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El espejismo del dinero de papel: anatomía de una ilusión revolucionaria

Allí donde la tributación directa provoca protesta, y el endeudamiento exige disciplina, el dinero fiat, esto es el dinero que no se apoya en nada salvo en la voluntad del Estado y en la credulidad del ciudadano, ofrece una vía más cómoda: permite al Estado apropiarse de la riqueza social sin admitirlo

Contra la ilusión de continuidadEl Debate / Asistido mediante IA

Entre todas las ilusiones que los Estados han cultivado para dominar a los pueblos, ninguna ha sido tan seductora ni tan devastadora como la ilusión monetaria. En la Francia revolucionaria, esta ilusión alcanzó su forma más pura: la creencia de que el Estado puede crear riqueza mediante el simple acto de imprimirla.

Los legisladores de 1790, inflamados por la retórica de la libertad y cegados por la urgencia del déficit, descubrieron en el papel moneda un instrumento perfecto para ejercer el poder sin resistencia. Allí donde la tributación directa provoca protesta, y el endeudamiento exige disciplina, el dinero fiat, esto es el dinero que no se apoya en nada salvo en la voluntad del Estado y en la credulidad del ciudadano, ofrece una vía más cómoda: permite al Estado apropiarse de la riqueza social sin admitirlo, sin explicarlo y sin pedir permiso.

El mecanismo es simple. Primero, se declara que la nación carece de circulante. Después, se proclama que la solución consiste en crearlo. Finalmente, se reviste la operación con un ropaje moral: se afirma que el nuevo dinero no es un artificio, sino un acto patriótico, un instrumento de regeneración nacional. Así, la emisión de papel se convierte en virtud, y la prudencia financiera en traición.

Los revolucionarios franceses siguieron este guion con admirable fidelidad. Confiscaron las tierras de la Iglesia -para los revolucionarios un botín acumulado durante siglos- y lo presentaron como respaldo sólido de los assignats, un papel moneda supuestamente respaldado por las tierras confiscadas a la Iglesia, pero en realidad sostenido por la ilusión de que el Estado puede crear riqueza con tinta. Pero el respaldo no era más que un pretexto, el verdadero objetivo era liberar al Estado de la necesidad de recaudar, de ahorrar y de administrar. El papel moneda no fue un instrumento financiero, sino un instrumento político.

La primera emisión produjo alivio, como el primer sorbo de una droga. Y como siempre ocurre cuando el Estado confunde el síntoma con la causa, decidieron repetir la dosis

El proceso siguió la lógica inmutable de toda ilusión financiera. La primera emisión produjo alivio, como el primer sorbo de una droga. El comercio pareció reanimarse, los precios se estabilizaron, la confianza regresó. Los legisladores, satisfechos con su obra, concluyeron que habían descubierto el secreto de la prosperidad sin esfuerzo. Y como siempre ocurre cuando el Estado confunde el síntoma con la causa, decidieron repetir la dosis.

Nace la espiral

Imagen de assignatE. D.

Pero la naturaleza no admite engaños. El papel comenzó a depreciarse, no por maldad de los comerciantes ni por conspiración de los banqueros, sino porque la riqueza no se crea con tinta. La respuesta del Estado fue la habitual: negar la realidad, culpar a los especuladores y emitir más papel. Cada nueva emisión se justificó como un remedio para los efectos de la anterior. Así nació la espiral: inflación, depreciación, nuevas emisiones, más inflación.

Cuando la depreciación se hizo inocultable, el Estado recurrió a su arma favorita: la coerción. Se decretaron precios máximos, se prohibió el comercio libre, se castigó la posesión de oro, se persiguió a quienes desconfiaban del papel. Se encarceló, se confiscó, se ejecutó. Pero ni la guillotina pudo obligar al pueblo a creer en lo que ya no creía. El papel siguió cayendo, los precios siguieron subiendo y la economía se hundió en el caos.

La ilusión financiera produjo, como siempre, una degradación moral más profunda que la económica. El ahorro desapareció, la especulación se convirtió en virtud, la corrupción en necesidad. Los oportunistas se enriquecieron, los trabajadores se empobrecieron, y la sociedad entera se habituó a vivir en un clima de incertidumbre, engaño y violencia. El dinero falso no solo destruyó la economía, destruyó la confianza, el carácter y la cohesión social.

El final era inevitable. Tras siete años de emisiones crecientes, el papel moneda llegó a su destino natural, el valor cero. El Estado lo repudió oficialmente, y con él repudió también las esperanzas de millones de ciudadanos que habían confiado en su promesa. Los pobres perdieron sus ahorros, los comerciantes sus inventarios, los trabajadores su salario real. La nación entera pagó el precio de haber creído que la riqueza puede crearse por decreto.

Así terminó el experimento de los assignats, no por falta de inteligencia, sino por exceso de ilusión; no por escasez de recursos, sino por abundancia de credulidad. Los legisladores franceses no fueron peores que otros, simplemente llevaron hasta sus últimas consecuencias la fantasía universal de que el Estado puede desafiar las leyes económicas sin sufrir sus consecuencias.

La historia demuestra lo contrario. El dinero fiat es siempre un instrumento de poder, nunca de prosperidad. Su destino es la depreciación, su efecto es la desmoralización y su final es el repudio. La ilusión puede durar años, pero la realidad siempre presenta la factura. Y cuando lo hace, ningún gobierno –ni revolucionario ni democrático– admite jamás haber estado equivocado.

Tal es la enseñanza del papel moneda francés: que la ilusión financiera es la forma más peligrosa de tiranía, porque se ejerce sin violencia visible y se acepta con entusiasmo. Y que, una vez instalada, solo termina cuando ya no queda nada por destruir.