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La semana pasada, la Faculty of Arts and Sciences de Harvard aprobó por 458 votos contra 201 limitar a un 20 % el número de matrículas que puede otorgarse por asignatura. La medida llega después de constatar que, en 2024-25, el 66 % de los estudiantes de Harvard obtuvo una A y el 84 % una A o A-. Cuando una calificación que la normativa describe como «marca de distinción extraordinaria» la consigue cuatro de cada cinco estudiantes, deja de significar nada. Harvard, sencillamente, ha decidido que su moneda académica recupere valor.

La pregunta interesante es qué pasa en España, donde el Gobierno lleva dos años repitiendo que las universidades privadas son «chiringuitos» mientras prepara un decreto para cerrar el grifo de su autorización. Si la acusación fuera cierta, los datos del Ministerio deberían ser inequívocos: rendimiento más bajo, notas infladas, una desconexión escandalosa entre lo que se trabaja y lo que se aprueba. Pues bien, los datos están y dicen exactamente lo contrario.

En tasa de rendimiento, es decir, el porcentaje de créditos superados sobre los matriculados, las universidades privadas presenciales llevan una década entre el 87 y el 89 por ciento. Las públicas presenciales, sin contar la UNED, oscilan entre el 79 y el 81. Ocho o nueve puntos de diferencia, sostenidos en el tiempo, sin que la pandemia los haya alterado más allá del pico transitorio que vivió todo el sistema. Si el chiringuito consiste en cobrar matrícula a cambio de no exigir nada, alguien tendría que explicar por qué los estudiantes de las privadas superan, curso tras curso, más asignaturas que los de las públicas.

La segunda acusación, la inflación de notas, tampoco resiste el contraste. Es cierto que la nota media sube en todos los subsistemas desde 2015. Pero sube en todos. Las privadas presenciales pasan de 7,21 a 7,53. Las públicas presenciales, de 7,22 a 7,38. La diferencia entre ambas es de quince centésimas. Ni el más rabioso de los ministros podría construir un escándalo institucional sobre quince centésimas. El problema, si existe, y existe, es de todo el sistema, no de un subsistema concreto. Lo que sí merece atención es la trayectoria de las privadas no presenciales, que alcanzan el 7,90 de media. Ahí hay una conversación pendiente. Pero conviene recordar que esa nota convive con una tasa de rendimiento del 81 %, comparable a la de las públicas presenciales. No es regalo: es otra cosa, probablemente vinculada al perfil del estudiante adulto que vuelve a la universidad después de trabajar.

El gráfico que más incomoda al relato oficial es el de dispersión. Si uno representa, para cada universidad privada presencial, su tasa de rendimiento frente a su nota media, no aparece ninguna relación. Hay instituciones con rendimientos del 90 % y notas de 7,3, y otras con rendimientos del 85 % y notas de 8,3. El punto rojo, que marca la media del sistema público, queda en la zona central baja de la nube. Traducido: las privadas con notas más altas no son las que aprueban más fácil, y las que aprueban más fácil no son las que ponen notas más altas. La caricatura del chiringuito, matrícula pagada, examen regalado, simplemente no aparece en los datos.

Hay, eso sí, un dato que el Ministerio prefiere no mencionar. La UNED, pública, la mayor universidad de España por número de matriculados mantiene una tasa de rendimiento por debajo del 45 %. Menos de la mitad de los créditos matriculados se superan cada curso. La cifra no debería leerse como una descalificación: la UNED nació en 1972 con una misión social que cumplió de forma admirable durante décadas, llevando educación universitaria a quienes no podían acceder al campus presencial. La pregunta no es si la UNED es un chiringuito, no lo es, sino si su modelo, diseñado para una España de correo postal, tutorías presenciales en centros asociados y exámenes en papel, sigue siendo el adecuado en un país donde la educación a distancia se ha transformado por completo. Las privadas no presenciales, con plataformas digitales nativas y acompañamiento continuo, alcanzan rendimientos del 81 %. La diferencia es de casi cuarenta puntos. Algo está ocurriendo ahí que merece una reflexión seria sobre cómo modernizar una institución pública valiosa, en lugar de la conversación que hoy domina, centrada en sospechar del subsistema que mejor funciona en los indicadores básicos.

El debate español sobre las universidades privadas se ha construido sin datos, o más bien contra los datos. Se ha sustituido la evidencia por la sospecha y la sospecha por el decreto. Mientras Harvard, una institución que sabe exactamente lo que se juega cuando una calificación pierde su significado, abre un proceso de reflexión que dura un año y se vota por mayoría, en España el ministro de turno descalifica un subsistema entero en una rueda de prensa. Una de las dos formas de hacer política universitaria conduce a recuperar el valor del título. La otra, a sustituirlo por un sello administrativo.

Si en algún momento alguien quiere hablar en serio de calidad universitaria, los datos están publicados. Otra cosa es que interesen.

  • Jorge Sainz es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC)