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El exterior de la Casa Blanca, en Washington, DCAFP

La deuda de Estados Unidos roza el peligroso umbral del 5 % pese a las compras del Tesoro

El aumento de la inflación y las dudas fiscales disparan el coste de financiación mientras los mercados esperan la decisión de la Reserva Federal

El coste de financiación de Estados Unidos vuelve a acercarse a niveles que inquietan a los mercados. La rentabilidad del bono del Tesoro a diez años llegó esta semana al 4,979 %, su nivel más elevado en casi tres años, antes de moderarse hasta el entorno del 4,93 %. La barrera del 5 %, que no ha llegado a superar, se ha convertido en una de las principales referencias para los inversores por sus posibles consecuencias sobre el coste del crédito y las valoraciones bursátiles.

La tensión persiste pese a los intentos del Tesoro estadounidense de mejorar el funcionamiento del mercado. El departamento que dirige Scott Bessent amplió hasta los 6.000 millones de dólares su última recompra de bonos de largo plazo, tres veces más que en operaciones anteriores. La medida no consiguió inicialmente contener las rentabilidades, que continuaron subiendo.

El problema va más allá de las decisiones inmediatas de política monetaria. Los inversores muestran una creciente preocupación por el volumen de deuda estadounidense, el déficit fiscal y una inflación que continúa por encima del objetivo de la Reserva Federal, a lo que se ha añadido el encarecimiento de la energía provocado por la guerra en Irán.

La inflación estadounidense se mantuvo en agosto en el 3,4 % interanual. El dato ha reforzado las dudas sobre la decisión que adoptará la Reserva Federal el próximo 16 de septiembre, después de que su presidente, Kevin Warsh, haya mostrado preocupación por la persistencia de las presiones sobre los precios.

Los mercados llegan así a la reunión divididos sobre el recorrido de los tipos, aunque las últimas cifras han aumentado considerablemente las apuestas por una subida. Más allá de la decisión concreta, los inversores tratarán de determinar si un eventual movimiento supone un ajuste puntual o el comienzo de una nueva fase de endurecimiento monetario.

La rentabilidad de los bonos y su precio se mueven en direcciones opuestas. Cuando los inversores venden deuda pública y cae su precio, aumenta el rendimiento que debe ofrecer para resultar atractiva. Para el Estado, unas rentabilidades persistentemente elevadas terminan traduciéndose en un mayor coste para refinanciar su deuda.

Pero las consecuencias no se limitan a las cuentas públicas. El Treasury a diez años actúa como una referencia fundamental para el coste de financiación de hogares y empresas estadounidenses. Una rentabilidad próxima al 5 % encarece el crédito y aumenta además el atractivo de invertir en deuda frente a asumir el riesgo de comprar acciones.

Las empresas también pueden verse afectadas. Un coste de financiación más elevado reduce la rentabilidad esperada de nuevas inversiones y puede llevar a aplazar proyectos, precisamente uno de los motores que han permitido a la economía estadounidense resistir durante los últimos años unos tipos elevados.

Mauro Valle, responsable de renta fija de Generali Investments, considera que la Reserva Federal todavía tiene margen para mantener los tipos sin cambios, mientras los inversores valoran hasta qué punto la inflación energética terminará trasladándose al resto de la economía.

Las recompras del Tesoro tampoco resuelven el problema de fondo. Marco Giordano, director de Inversiones de Wellington Management, señala que estas operaciones pueden aliviar temporalmente las tensiones y mejorar el funcionamiento del mercado, pero no solucionan los desafíos fiscales estructurales de Estados Unidos.

La tensión se extiende a otras economías

Estados Unidos no es un caso aislado. Las ventas de deuda soberana han elevado las rentabilidades en otras grandes economías mientras los bancos centrales vuelven a enfrentarse a unas presiones inflacionistas que parecían estar bajo control.

El Banco Central Europeo decidió este jueves subir los tipos 25 puntos básicos y situar la facilidad de depósito en el 2,50 %. La institución presidida por Christine Lagarde justificó el movimiento por las presiones inflacionistas derivadas del conflicto en Oriente Próximo y prevé ahora que la inflación de la eurozona permanezca por encima de su objetivo durante un periodo prolongado.

Japón afronta una situación similar. El rendimiento de su deuda soberana ha aumentado con fuerza durante el último año y el mercado espera que el Banco de Japón eleve el próximo viernes los tipos desde el 1 % hasta el 1,25 %. De confirmarse, supondría continuar con una normalización monetaria que ha llevado los tipos japoneses a niveles desconocidos durante décadas.

El Banco de Inglaterra afrontará su reunión un día antes, el 17 de septiembre. El consenso de economistas espera que mantenga los tipos en el 3,75 %, pese al endurecimiento de las condiciones financieras y las nuevas presiones derivadas del precio de la energía.

El calendario deja así a los mercados pendientes de tres grandes bancos centrales en apenas tres días. Pero la señal que está enviando el mercado de bonos va más allá de esas reuniones: la combinación de inflación persistente, elevados déficits públicos y tipos altos está obligando a los inversores a exigir una mayor rentabilidad para prestar dinero a algunas de las principales economías mundiales.