalcanzable. La vivienda ha dejado de ser el eje alrededor del cual se organiza la economía doméstica; el ahorro, en paralelo, ha dejado de percibirse como útil, perdiendo toda capacidad de seducción. En apenas una década, el gasto ha vivido una metamorfosis. «Lo que ha cambiado no es solo cuánto gastan los jóvenes, sino la naturaleza del desembolso: es un consumo más fragmentado, más emocional y más orientado a las experiencias que a los bienes duraderos», explica Álvaro Quesada, responsable de la fintech Lightyear en España.

La inmadurez o la falta de disciplina son los mitos más cómodos para explicar los comportamientos modernos. Sin embargo, el problema no deriva de la insensatez, sino que surge de la «falta de expectativa», subraya Quesada. De hecho, se trata de una adaptación racional frente a la inseguridad del largo plazo. El experto asegura que responsabilizar a los tres euros del café de especialidad o al brunch del domingo post gimnasio es una forma muy conveniente de no poner sobre la mesa el precio de la vivienda o los salarios. «Antes de hablar de despilfarro, hay que mirar cuánto margen real de ahorro le queda a alguien después de la vivienda». Y, hoy en día, el alquiler se consume más del 50 % del sueldo.

Ahorrar es, en esencia, un ejercicio de confianza: renunciar a una satisfacción inmediata con la expectativa de obtener un beneficio mayor o mejorar la posición económica en el futuro. Esa lógica empieza a resquebrajarse cuando el horizonte solo ofrece dudas y ninguna prueba de recompensa tangible. La economía conductual lleva décadas estudiando este fenómeno, al que denomina descuento hiperbólico, un sesgo por el que las recompensas lejanas pierden peso frente a la gratificación que ofrece el ahora.

«La percepción de la caída de la movilidad social no solo afecta al ánimo. También incide en cómo se reparte el dinero entre hoy y mañana, remando siempre a favor del hoy». Un viaje, un concierto o una celebración ofrecen una recompensa emocional inmediata, compartida y, además, susceptible de ser exhibida en redes sociales. Ahorrar, en cambio, proporciona un beneficio silencioso, abstracto y diferido en el tiempo.

Ante este contexto, el presente concentra cada vez más recursos mientras el futuro queda progresivamente sin financiación. Esta combinación dificulta la acumulación de patrimonio y amplía la brecha entre quienes pueden construir riqueza mediante el ahorro y quienes dependen, cada vez más, de la red familiar. Si esta tendencia se consolida, la consecuencia no solo será una generación con menos propiedades, menor colchón financiero, más vulnerabilidad ante crisis y peores condiciones de partida para la jubilación, sino que también viviremos en una sociedad en la que el esfuerzo pese cada vez menos frente al patrimonio heredado. Eso sí, todos casados.