La Educación puede mejorar si imita a la Medicina
Los principios epistemológicos constituyen elementos que impulsan o retardan, según su naturaleza, la Educación como saber, con su consiguiente repercusión sobre la práctica de la enseñanza
A la luz de los resultados generados por evaluaciones externas y solventes, se ha producido un consenso amplio en el sentido de que la Educación en el mundo, particularmente en los países desarrollados del área occidental, no avanza como debiera; o incluso, en algunos casos, retrocede. Así lo han reconocido explícitamente tanto la OCDE como la propia Comisión Europea, con ocasión de la última edición de los informes PISA: la OCDE señalando explícitamente que «el rendimiento ya se estaba deteriorando antes de la pandemia, lo que sugiere que hay otras razones estructurales para el declive»; y la Comisión reconociendo, igualmente, un retroceso preocupante para el futuro de la Unión.
A la hora de inspirar procesos de mejora, uno de los procedimientos ampliamente aceptado en el mundo de las organizaciones consiste en aprender de los mejores. En el caso de la Educación tiene a mano a la Medicina para hacerlo. A pesar de las diferencias evidentes entre tales disciplinas, presentan similitudes apreciables que se basan, principalmente, en el hecho de que ambas poseen una orientación aplicada que concierne directamente a las personas y a su singularidad: son éstas, en primera instancia, el objeto preferente de su preocupación y de su consiguiente actividad. Justamente porque comporta una interacción con las personas, y por el carácter singular y complejo de cada una de ellas, la Medicina posee una dimensión de arte.
Pero, además, la Medicina es hoy, más que nunca antes, una disciplina propiamente científica, aunque no siempre fuera así. Es a partir de la Revolución científica cuando abandona la inspiración de su práctica en mitos, supersticiones y tradiciones de maestros, para adquirir, progresivamente, las hechuras derivadas de un pensamiento científico. Sin embargo, desde tiempos de Hipócrates –hace dos milenios y medio–, la Medicina se organizó como profesión específica, con un claro mandato deontológico o de ética profesional que, en diferentes formulaciones, ha pervivido ininterrumpidamente desde entonces. A través del llamado «Juramento hipocrático», ha impregnado el ejercicio de la práctica médica, incluso en otras culturas diferentes de la de origen: «No llevar otro propósito que el bien y la salud de los enfermos».
Conviene en este punto subrayar la existencia de una jerarquía de principios que ha operado históricamente en la profesión médica, sin perjuicio de anomalías puntuales que se hayan podido producir. Según la alocución latina, heredera del pensamiento hipocrático, –Primun non nocere–, lo primero es no hacer daño. Esta sentencia es considerada como la piedra angular de la deontología de la profesión, y marca con toda claridad una neta jerarquía de responsabilidades: lo primero, es decir, lo prioritario es no perjudicar la salud o la vida del paciente y evitar actos médicos que, aun realizados con las mejores intenciones, puedan provocar consecuencias indeseables.
Este principio ético –propio de una profesión que trabaja con personas y para personas– podría estar en la base de la adhesión relativamente temprana de la profesión médica a los postulados epistemológicos –concernientes a las relaciones entre conocimiento y realidad– que, a partir de los siglos XVI-XVII, fueron aportados por la Revolución científica, desde disciplinas predecesoras de la Medicina, en su proceso de consolidación como ciencia propiamente dicha. O, en otros términos, el principio deontológico habría promovido ese giro epistemológico hacia el pensamiento científico, con el propósito de encontrar en sus fundamentos un medio más seguro para respetar la primera de las obligaciones, el primero de sus compromisos éticos.
Cuando se toma en consideración este patrón, propio de la Medicina, para valorar comparativamente el comportamiento de la Educación nos encontramos con que, en lo que respecta al compromiso deontológico, éste se ha aplicado como una suerte de principio tácito cuya adhesión no ha constituido, como en el caso de la Medicina, un requisito explícito –simbólico pero central– para el acceso a la profesión. Ello no significa, en modo alguno, que la profesión docente carezca de toda exigencia deontológica, pero se aplica de un modo espontáneo, más centrado en la lógica de las intenciones y menos en la de los resultados.
Por otra parte, y en el plano epistemológico, bajo el paraguas de las llamadas Ciencias de la Educación se han albergado una serie de saberes heterogéneos, buena parte de los cuales hacen referencia a visiones filosóficas o ideológicas difíciles de someterse a la prueba de la contrastación empírica, pero que han influido, y de qué manera, en las políticas y en las prácticas educativas. Es evidente que el apoyo de la Ciencia Médica en los avances de las ciencias básicas no ha tenido aún su equivalente en la Ciencia de la Educación, pero hay una diferencia de partida entre ellas innegable cual es la importancia franca atribuida en la Medicina a las evidencias empíricas, rigurosas, sistemáticas y organizadas para que sirvan de base a su práctica clínica.
Todas esas diferencias se han traducido, en el caso de la docencia, en una profesión menos robusta, con mecanismos de acceso más débiles, y con una inferior exigencia epistemológica y por ende deontológica, toda vez que la primera es, a la postre, una de las proyecciones de la segunda: porque estamos éticamente obligados a acertar, recurrimos a aquellos procedimientos intelectuales que lo hacen más probable. Y es que, particularmente en el tiempo presente, los principios epistemológicos, es decir, las concepciones que se tengan en cuanto a las relaciones entre conocimiento y realidad, constituyen elementos que impulsan o retardan, según su naturaleza, la Educación como saber, con su consiguiente repercusión sobre la práctica de la enseñanza.
En este orden de ideas, y con el propósito de contribuir a ese avance ineludible de nuestra Educación, el pasado jueves se presentó en la Universidad Camilo José Cela el libro titulado «Las pruebas en educación. Políticas y prácticas educativas informadas por evidencias». Coeditado con Narcea Ediciones y coordinado por el Prof. Luís Lizasoain, es una obra coral a la que han contribuido una pléyade de académicos de primer nivel que han puesto generosamente a disposición del proyecto su conocimiento experto. En ella se aportan análisis, reflexiones, evidencias, recomendaciones y recursos organizados, sobre un espectro amplio de cuestiones relevantes para hacer avanzar la Educación por ese camino más seguro que, de acuerdo con la propia historia de la Humanidad, nos ofrece una epistemología científica.
En un contexto como el presente, en el que los organismos internacionales y la sociedad civil más informada reconocen la importancia de la Educación como instrumento privilegiado de progreso personal, económico y social, y aceptan el valor de las evidencias empíricas como factor de desarrollo humano, obras como ésta constituyen un paso adelante en la buena dirección que, más pronto que tarde, terminarán movilizando iniciativas, estimulando la acción política y facilitando tanto el acierto de los profesionales como el acuerdo de los políticos.
- Francisco López Rupérez es director de la Cátedra de Políticas Educativas de la UCJC y expresidente del Consejo Escolar del Estado